formación intermitente de sucesivas aristocracias del mérito.
El privilegio desaparece y la dirección moral de la sociedad vuel-
ve a las manos mejores. Se respeta su legitimidad, se enaltecen esas
raras cualidades individuales que implican la orientación original hacia
ideales nuevos y fecundos. Todo renacimiento se anuncia por el res-
peto de las diferencias, por su culto. La mediocridad calla, impotente;
su hostilidad tórnase feble, aunque innúmera. Si tuviera voz rebajaría
el mérito mismo, otorgándolo a ras, de tierra. De lo útil
a todos, no
saben decidir los más; nunca fue el rutinario juez del idealista, ni
el
ignorante del sabio, ni el deshonesto del virtuoso, ni el servil del digno.
Toda excelencia encuentra su juez en sí misma. El mérito de cada
uno se aquilata en la opinión de sus iguales.
Hay aristocracia natural cuando el esfuerzo de las mentes más
aptas convergen a guiar los comunes destinos de la nación. No es pre-
rrogativa de los ingenios más agudos, como querrían algunos, en
cuyo
oído resuena como un eco esa "aristocracia intelectual", que
fue la
quimera de Renán. En la aristocracia del mérito corresponde tanta
parte
a la virtud y al carácter como a la misma inteligencia; de otro modo
sería incompleta y su esfuerzo ineficaz.
184
Un régimen donde el mérito individual fuese estimado por sobre
todas las cosas, sería perfecto. Excluiría cualquier influencia
numérica
u oligarquía. No habría intereses creados. El voto anónimo
tendría tan
exiguo valor como el blasón fortuito. Los hombres se esforzarían
por
ser cada vez más desiguales entre sí, prefiriendo cualquier originalidad
creadora a la más tradicional de las rutinas.
Sería posible la selección natural y los méritos de cada
uno apro-
vecharían a la sociedad entera. El agradecimiento de los menos útiles
estimularía a los favorecidos por la naturaleza. Las sombras respetarían
a los hombres. El privilegio se mediría por la eficacia de las aptitudes
y
se perdería con ellas.
Transparente es, pues, el credo que en política podría sugerirnos
el idealismo fundado en la experiencia.
Se opone a la democracia cuantitativa que busca la justicia en la
igualdad: afirmando el privilegio en favor del mérito.
Y a la aristocracia oligárquica, que asienta el privilegio en los in-
tereses creados, se opone también: afirmando el mérito como base
natural del privilegio.
La aristocracia del mérito es el régimen ideal, frente a las dos
mediocracias que ensombrecen la historia. Tiene su fórmula absoluta:
"la justicia en la desigualdad".
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CAPÍTULO VIII
LOS FORJADORES DE IDEALES
I.- El clima del genio. - II. Sarmiento. - III. Ameghino. - IV. La moral
del genio.
I. EL CLIMA DEL GENIO
La desigualdad es la fuerza y la esencia de toda selección. No hay
dos lirios iguales, ni dos águilas, ni dos orugas, ni dos hombres: todo
lo
que vive es incesantemente desigual. En cada primavera florecen unos
árboles antes que otros, como si fueran preferidos por la Naturaleza
que sonríe al sol fecundante; en ciertas etapas de la historia humana,
cuando se plasma un pueblo, se crea un estilo ose formula una doctri-
na, algunos hombres excepcionales anticipan su visión a la de todos,
la
concretan en un Ideal y la expresan de tal manera que perdura en los
siglos.
Heraldos, la humanidad los escucha; profetas, los cree; capitanes,
los sigue; santos, los imita. Llenan una era o señalan una ruta; sem-
brando algún germen fecundo de nuevas verdades, poniendo su firma
en destinos de razas, creando armonías, forjando bellezas. -La geniali-
dad es una coincidencia. Surge como chispa luminosa en el punto don-
de se encuentran las más excelentes aptitudes de un hombre y la
necesidad social de aplicarlas al desempeño de una misión trascenden-
tal. El hombre extraordinario sólo asciende a la genialidad si encuentra
clima propicio: la semilla mejor necesita de la tierra más fecunda. La
función reclama el órgano: el genio hace actual lo que en su clima
es
potencial.
Ningún filósofo, estadista, sabio o poeta alcanza la genialidad
mientras en su medio se siente exótico o inoportuno; necesita condi-
186
ciones favorables de tiempo y de lugar para que su aptitud se convierta
en función y marque una época en la historia. El ambiente constituye
el
"clima" del genio y la oportunidad marca su "hora". Sin
ellos, ningún
