de su camino. En ciertos caos descubre lo nuevo; en otros acerca lo
remoto y percibe relaciones entre las cosas distantes, según lo definió
Ampére. No consiste simplemente en inventar o descubrir: las inven-
ciones que se producen por casualidad, sin ser expresamente pensadas,
no requieren aptitudes geniales. El genio descubre lo que escapa a la
reflexión de siglos o generaciones, induce leyes que expre-san una
relación inesperada entre las cosas, señala puntos que sirven
de centro
a mil desarrollos y abre caminos en la infinita exploración de la natu-
raleza.
¿En qué consiste, entonces? ¿No es soplo divino, no es
demonio,
no es enfermedad? Nunca. Es más sencillo y más excepcional a la
vez.
Más sencillo, porque depende de una complicada estructura del cerebro
y no de entidades fantásticas; más excepcional, porque el mundo
pulula
de enfermos y rara vez se anuncia un Ameghino.
Cuanto mejor cerebrado está el hombre, tanto más alta y signifi-
cativa es su función de pensar. Ignórase todavía el mecanismo
íntimo
de los procesos intelectuales superiores. Los acompañan, sin duda,
modificaciones de las células nerviosas: cambios de posición y
per-
mutas químicas muy complicadas. Para comprenderlas deberían cono-
cerse las actividades moleculares y sus variables relaciones, además
de
la histología exacta y completa de los centros cerebrales. Esto no basta:
son enigmas la naturaleza de la actividad nerviosa, las transformacio-
nes de energía que determina en el momento que nace, durante el tiem-
po que se propaga y mientras se producen los fenómenos que
acompañan la complejísima función de pensar. Los conocimientos
científicos distan de ese límite. Sin embargo, mientras la química
y la
fisiología permitan acercarse al fin, existe ya la certidumbre de que
ésa,
y ninguna otra, es la vía para explicar las aptitudes supremas de un
genio en función de su medio.
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Nacemos diferentes; hay una variadísima escala desde el idiota
hasta el genio. Se nace en una zona de ese espectro, con aptitudes su-
bordinadas a la estructura y la coordinación de las células que
intervie-
nen en la elaboración del pensamiento; la herencia concurre a dar un
sistema nervioso, agudo u obtuso, según los casos. La educación
puede
perfeccionar esas capacidades o aptitudes cuando existen; no puede
crearlas cuando faltan: Salamanca no las presta.
Cada uno tiene la sensibilidad propia de su perfeccionamiento
nervioso; los sentidos son la base de la memoria, de la asociación, de
la
imaginación; de todo. Es el oído lo que hace el músico;
el ojo lleva la
mano del pintor. El poder concebir está subordinado al de percibir:
cada hombre tiene la memoria y la imaginación que corresponde a sus
percepciones predominantes. La memoria no hace al genio, aunque no
le estorba; pero ella, y el razonamiento a sus datos, no crean nada supe-
rior a lo real que percibimos. La fecundidad creadora requiere el con-
curso de la imaginación, elemento necesario para sobreponer a la
realidad algún Ideal. Cuando, pues, se define el genio como "un
grado
exquisito de sensibilidad nerviosa", se enuncia la más importante
de
sus condiciones; pero la definición es incompleta. La sensibilidad es
el
complejo instrumento puesto al servicio de las aptitudes imaginativas,
aunque éstas, en último análisis, no han podido formarse
sino sobre
datos de la misma sensibilidad.
En los genios estéticos es evidente la superintendencia de la ima-
ginación sobre los sentidos: no lo es menos en los genios especulativos
como Ameghino, y en los genios pragmáticos, como Sarmiento. Gra-
cias a ella se conciben los problemas, se adivinan las soluciones, se
inventan las hipótesis, se plantean las experiencias, se multiplican
las
combinaciones. Hay imaginación en la paleontología de Ameghino,
como la hay en la física de Ampére y en la cosmología de
Laplace; y la
hay en la visión civilizadora de Sarmiento, corno en la política
de Cé-
sar o en la de Richelieu. Todo lo que lleva la marca del genio es obra
de la imaginación, ya sea un capítulo del Quijote o un pararrayos
de
Franklin; no digamos de los sistemas filosóficos, tan absolutamente
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imaginativos como las creaciones artísticas. Más aún:
muchos son
poemas, y su valor suele medirse por la imaginación de sus creadores.
En toda la gestión de su doctrina, la genialidad de Ameghino se
traduce por una absoluta unidad y continuidad del esfuerzo, que es la
antítesis de la locura. También a él le, supusieron loco,
sobre todo en
su juventud. Con bonhomía risueña recordaba las burlas de vecinos
y
niños de su escuela, cuando le veían dirigirse, azada al hombro,
hacia
las márgenes del Luján; para esas mentes sencillas tenía
que estar loco
