Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

    LIBROS GRATIS

    Libros Gratis
    Libros para Leer Online
    Recetas de Cocina
    Letras de Tangos
    Guia Medica
    Filosofia
    Derecho Privado



ese maestro que pasaba días enteros cavando la tierra y desenterrando
huesos de animales extraños, como si algún delirio le transformara en
sepulturero de edades extinguidas. Cambiando de ambientes sin asi-
milarse a ninguno, consiguió pasar más desapercibido y atenuar su
reputación de inadaptado.
Basta leer su inmensa obra -centenares de monografías y volúme-
nes- para comprender que sólo presenta los desequilibrios inherentes a
su exuberancia. Sus descubrimientos, grandes y útiles, nunca fueron
adivinados al acaso ni en la inconsciencia, sino por ,una vasta elabora-
ción; no fueron frutos de un cerebro carcomido por la herencia o los
tóxicos, sino de engranajes perfectamente entrenados; no ocurrencias,
sino cosechas de siembras previas; jamás casualidades, sino claramente
previstos y anunciados.
El genio es una alta armonía; necesita serlo. Es absurdo suponer
caídos bajo el nivel común a esos mismos que la admiración de los
siglos coloca por encima de todos. Las obras geniales sólo pueden ser
realizadas por cerebros mejores que los demás; el proceso de la crea-
ción, aunque tenga fases inconscientes, sería imposible sin una clarivi-
dencia de su finalidad. Antes que improvisarse en horas de ocio,
opérase tras largas meditaciones y es oportuno, llegando a tiempo de
servir como premisa o punto de partida para nuevas doctrinas y corola-
rios. Nunca tal equilibrio de la obra genial será más evidente que en la
de Ameghino: si hubiéramos de juzgar por ella, el genio se nos pre-
sentaría como una tendencia al sistemático equilibrio entre las partes
de un nuevo estilo arquitectónico. 205
Esto no excluye que la degeneración y la locura puedan coexistir
con la imaginación creadora, afectando especiales dominios de la
mente humana; pero la capacidad para la síntesis más vasta no necesita
ser desequilibrio ni enfermedad. Ningún genio lo fue por su locura;
algunos como Rousseau, lo fueron a pesar de ella; muchos, como
Nietzsche, fueron por la enfermedad sumergidos en la sombra. Ameghino, a la par de todos los que piensan mucho e intensa-
mente, se contradijo muchas veces en los detalles, aunque sin perder
nunca el sentido de su orientación global. Cuando las circunstancias
convengan a ello, el genio especulativo nace recto desde su origen,
como un rayo de luz que nada tuerce o apaga. Basta oírlo para recono-
cerlo: todas sus palabras concurren a explicar un mismo pensamiento, a
través de cien contradicciones en los detalles y de mil alternativas en la
trayectoria; parecen tanteos para cerciorarse mejor del camino, sin
romper la coherencia de la obra total; esa armonía de la síntesis que
escapa a los espíritus subalternos. Ameghino converge a un fin por
todos los senderos; nada le desvía. Mira alto y lejos, va derechamente,
sin las prudencias que traban el paso a las medianías, sin detenerse ante
los mil interrogantes que de todas partes la acosan para distraerle de la
Verdad que le entreabre algún pliegue de sus velos.
La verdadera contradicción, la que esteriliza el esfuerzo y el pen-
samiento, reside en la deshilvanada heterogeneidad que empalaga las
obras de los mediocres. Viven éstos con la pesadilla del juicio ajeno y
hablan con énfasis para que muchos les escuchen aunque no les entien-
dan; en su cerebro anidan todas las ortodoxias, no atreviéndose a bos-
tezar sin metrónomo. Se contradicen forzados por las circunstancias:
los rutinarios serían supremas lumbreras si éstas se juzgaran por la
simple incongruencia. Para señalar el punto de intersección entre dos
teorías, dos creencias, dos épocas o dos generaciones, requiérese un
supremo equilibrio. En las pequeñas contingencias de la vida ordinaria,
el hombre vulgar puede ser más astuto y hábil; pero en las grandes
horas de la evolución intelectual y social todo debe esperarse del genio.
Y solamente de él.
206
Sería absurdo decir que la genialidad es infalible, no existiendo
verdades imperfectibles; cien rectificaciones Podrán hacerse en la obra
de Ameghino, y muy especialmente en sus hipótesis sobre el sitio de
origen de la especie humana. Los genios pueden equivocarse. suelen
equivocarse, conviene que se equivoquen. Sus creaciones falsas resul-
tan utilísimas por las correcciones que provocan. las investigaciones
que estimulan, las pasiones que encienden, las inercias que remueven.
Los hombres mediocres se equivocan de vulgar manera; el genio, aun
cuando se desploma, enciende una chispa, y en su fugaz alumbra-
miento se entrevé alguna cosa o verdad no sospechada antes. No es
menos grande Platón por sus errores ni lo son por ello Shakespeare o
Kant. En los genios que se equivocan hay una viril firmeza que a todos
impone respeto. Mientras los contemporizadores ambiguos no des-
piertan grandes admiraciones, los hombres firmes obligan el homenaje
de sus propios adversarios. Hay más valor moral en creer firmemente
una ilusión propia, que en aceptar tibiamente una mentira ajena.
IV. LA MORAL DEL GENIO El genio es excelente por su moral, o no es genio. Pero su mora-
lidad no puede medirse con preceptos corrientes en los catecismos;
nadie mediría la altura del Himalaya con cintas métricas de bolsillo. La
conducta del genio es inflexible respecto de sus ideales. Si busca la


 

 
 

Copyright (C) 1996- 2000 Escolar.com, All Rights Reserved. This web site or any pages within may not be reporoduced without express written permission