Verdad, todo lo sacrifica a ella. Si la Belleza, nada le desvía. Si el
Bien, va recto y seguro por sobre todas las tentaciones. Y si es un ge-
nio universal, poliédrico, lo verdadero, lo bello y lo bueno se unifican
en su ética ejemplar, que es un culto simultáneo por todas las
excelen-
cias, por todas las idealidades. Como fue en Leonardo y en Goethe.
Por eso es raro. Excluye toda inconsecuencia respecto del ideal:
la moralidad para consigo mismo es la negación del genio. Por ella se
descubren los desequilibrados, los exitistas y los simuladores. El genio
ignora las artes del escalamiento y las industrias de la prosperidad
material. En la ciencia busca la verdad, tal como la concibe; ese afán
le
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basta para vivir. Nunca tiene alma de funcionario. Sobrelleva, sin ven-
der sus libros a los Gobiernos, sin vivir de favores ni de prebendas,
ignorando esa técnica de los falsos genios oficiales que simulan el
mérito para medrar a la sombra del Estado. Vive como es, buscando la
Verdad y decidido a no torcer un milésimo de ella. El que pueda do-
mesticar sus convicciones no es, no puede ser, nunca, absolutamente,
un hombre genial.
Ni lo es tampoco el que concibe un bien y no lo practica. Sin uni-
dad moral no hay genio. El que predica la verdad y transige con la
mentira, el que predica la justicia y no es justo, el que predica la piedad
y es cruel, el que predica la lealtad y traiciona, el que predica el patrio-
tismo y lo explota, el que predica el carácter y es servil, el que predica
la dignidad y se arrastra, todo el que usa dobleces, intrigas, humillacio-
nes, esos mil instrumentos incompatibles con la visión de un ideal, ése
no es genio, está fuera de la santidad: su voz se apaga sin eco, no re-
percute en el tiempo, como si resonara en el vacío.
El portador de un ideal va por caminos rectos, sin reparar que se-
an ásperos y abruptos. No transige nunca movido por vil interés;
repu-
dia el mal cuando concibe el bien; ignora la duplicidad; ama en la
Patria a todos sus conciudadanos y siente vibrar en la propia el alma de
toda la Humanidad; tiene sinceridades que dan escalofríos a los hipó-
critas de su tiempo y dice la verdad en tal personal estilo que sólo
pue-
de ser palabra suya; tolera en los demás errores sinceros, recordando
los propios; se encrespa ante las bajezas, pronunciando palabras que
tienen ritmos de apocalipsis y eficacia de catapulta; cree en sí mismo
y
en sus ideales, sin pactar con los prejuicios y los dogmas de cuántos
le
acosan con furor, de todos los costados. Tal es la culminante moralidad
del genio. Cultiva en grado sumo las más altas virtudes, sin preocupar-
se de carpir en la selva magnífica las malezas que concentran la preo-
cupación de los espíritus vulgares.
Los genios amplían su sensibilidad en la proporción que elevan
su
inteligencia; pueden subordinar los pequeños sentimientos a los gran-
des, los cercanos a los remotos, los concretos a los abstractos. Entonces
los hombres de miras estrechas los suponen desamorizados, apáticos,
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escépticos. Y se equivocan. Sienten, mejor que todos, lo humano. El
mediocre limita su horizonte afectivo a sí mismo, a su familia, a su
camarilla, a su facción; pero no sabe extenderlo hasta la Verdad o la
Humanidad, que sólo pueden apasionar al genio. Muchos hombres
darían su vida por defender a su secta; son raros los que se han inmola-
do conscientemente por una doctrina o por un ideal.
La fe es la fuerza del genio. Para imantar a una era necesita amar
su Ideal y transformarlo en pasión; "Golpea tu corazón, que
en él está
tu genio", escribió Stuart Mill, antes que Nietzsche. La intensa
cultura
no entibia a los visionarios: su vida entera es una fe en acción. Saben
que los caminos más escarpados llevan más alto. Nada emprenden
que
no estén decididos a concluir. Las resistencias son espolazos que los
incitan a perseverar; aunque nubarrones de escepticismo ensombrezcan
su cielo, son, en definitiva, optimistas y creyentes: cuando sonríen,
fácilmente se adivina el ascua crepitante bajo su ironía. Mientras
el
hombre sin ideales ríndese en la primera escaramuza, el genio se apo-
dera del obstáculo, lo provoca, lo cultiva, como si en él pusiera
su
orgullo y su gloria: con igual vehemencia la llama acosa al objeto que
la obstruye, hasta encenderlo, para agrandarse a sí misma.
La fe es la antítesis del fanatismo. La firmeza del genio es una
suprema dignidad del propio Ideal; la falta de creencias sólidamente
cimentadas convierte al mediocre en fanático. La fe se confirma en el
choque con las opiniones contrarias; el fanatismo teme vacilar ante
ellas e intenta ahogarlas. Mientras agonizan sus viejas creencias, Saúl
persigue a los cristianos, con saña proporcionada a su fanatismo; pero
cuando el nuevo credo se afirma en Pablo, la fe le alienta, infinita:
enseña y no persigue, predica y no amordaza. Muere él por su fe,
pero
no mata; fanático, habría vivido para matar. La fe es tolerante:
respeta
las creencias propias en las ajenas. Es simple confianza en un Ideal y
en la suficiencia de las propias fuerzas; los hombres de genio se man-
tienen creyentes y firmes en sus doctrinas, mejor que si éstas fueran
dogmas o mandamientos. Permanecen libres de las supersticiones
vulgares y con frecuencia las combaten: por eso los fanáticos les supo-
nen incrédulos, confundiendo su horror a la común mentira con
falta de
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entusiasmo por el propio Ideal. Todas las religiones reveladas pueden
