Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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de hombres, desorbitan sus rutinas, encienden sus pasiones, polarizan
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su aptitud hacia el ensueño naciente. La prosa del visionario vive:
palpita, agrede, conmueve, derrumba, aniquila. En sus frases diríase
que se vuelca el alma de la nación entera, como un alud. Un libro, fruto
de imperceptibles vibraciones cerebrales del genio, tórnase tan decisivo
para la civilización de una raza como la irrupción tumultuosa de infi-
nitos ejércitos.
Y su verbo es sentencia: queda herida mortalmente una era de
barbarie, simbolizada en un nombre propio. El genio se encumbra así
para hablar, intérprete de la historia. Sus palabras no admiten rectifica-
ción y escapan a la crítica. Los poetas debieran pedir sus ritmos a las
mareas del Océano para loar líricamente la perennidad del gesto mag-
nífico: ¡Facundo! Dijo primero. Hizo después...
La política puso a prueba su firmeza: gran hora fue aquella en que
su Ideal se convirtió en acción.
Presidió la República contra la intención de todos: obra de un ha-
do benéfico. Arriba vivió batallando como abajo, siempre agresor y
agredido. Cumplía una función histórica. Por eso, como el héroe del
romance, su trabajo fue la lucha, su descanso pelear.
Se mantuvo ajeno y superior a todos los partidos, incapaces de
contenerlo. Todos lo reclamaban y lo repudiaban alternativamente:
ninguno, grande o pequeño, podía ser toda una generación, todo un
pueblo, toda una raza, y Sarmiento sintetizaba una era en nuestra lati-
nidad americana. Su acercamiento a las facciones, compuestas por
amalgamas de subalternos, tenía reservas y reticencias, simples tanteos
hacia un fin claramente previsto, para cuya consecución necesitó ensa-
yar todos los medios. Genio ejecutor, el mundo parecíale pequeño para
abarcarlo entre sus brazos; sólo pudo ser el suyo el lema inequívoco:
"Las cosas hay que hacerlas; mal, pero hacerlas".
Ninguna empresa le pareció indigna de su esfuerzo; en todas llevó
como única antorcha su Ideal. Habría preferido morirse de sed antes de
abrevarse en el manantial de la rutina. Miguelangelesco escultor de una
nueva civilización, tuvo siempre libres las manos para modelar institu-
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ciones e ideas, libres de cenáculos y de partidos, libres para golpear
tiranías, para aplaudir virtudes, para sembrar verdades a puñados. En-
tusiasta por la patria, cuya grandeza supo mirar como la de una propia
hija, fue también despiadado con sus vicios, cauterizándolos con la
benéfica crueldad de un cirujano.
La unidad de su obra es profunda y absoluta, no obstante las múl-
tiples contradicciones nacidas por el contraste de su conducta con las
oscilaciones circunstanciales de su medio. Entre alternativas extremas,
Sarmiento conservó la línea de su carácter hasta la muerte. Su madurez
siguió la orientación de su juventud; llegó a los ochenta años perfec-
cionando las originalidades que había adquirido a los treinta. Se equi-
vocó innumerables veces, tantas como sólo puede concebirse en un
hombre que vivió pensando siempre. Cambió mil veces de opinión en
los detalles, porque nunca dejó de vivir; pero jamás desvió la pupila de
lo que era esencial en su función. Su espíritu salvaje y divino parpa-
deaba como un faro, con alternativas perturbadoras. Era un mundo que
se oscurecía y se alumbraba sin sosiego: incesante sucesión de amane-
ceres y de crepúsculos fundidos en el todo uniforme del tiempo. En
ciertas épocas pareció nacer de nuevo con cada aurora; pero supo os-
cilar hasta lo infinito sin dejar nunca de ser el mismo.
Miró siempre hacia el porvenir, como si el pasado hubiera muerto
a su espalda; el ayer no existía, para él, frente al mañana. Los hombres
y pueblos en decadencia viven acordándose de dónde vienen; los hom-
bres geniales y los pueblos fuertes sólo necesitan saber dónde van.
Vivió inventando doctrinas o forjando instituciones, creando siempre,
en continuo derroche de imaginación creadora. Nunca tuvo paciencias
resignadas, ni esa imitativa mansedumbre del que se acomoda a las
circunstancias para vegetar tranquilamente. La adaptación es mediocri-
zadora; rebaja al individuo a los modos de pensar y sentir -que son
comunes a la masa, borrando sus rasgos propiamente personales. Pocos
hombres, al finalizar su vida, se libran de ella; muchos suelen ceder
cuando los resortes del espíritu sienten la herrumbre de la vejez. Sar-
miento fue una excepción. Había nacido "así" y quiso vivir como era,
sin desteñirse en el semitono de los demás.
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A los setenta años tocóle ser abanderado en la última guerra


 

 
 

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