civil
movida por el espíritu colonial contra la afirmación de los ideales
ar-
gentinos: en La escuela ultrapampeana, escrita a zarpazos, se cierra el
ciclo del pensamiento civilizador iniciado con Facundo. En esas horas
crueles, cuando los fanáticos y los mercaderes le agredían para
desba-
ratar sus ideales de cultura laica y científica, en vano habría
intentado
Sarmiento rebelarse a su destino. Una fatalidad incontrastable le había
elegido portavoz de su tiempo, hostigándole a perseverar sin tregua
hasta el borde mismo de la tumba. En pleno arreciar de la vejez siguió
pensando por sí mismo, siempre alerta para abalanzarse contra los que
desplumaban el ala de sus grandes ensueños: habría osado desmantelar
la tumba más gloriosa si hubiera entrevisto la esperanza de que algo
resucitaría de entre las cenizas.
Había gestos de águila prisionera en los desequilibrios de Sar-
miento. Fue "inactual" en su medio; el genio importa siempre una
anticipación. Su originalidad pareció rayana en desvarío..
Hubo, cier-
tamente, en él un desequilibrio: mas no era intrínseco en su personali-
dad, sino extrínseco, entre ella y su medio. Su inquietud no era
inconstancia, su labor no era agitación. Su genio era una suprema cor-
dura en todo lo que a sus ideales tocaba; parecía lo contrario por con-
traste con la niebla de mediocridad que le circuía.
Tenía los descompaginamientos que la vida moderna hace sufrir a
todos los caracteres militares; pero la revelación más indudable
de su
genialidad está en la eficacia de su obra, a pesar de los aparentes dese-
quilibrios. Personificó la más grande lucha entre el pasado y
el porve-
nir del continente, asumiendo con exceso la responsabilidad de su
destino. Nada le perdonaron los enemigos del Ideal que él representa-
ba; todo le exigieron los partidarios. El mayor equilibrio posible en el
hombre común es exiguo comparado con el que necesita tener el genio:
aquél soporta un trabajo igual a uno y éste lo emprende equivalente
a
mil. Para ello necesita una rara firmeza y una absoluta precisión. eje-
cutiva. Donde los otros se apunan, los genios trepan; cobran mayor
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pujanza cuando arrecian las borrascas; parecen águilas planeantes en
su
atmósfera natural.
La incomprensión de estos detalles ha hecho que en todo tiempo
se atribuyera a insania la genialidad de tales hombres, concretándose
al
fin la consabida hipótesis de su parentesco con la locura, cómoda
de
aplicar a cuantos se elevan sobre los comunes procesos del raciocinio
rutinario y la actividad doméstica. Pero se olvida que inadaptado no
quiere decir alienado; el genio no podría consistir en adaptarse a la
mediocridad.
El culto de lo acomodaticio y lo convencional, halagador para los
sujetos insignificantes, implica presentar a los grandes creadores como
predestinados a la generación o al manicomio. Es falso que el talento
y
el genio pueblen los asilos; si enloquecen, por acaso, diez hombres
excelentes, encuéntrase a su lado un millón de espíritus
vulgares: los
alienistas estudiarán la biografía de los diez e ignorarán
la del millón.
Y para enriquecer sus catálogos de genios enfermos incluirán en
sus
listas a hombres ingeniosos, cuando no a simples desequilibrados inte-
lectuales que son "imbéciles con la librea del genio".
Los hombres como Sarmiento pueden caldearse por la excesiva
función que desempeñan; los ignorantes confunden su pasión
con la
locura. Pero juzgados en la evolución de las razas y de los grupos so-
ciales, ellos culminan como casos de perfeccionamiento activo, en
beneficio de la civilización y de la especie. El devenir humano sólo
aprovecha de los originales. El desenvolvimiento de una personalidad
genial importa una variación sobre los caracteres adquiridos por el
grupo; ella incuba nuevas y distintas energías, que son el comienzo de
líneas de divergencia, fuerzas de selección natural. La desarmonía
de
un Sarmiento es un progreso, sus discordancias son rebeliones a las
rutinas, a los prejuicios, a las domesticidades.
Locura implica siempre disgregación, desequilibrio, solución de
continuidad; con breve razonamiento, refutó Bovio el celebrado sofis-
ma. El genio se abstrae; el alienado se distrae. La abstracción ausenta
de los demás, la distracción ausenta de sí mismo. Cada
proceso ideati-
vo es una serie; en cada serie hay un término medio y un proceso lógi-
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co; entre las diversas series hay saltos y faltan los términos medios.
El
genio, moviéndose recto y rápido dentro de una misma serie, abrevia
los términos medios y descubre la reacción lejana; el loco, saltando
de
una serie a otra, privado de términos medios, disparata en vez de razo-
nar. Ésa es la aparente analogía entre genio y locura; parece
que en el
movimiento de ambos faltaran los términos medios; pero, en rigor, el
genio vuela, el loco salta. El uno sobrentiende muchos términos me-
dios, el otro no ve ninguno. En el genio, el espíritu se ausenta de los
demás; en la locura, se ausenta de sí mismo. "La sublime
locura del
