dos. Reveló y creó: fue su misión. Lo mismo que Sarmiento,
llegó
Ameghino en su clima y a su hora. Por singular coincidencia ambos
fueron maestros de escuela, autodidactos, sin título universitario, for-
mados fuera de la urbe metropolitana, en contacto inmediato con la
naturaleza, ajenos a todos los alambicamientos exteriores de la mentira
mundana, con las manos libres, la cabeza libre, el corazón libre, las
alas libres. Diríase que el genio florece mejor en las regiones solitarias,
acariciado por las tormentas, que son su atmósfera propia; se agosta
en
los invernáculos del Estado, en sus universidades domesticadas, en sus
laboratorios bien rentados, en sus academias fósiles y en su funciona-
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miento jerárquico. Fáltale allí el aire libre y la plena
luz que sólo da la
naturaleza: el encebadamiento precoz enmohece los resortes de la
imaginación creadora y despunta las mejores originalidades. El genio
nunca ha sido una institución oficial.
La vasta obra de Ameghino, en nuestro continente y en nuestra
época, tiene los caracteres de un fenómeno natural. ¿Por
qué un hom-
bre, en Luján, da por juntar huesos de fósiles y los baraja entre
sus
dedos, como un naipe compuesto con millares de siglos, y acaba por
pedir a esos mudos testigo.; la historia de la tierra, de la vida, del hom-
bre. como si obrara por predestinación o por fatalidad?
Tenía que ser un genio argentino, porque ningún otro punto de
la
superficie terrestre contiene una fauna fósil comparable a la nuestra;
tenía que ser en nuestro siglo, porque le habría faltado el asidero
de las
doctrinas evolucionistas que sirven de fundamento; no podía ser antes
de ahora, porque el clima intelectual del país no fue propicio a ello
hasta que lo fecundó el apostolado de Sarmiento y tenía que ser
Ame-
ghino, y ningún otro hombre de su tiempo. ¿Cuál otro reunía
en tal alto
grado su aptitud para la observación y la hipótesis, su resistencia
para
el enorme esfuerzo prolongado durante tantos años, su desinterés
por
todas las vanidades que hacen del hombre un funcionamiento, pero
matan al pensador?
Ninguna convergencia de rutinas detiene al genio en su oportuni-
dad. Aunque son fuerzas todopoderosas, porque obran continua y sor-
damente, el genio las domina: antes o después, pero en dominarlas
radica la realización de su obra. Las resistencias, que desalientan al
mediocre, son su estímulo; crece a la sombra de la envidia ajena. La
sociedad puede conspirar contra él, acumulando en su contra la detrac-
ción y el silencio. Sigue su camino, lucha, sin caer, sin extraviarse,
dionisiacamente seguro. El genio, por su definición, no fracasa nunca.
El que ha creado no es genio, no llegó a serlo, fue una ilusión
disipada.
No quiere esto decir que viva del éxito, sino que su marcha hacia la
gloria es fatal, a pesar de todos los contrastes. El que se detiene prueba
impotencia para marchar. Algunas veces el hombre genial vacila y se
interroga ansiosamente sobre su propio destino: cuando muerden su
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talón los envidiosos o cuando le adulan los hipócritas. Pero
en dos
circunstancias se ilumina o se desencadena: en la hora de la inspiración
y en la hora de la diatriba. Cuando descubre una verdad parece que en
sus pupilas brillara una luz eterna; cuando amonesta a los envilecidos
diríase que refulge en su frente la soberanía de una generación.
Firme y serena voluntad necesitó Ameghino para cumplir su fun-
ción genial. Sin saberlo y sin quererlo nadie crea cosas que valgan o
duren. La imaginación no basta para dar vida a la obra: la voluntad la
engendra. En este sentido -y en ningún otro- el desarrollo de la aptitud
nativa requiere "una larga paciencia" para que el ingenio se convierta
en talento o se encumbre en genialidad. Por eso los hombres excepcio-
nales tienen un valor moral y son algo más que objetos de curiosidad:
"merecen" la admiración que se les profesa. Si su aptitud es
un don de
la naturaleza, desarrollarla implica un esfuerzo ejemplar. Por más que
sus gérmenes sean instintivos e inconscientes, las obras no se hacen
solas. El tiempo es aliado del genio; el trabajo completa las iniciativas
de la inspiración. Los que han sentido el esfuerzo de crear, saben lo
que cuesta. Determinado el Ideal, hay que realizarlo: en la raza, en la
ley, en el mármol, en el libro. La magnitud de la tarea explica por qué,
habiendo tantos ingenios, es tan escaso el número de obras maestras.
Si
la imaginación creadora es necesaria para concebirlas, requiérese
para
ejecutarlas otra rara virtud: la virtud tenaz que Newton bautizó como
simple paciencia, sin medir los absurdos corolarios de su apotegma.
No diremos, pues, que la imaginación es superflua y secundaria,
atribuyendo el genio a lo que fue virtud de bueyes en el simbolismo
mitológico. No. Sin aptitudes extraordinarias, la paciencia no produce
un Ameghino. Un imbécil, en cincuenta años de constancia, sólo
con-
seguirá fosilizar su imbecilidad. El hombre de genio, en el tiempo que
dura un relámpago, define su Ideal; después, toda su vida, marcha
tras
él, persiguiendo la quimera entrevista.
Las aptitudes esenciales son nativas y espontáneas; en Ameghino
se revelaron por una precocidad de "ingenio" anterior a toda experien-
cia. Eso no significa que todos los precoces puedan llegar a la geniali-
dad, ni siquiera al talento. Muchos son desequilibrados y suelen
