permanecer ajenas a la fe del hombre virtuoso. Nada hay más extraño
a
la fe que el fanatismo. La fe es de visionarios y el fanatismo de siervos.
La fe es llama que enciende y el fanatismo es ceniza que apaga. La fe
es una dignidad y el fanatismo es un renunciamiento. La fe es una
afirmación individual de alguna verdad propia y el fanatismo es una
conjura de huestes para ahogar la verdad de los demás.
Frente a la domesticación del carácter que rebaja el nivel moral
de las sociedades contemporáneas, todo homenaje a los hombres de
genio que impendieron su vida por la Libertad y por la Ciencia, es un
acto de fe en su Porvenir: sólo en ellos pueden tomarse ejemplos mo-
rales que contribuyan al perfeccionamiento de la Humanidad. Cuando
alguna generación siente un hartazgo de chatura, de doblez, de servi-
lismo, tiene que buscar en los genios de su raza los símbolos de pen-
samiento y de acción que la templen para nuevos esfuerzos.
Todo hombre de genio es la personificación suprema de un Ideal.
Contra la mediocridad, que asedia a los espíritus originales, conviene
fomentar su culto; robustece las alas nacientes. Los más altos destinos
se templan en la fragua de la admiración. Poner la propia fe en algún
ensueño, apasionadamente, con la irás honda emoción, es
ascender
hacia las cumbres donde aletea la gloria. Enseñando a admirar el genio,
la santidad y el heroísmo, prepáranse climas propios a su advenimien-
to.
Los ídolos de cien fanatismos han muerto en el curso de los si-
glos, y fuerza es que mueran otros venideros, implacablemente segados
por el tiempo.
Hay algo humano, más duradero que la supersticiosa fantasmago-
ria de lo divino: el ejemplo de las altas virtudes. Los santos de la moral
idealista no hacen milagros: realizan magnas obras, conciben supremas
bellezas. investigan profundas verdades. Mientras existan corazones
que alienten un afán de perfección, serán conmovidos por
todo lo que
revela fe en un Ideal: por el canto de los poetas, por el gesto de los
héroes, por la virtud de los santos, por la doctrina de los sabios, por
la
filosofía de los pensadores.