necesario para sentir o pensar un credo como para predicarlo o ejecu-
tarlo: todo Ideal es una síntesis. Las grandes transmutaciones históricas
nacen como videncias líricas de los genios artísticos, se transfunden
en
la doctrina de los pensadores y se realizan por el esfuerzo de los esta-
distas; la genialidad deviene función en los pueblos y florece en cir-
cunstancias irremovibles, fatalmente.
La exégesis del genio sería enigmática si se limitara a
estudiar la
biología de los hombres geniales. Ésta sólo revela algunos
resortes de
su aptitud y no siempre evidentes. Algunos pesquisan sus antepasados,
remontando si pueden en los siglos, por muchas generaciones, hasta
apelmazar un puñado de locos y degenerados, como si en la conjunción
de los siete pecados capitales pudiera estallar la chispa que enciende el
Ideal de una época. Eso es convertir en doctrina una superchería,
dar
visos de ciencia a falaces sofismas. Ni, por esto, veremos en ellos sim-
ples productos del medio, olvidando sus singulares atributos. Ni lo uno
ni lo otro. Si tal hombre nace en tal clima y llega en tal hora oportuna,
su aptitud preexistente, apropiada a entrambos, se desenvuelve hasta la
genialidad.
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El genio es una fuerza que actúa en función del medio.
Probarlo es fácil.
Dos veces la muerte y la gloria se dieron la mano sobre un cadá-
ver argentino. Fue la primera cuando Sarmiento se apagó en el hori-
zonte de la cultura continental; fue la segunda al cegarse en Ameghino
las fuentes más hondas de la ciencia nuestra. Pocas tumbas, como las
suyas, han visto florecer y entrelazarse a un tiempo mismo el ciprés
y
el laurel, como si en el parpadeo crepuscular de sus vidas se hubieran
encendido lámparas votivas consagradas a la glorificación eterna
de su
genio.
Merecen tal nombre; cumplieron una función social, realizando
obra decisiva y fecunda. Nadie podrá pensar en la educación ni
en la
cultura de este continente sin evocar el nombre de Sarmiento, su após-
tol y sembrador; ni pudo mente alguna comparársele, entre los que le
sucedieron en el Gobierno y en la enseñanza. En el desarrollo de las
doctrinas evolucionistas marcan un hito las concepciones de Ameghi-
no; será imposible no advertir la huella de sus pasos y quien lo olvide
renunciará a conocer muchos dominios de la ciencia explorados por él.
Sarmiento fue el genio pragmático. Ameghino fue el genio reve-
lador.
II. SARMIENTO
Sus pensamientos fueron tajos de luz en la penumbra de la barba-
rie americana, entreabriendo la visión de cosas futuras. Pensaba en tan
alto estilo que parecía tener, como Sócrates, algún demonio
familiar
que alucinara su inspiración. Cíclope en su faena, vivía
obsesionado
por el afán de educar; esa idea gravitaba en su espíritu como
las gran-
des moles incandescentes en el equilibrio celeste, subordinando a su
influencia todas las masas menores de su sistema cósmico.
Tenía la clarividencia del ideal y había elegido sus medios: orga-
nizar civilizando, elevar educando. Todas las fuentes fueron escasas
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para saciar su sed de aprender; todas las inquinas fueron exiguas para
cohibir si, inquietud de enseñar. Erguido y viril siempre, asta-bandera
de sus propios ideales, siguió las rutas por donde le guiara el destino,
previendo que la gloria se incuba en auroras fecundadas por los sueños
de los que miran más lejos. América le esperaba. Cuando urge cons-
truir o transmutar, fórmase el clima del genio; su hora suena como
fatídica invitación a llenar una página de luz. El hombre
extraordinario
se revela auroralmente, como si obedeciera a una predestinación irre-
vocable.
Facundo es el clamor de la cultura moderna contra el crepúsculo
feudal. Crear una doctrina justa vale ganar una batalla para la verdad;
más cuesta presentir un ritmo de civilización que acometer una
con-
quista. Un libro es más que una intención: es un gesto. Todo ideal
puede servirse con el verbo profético. La palabra de Sarmiento parece
bajar de un Sinaí. Proscrito en Chile, cl hombre extraordinario encua-
dra, por entonces, su espíritu en el doble marco de la cordillera muda
y
del mar clamoroso.
Llegan hasta él gemidos de pueblos que hinchan de angustia su
corazón: parece ensombrecer el ciclo taciturno de su frente, inquietada
por un relampagueo de profecías. La pasión enciende las dantescas
hornallas en que forja sus páginas y ellas retumban con sonoridad
plutoniana en todos los ámbitos de su patria. Para medirse busca al más
grande enemigo, Rosas, que era también genial en la barbarie de su
medio y de su tiempo: por eso hay ritmos apocalípticos en los apóstro-
fes de Facundo, asombroso enquiridión que parece un reto de águila,
lanzado por sobre las cumbres más conspicuas del planeta.
Su verbo es anatema: tan fuerte es el grito que por momentos, la
prosa se enronquece. La vehemencia crea su estilo, tan suyo que, sien-
do castizo, no parece español. Sacude a todo un continente con la sola
fuerza de su pluma, adiamantada por la santificación del peligro y del
destierro. Cuando un ideal se plasma en un alto espíritu, bastan gotas
de tinta para fijarlo en páginas decisivas; y ellas, como si en cada
línea
llevasen una chispa de incendio devastador, llegan al corazón de miles
