cerebro excepcional puede elevarse a la genialidad; pero el uno y la
otra no bastan para crearla.
Nacen muchos ingenios excelentes en cada siglo. Uno entre cien,
encuentra tal clima y tal hora que lo destina fatalmente a la culmina-
ción: es como si la buena semilla cayera en terreno fértil y en
vísperas
de lluvias. Ése es el secreto de su gloria: coincidir con la oportunidad
que necesita de él. Se entreabre y crece, sintetizando un Ideal implícito
en el porvenir inminente o remoto: presintiéndolo, imponiéndolo.
La obra de genio no es fruto exclusivo de la inspiración indivi-
dual, ni puede mirarse como un feliz accidente que tuerce el curso de la
historia; convergen a ello las aptitudes personales y circunstancias
infinitas. Cuando una raza, un arte, una ciencia o un credo preparan su
advenimiento o pasan por una renovación fundamental, el hombre
extraordinario aparece, personificando nuevas orientaciones de los
pueblos o de las ideas. Las anuncia como artista o profeta, las desen-
traña como inventor o filósofo, las emprende como conquistador
o
estadista. Sus obras le sobreviven y permiten reconocer su huella, a
través del tiempo. Es rectilíneo e incontrastable: vuela y vuela,
superior
a todos los obstáculos, hasta alcanzar la genialidad. Llegando a deshora
ese hombre viviría inquieto, luctuante, desorientado; sería siempre
intrínsecamente un ingenio, podría llegar al talento si se acomodara
a
alguna de sus vocaciones adventicias, pero no sería un genio, mientras
no le correspondiera ese nombre por la obra realizada. No podría serlo
desde que le falta la oportunidad en su ambiente.
Otorgar ese título a cuantos descuellan por determinada aptitud,
significa mirar como idénticos a todos los que se elevan sobre la me-
dianía; es tan inexacto como llamar idiotas a todos los hombres inferio-
res. El genio y el idiota son los términos extremos de la escala infinita.
Por haberlo olvidado mueven a reír las estadísticas y las conclusiones
de algunos antropólogos. Reservemos el título a pocos elegidos.
Son
animadores de una época, transfundiéndose algunas veces en su
gene-
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ración y con más frecuencia en las sucesivas, herederas legítimas
de
sus ideas o de su impulso.
La adulación prodiga a manos llenas el rango de genio a los pode-
rosos; imbéciles hay que se lo otorgan a sí mismos. Hay, sin embargo,
una medida para apreciar la genialidad: si es legítima, se reconoce por
su obra, honda en su raigambre y vasta en su floración. Si poeta, canta
un ideal; si sabio, lo define; si santo, lo enseña; si héroe,
lo ejecuta.
Pueden adivinarse en un hombre joven las más conspicuas aptitu-
des para alcanzar la genialidad; pero es difícil pronosticar si las cir-
cunstancias convergerán a que ellas se conviertan en obras. Y, mientras
no las vemos, toda apreciación es caprichosa. Por eso, y porque ciertas
obras geniales no se realizan en minutos, sino en años, un hombre de
genio puede pasar desconocido en su tiempo y ser consagrado por la
posteridad. Los contemporáneos no suelen marcar el paso a compás
del
genio; pero si éste ha cumplido su destino, una nueva generación
estará
habilitada para comprenderlo.
En vida, muchos hombres de genio son ignorados, proscritos, de-
sestimados o escarnecidos. En la lucha por el éxito pueden triunfar los
mediocres, pues se adaptan mejor a las modas ideológicas reinantes;
para la gloria sólo cuentan las obras inspiradas por un ideal y consoli-
dadas por el tiempo. que es donde triunfan los genios. Su victoria no
depende del homenaje transitorio que pueden otorgarle o negarle los
demás, sino de su propia capacidad. para cumplir su misión. Duran
a
pesar de todo, aunque Sócrates beba cicuta, Cristo muera en la cruz o
Bruno agonice en la hoguera: fueron los órganos vitales de funciones
necesarias en i. historia de los pueblos o de las doctrinas. Y el genio se
conoce por la remota eficacia de su esfuerzo o de su ejemplo, más que
por frágiles sanciones de los contemporáneos.
La magnitud de la obra genial se calcula por la vastedad de su ho-
rizonte y la extensión de sus aplicaciones. En ello se ha querido fundar
cierta jerarquía de los diversos órdenes del genio, considerados
como
perfeccionamientos extraordinarios del intelecto y de la voluntad.
Ninguna clasificación es justa. Variando el clima y la hora puede
ocurrir la aparición de uno u otro orden de genialidad, de acuerdo con
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la función social que la suscita; y, siendo la más oportuna,
es siempre
la más fecunda. Conviene renunciar a toda estratificación jerárquica
de
los genios, afirmando su diferencia y admirándolos por igual: más
allá
de cierto nivel todas las cumbres son excelsas. Nadie, si no fueran ellos
mismos, podría creerse habilitado para decretarles rangos y desniveles.
Ellos se despreocupan de estas pequeñeces; el problema es insoluble
por definición.
Ni jerarquía ni especies: la genialidad no se clasifica. El hombre
que la alcanza es el abanderado de un ideal. Siempre es definitivo: es
un hito en la evolución de su pueblo o de su arte. Las historias adoce-
nadas suelen ser crónicas de capitanes y conquistadores; las otras for-
mas de genialidad entran en ellas como simples accidentes. Y no es
justo. Homero, Miguel Ángel, Cervantes y Goethe vivieron en sus
siglos más altos que los emperadores; por cada uno de ellos se mide la
grandeza de su tiempo. Marcan fechas memorables, personificando
aspiraciones inmanentes de su clima intelectual. El golpe de ala es tan
