sía de los ilusos o forman el capital de los mendaces. El pueblo ha
estado ausente de ella.
Las castas aristocráticas no son mejores; en ellas hay, también,
crisis de mediocridad y tórnanse mediocracias, Los demócratas
persi-
guen la justicia para todo y se equivocan buscándola en la igualdad;
los
aristócratas buscan el privilegio para los mejores y acaban por reser-
varlo a los más ineptos. Aquéllos borran el mérito en la
nivelación;
éstos lo burlan atribuyéndolo a una clase. Unos y otros son, de
hecho,
enemigos de toda selección natural. Tanto da que el pueblo sea domes-
ticado por banderías de blasonados o de advenedizos: en ambas están
igualmente proscritos la dignidad y los ideales. Así como las tituladas
democracias no lo son, las pretendidas aristocracias no pueden serlo. El
mérito estorba en las Cortes lo mismo que en las Tabernas.
Toda aristocracia pudo ser selectiva en su origen, suele serlo; es
respetable el que inicia con sus méritos una alcurnia o un abolengo.
Es
evidente la desigualdad humana en cada tiempo y lugar; hay siempre
hombres y sombras. Los hombres que guían a las sombras son la aris-
tocracia natural de su tiempo y su derecho es indiscutible. Es justo,
porque es natural. En cambio, es ridículo el concepto de las aristocra-
cias tradicionales: conciben la sociedad como un botín reservado a una
casta, que usufructúa sus beneficios sin estar compuesta por los mejo-
res hombres de su tiempo. ¿Por qué los deudos, familiares y lacayos
de
los que fueron otrora los más aptos seguirán participando de un
poder
que no han contribuido a crear? ¿En nombre de la herencia?
Si las aptitudes se heredan, ese privilegio les resulta inútil y po-
drían renunciarlo; si no se hereda, es injusto y deben perderlo. Convie-
ne que lo pierdan. Toda nobleza hereditaria es la antítesis de una
aristocracia natural; con el andar del tiempo resulta su más vigoroso
obstáculo.
El derecho divino que invocan los unos, es mentira; lo mismo que
los derechos, del hombre, invocados por los otros. Aristarcos y dema-
gogos son igualmente mediocres y obstan a la selección de las aptitu-
des superiores, nivelando toda originalidad, cohibiendo todo ideal.
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Una concesión podría hacerse. Los países sin castas aristocráticas
son más propicios a la mediocrización; en ellos se constituyen
oligar-
quías de advenedizos, que tienen todos los defectos y las presunciones
de la nobleza, sin poseer sus cualidades. En su improvisación fáltales
la
mentalidad del gran señor, compuesta por atributos que fincan en una
cultura de siglos: hay, sin duda, gentes de calidad y hombres que tienen
clase, como los caballos de carrera. Son más esquivos al rebajamiento.
En sus prejuicios la dignidad puede tener más parte que en los del
advenedizo. Es una diferencia que los preserva de muchos envileci-
mientos. ¿Es preferible obedecer a castas que tienen la rutina del man-
do o a pandillas minadas por hábitos de servidumbre?
El privilegio tradicional de la sangre irrita a los demócratas y el
privilegio numérico del voto repugna a los aristócratas. La cuna
dorada
no da aptitudes; tampoco las da la urna electoral. La peor manera de
combatir la mentira democrática sería aceptar la mentira aristocrática;
en los dos casos trátase de idénticas ineptitudes con distinta
escarapela.
Las masas inferiores -que podrían ser el "pueblo"-y los hombres
exce-
lentes de cada sociedad -que son la "aristocracia natural"- suelen
per-
manecer ajenos a su estrategia.
Entre los demócratas embalumados de igualdad caben audaces la-
cayos que pretenden suplantar a sus amos con la ayuda de turbas fana-
tizadas; entre los aristócratas enmohecidos de tradición caben
vanidosos que ansían reducir a sus sirvientes con la ayuda de los hom-
bres de mérito. La historia se repite siempre: las masas y los idealistas
son víctimas propiciatorias en esas disputas entre señores feudales
y
burgueses de levita.
La degeneración mediocrática, que caracteriza Faguet como un
"culto de la incompetencia", no depende del régimen político,
sino del
clima moral de las épocas decadentes. Cura cuando desaparecen sus
causas; nunca por reformas legislativas, que es absurdo esperar de los
propios beneficiarios. En vano son ensayadas por los tontos o simula-
das por los bribones: las leyes no crean un clima. El derecho efectivo
es una resultante concreta de la moral.
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La apasionada protesta de los idealistas puede ser un grito de
alarma, lanzado en la sombra; pero el ensueño de enaltecer una demo-
cracia resulta ilusorio en las épocas de domesticidad moral y de hartaz-
go. Las facciones prefieren escuchar el falso idealismo de sus fetiches
envejecidos, como si en viejos odres pudiera contenerse el vino nuevo.
Hay que esperar mejores tiempos, sin pesimismos excesivos, con la
certidumbre de que la reacción llega inevitablemente a cierta hora: los
hombres superiores la esperan custodiando su dignidad y trabajando
para su ideal. Cuando la mediocridad agota los últimos recursos de su
incompetencia, naufraga. La catástrofe devuelve su rango al mérito
y
reclama la intervención del genio.
El mismo encallamiento mediocrático contribuye a restaurar, de
tiempo en tiempo, las fuerzas vitales de cada civilización. Hay una vis
medicatrix naturae que corrige el abellacamiento de las naciones: la
