Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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agotarse en plena primavera; pocos perfeccionan sus aptitudes hasta
convertirlas en talento; rara vez coinciden con la hora propicia y as-
cienden a la genialidad. Sólo es genio quien las convierte en obra lu-
minosa, con esa fecundidad superior que implica alguna madurez; los
más bellos dones requieren ser cultivados, como las tierras más fértiles
necesitan ararse. Estériles resultan los espíritus brillantes que desdeñan
todo esfuerzo, tan absolutamente estériles como los imbéciles laborio-
sos; no da cosecha el campo fértil no trabajado, ni las da el campo
estéril por más que se are.
Ése es el profundo sentido moral de la paradoja que identifica el
genio con la paciencia, aunque sean inadmisibles sus corolarios absur-
dos. La misma significación originaria de la palabra genio presupone
algo como una inspiración trascendental. Todo lo que huele a cansan-
cio, no siendo fatiga de vuelo alígero, es la antítesis del genio. Sola-
mente puede acordarse el supremo homenaje de este título a aquel
cuyas obras denuncian menos el esfuerzo del amanuense que una espe-
cie de don imprevisto y gratuito, algo que opera sin que él lo sepa, por
lo menos con una fuerza y un resultado que exceden a sus intenciones
o fatigas. Para griegos y latinos, "genio" quería decir "dominio"; era
aquel espíritu que acompaña, guía o inspira a cada hombre desde la
cuna hasta la tumba. Sócrates tuvo el más famoso. Con la acepción que
hoy se da, universalmente, a la palabra "genio" los antiguos no tuvie-
ron ninguna; para expresarla anteponían al sustantivo "ingenio" un
adjetivo que expresara su grandeza o culminación.
No es lícito denominar genios a todos los hombres superiores.
Hay tipos intermediarios. Los modernos distinguen al hombre de genio
del hombre de talento, pero olvidan la aptitud inicial de ambos: el
"ingenio", es decir, una capacidad superior a la mediana. Presenta una
gradación infinita, y cada uno de sus grados es susceptible de educarse
ilimitadamente. Permanece estéril y desorganizado en los más, sin
implicar siquiera talento. Este último es una perfección alcanzada por
pocos, una originalidad particular, una síntesis de coordinación, culmi-
nante y excelsa, sin ser por eso equivalente al genio. Rara vez la má-
xima intensificación del ingenio crea, presagia, realiza o inventa; sólo
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entonces adquiere significación social y asciende a la genialidad, como
en el caso de Ameghino. La especie, con ser exigua, representa infini-
tas variedades: tantas, casi, como ejemplares.
Habría ligereza de método y de doctrina en no distinguir entre las
mentes superiores, a punto de catalogar como genios a muchos hom-
bres de talento y aun a ciertos ingenios desequilibrados, que son su
caricatura. Ensayó Nordau una discreta diferenciación de tipos. Llama
genio al hombre que crea nuevas formas de actividad no emprendidas
antes por otros o desarrolla de un modo enteramente propio y personal
actividades ya conocidas; y talento al que practica formas de actividad,
general o frecuentemente practicadas por otros, mejor que la mayoría
de los que cultivan esas mismas aptitudes. Este juicio diferencial es
discreto, pues toma en cuenta la obra realizada y la aptitud del que la
realiza. El hombre de ingenio implica un desarrollo orgánico primiti-
vamente superior; el hombre de talento adquiere por el ejercicio una
integral excelencia de ciertas disposiciones que en su ambiente posee
la mayoría de los sujetos normales. ¿Entre la inteligencia y el talento
sólo hay una diferencia cuantitativa, que es cualitativa entre el talento y
el genio?
No es así, aunque parezca. El talento implica, en algún sentido,
cierta aptitud inicial verdaderamente superior, que la educación hace
culminar en su propio género. De entre esas mentes preclaras, algunas
llegarán a la genialidad si lo determinan circunstancias extrínsecas: su
obra revelará si tuvieron funciones decisivas en la vida o en la cultura
de su pueblo.
Genio y talento colaboran por igual al progreso humano. Su labor
se integra. Se complementan como la hélice y el timón: el talento tre-
pana sin sosiego las olas inquietas y el genio marca el rumbo hacia
imprevistos horizontes.
La obra de Ameghino es creadora: eso la caracteriza. Una inmen-
sa fauna paleontológica permanecía en el misterio antes de que él la
revelara a la ciencia moderna y formulase una teoría general para ex-
plicar sus emigraciones en los siglos remotos. Crear es inventar, como
lo expresó Voltaire. El genio revélase por una aptitud inventiva o crea-
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dora aplicada a cosas vastas o difíciles. En la vida social, en las cien-
cias, en las artes, en las virtudes, en todo, se manifiesta con anticipa-
ciones audaces, con una facilidad espontánea para salvar los obstáculos
entre las cosas y las ideas, con una firme seguridad para no desviarse


 

 
 

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