Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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genio es, pues, relativa al vulgo; éste, frente al genio, no es cuerdo ni
loco: es simplemente la mediocridad, es decir, la media lógica, la me-
dia alma, el medio carácter, la religiosidad convencional, la moralidad
acomodaticia, la politiquería menuda, el idioma usual, la nulidad de
estilo".
La ingenuidad de los ignorantes tiene parte decisiva en la confu-
sión. Ellos acogen con facilidad la insidia de los envidiosos y procla-
man locos a los hombres mejores de su tiempo. Algunos se libran de
este marbete: son aquellos cuya genialidad es discutible, concediéndo-
seles apenas algún talento especial en grado excelso. No así los indis-
cutidos, que viven en brega perpetua, como Sarmiento. Cuando
empezó a envejecer, sus propios adversarios aprendieron a tolerarlo,
aunque sin el gesto magnánimo de una admiración agradecida. Le
siguieron llamando "el loco Sarmiento". ¡El loco Sarmiento! Esas palabras enseñan más que cien libros
sobre la fragilidad del juicio social. Cabe desconfiar de los diagnósti-
cos formuladas por los contemporáneos sobre los hombres que no se
avienen a marcar el paso en las filas; las medianías, sorprendidas por
resplandores inusitados, sólo atinan a justificarse, frente a ellos, recu-
rriendo a epítetos despectivos. Conviene confesar esa gran culpa: nin-
gún americano ilustre sufrió más burlas de sus conciudadanos. No hay
vocablo injurioso que no haya sido empleado contra él; era tan grande
que no bastó el diccionario entero para difamarle ante la posteridad.
Las retortas de la envidia destilaron las más exquisitas quintaesencias;
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conoció todas las oblicuidades de los astutos y todos los soslayos de
los impotentes. La caricatura le mordió hasta sangrar, como a ningún
otro: el lápiz tuvo, vuelta a vuelta, firmeza de estilete y matices de
ponzoña. Como las serpientes que estrangulan a Laocoonte en la obra
maestra del Beldever, mil tentáculos subalternos y anónimos acosaron
su titánica personalidad, robustecida por la brega.
Los espíritus vulgares ceñían a Sarmiento por todas partes, con la
fuerza del número, irresponsables ante el porvenir. Y él marchaba sin
contar los enemigos, desbordante y hostil, ebrio de batallar en una
atmósfera grávida de tempestades, sembrando a todos los vientos, en
todas las horas, en todos los surco. Despreciaba el motejo de los que no
le comprendían; la videncia del juicio póstumo era el único lenitivo a
las heridas que sus contemporáneos le prodigaban. Su vida fue un
perpetuo florecimiento de esperanzas en un matorral de espinas.
Para conservar intactos sus atributos, el genio necesita períodos
de recogimiento; el contacto prolongado con la mediocridad despunta.
las ideas originales y corroe los caracteres más adamantinos. Por eso,
con frecuencia, toda superioridad es un destierro. Los grandes pensado-
res tórnanse solitarios; aparecen proscritos en su propio medio. Se
mezclan a él para combatir o predicar, un tanto excéntricos cuando no
hostiles, sin entregarse nunca totalmente a gobernantes ni a multitudes.
Muchos ingenios eminentes arrollados por la marea colectiva, pierden
o atenúan su originalidad, empañados por la sugestión del medio; los
prejuicios, más arraigados en el individuo, subsisten y prosperan; las
ideas nuevas, por ser adquisiciones personales de reciente formación,
se marchitan. Para defender sus frondas más tiernas el genio busca
aislamientos parciales en sus invernáculos propios. Si no quiere nive-
larse demasiado necesita, de tiempo en tiempo, mirarse por dentro, sin
que esta defensa de su originalidad equivalga a una misantropía. Lleva
consigo las palpitaciones de una época o de una generación, que son su
finalidad y su fuerza: cuando se retira se encumbra. Desde su cima
formula con firme claridad aquel sentimiento, doctrina o esperanza que
en todos se incuba sordamente. En él adquieren claridad meridiana los
confusos rumores que serpentean en la inconsciencia de sus contempo-
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ráneos. Tal, más que en ningún otro genio de la historia, se plasmó en
Sarmiento el concepto de la civilización de su raza, en la hora que
preludiaba el surgir de nacionalidades nuevas entre el caos de la barba-
rie. Para pensar mejor, Sarmiento vivió solo entre muchos, ora expa-
triado, ora proscrito dentro de su país, europeo entre argentinos y
argentino en el extranjero, provinciano entre porteños y porteño entre
provincianos. Dijo Leonardo que es destino de los hombres de genio
estar ausentes en todas partes.
Viven más alto y fuera del torbellino común, desconcertando a
sus contemporáneos. Son inquietos: la gloria y el reposo nunca fueron
compatibles. Son apasionados: disipan los obstáculos como los prime-
ros rayos del sol licuan la nieve caída en una noche primaveral. En la
adversidad no flaquean: redoblan su pujanza, se aleccionan. Y siguen
tras su Ideal, afligiendo a unos, compadeciendo a otros, adelantándose
a todos, sin rendirse, tenaces como si fuera lema suyo el viejo adagio:
sólo está vencido el que confiesa estarlo. En eso finca su genialidad.
Ésa es la locura divina que Erasmo elogió en páginas imperecederas y
que la mediocridad enrostró al gran varón que honra a todo un conti-
nente. Sarmiento parecía agigantarse bajo el filo de las hachas.
III. AMEGHINO Su pupila supo ver en la noche, antes de que amaneciera para to-


 

 
 

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