sofistas y las manos a los escritores; cerrarían las bibliotecas para
que
en ellas no conspirasen ingenios originales. Prefieren la adulación del
ignorante al consejo sabio. Subyacen a todos los dogmas. Si coroneles,
usan escapulario en vez de espada; si políticos, consultan la Monita
para interpretar las Magnas Cartas de las naciones. Bajo su imperio la
hipocresía -más funesta que la desvergüenza misma- tórnase
sistema.
En ese combate incesante, renovado en tantos dramas ibsenianos, los
amorfos conviértense en columnas de la sociedad, y el que desnuda
una sombra parece un sedicioso enemigo del pueblo. Todos los avisa-
dos golpéanse el pecho para medrar. Las huestes de sacristía crecen
y
crecen, absorbiendo, minando, ensanchándose: como un herpes moral
que se agranda en silencio hasta manchar ignominiosamente la fisono-
mía de toda una época.
Las mediocracias niegan a sus arquetipos el derecho de elegir su
oportunidad. Los atalajan en el gobierno cuando su organismo vacila y
su cerebro se apaga: quieren al inservible o al romo. Hombres repudia-
dos en la juventud, son consagrados en la vejez: a esa edad en que las
buenas intenciones son un cansancio de las malas costumbres. Eligen a
los que usaron esclavizarse de su vientre, comiendo hasta hartarse y
bebiendo hasta aturdirse, devastando su salud en noches blancas, reba-
jando su dignidad en la insolvencia de los tapetes verdes, tornándose
impropios para todo esfuerzo continuado y fecundo, preparando esas
decrepitudes en que el riñón se fosiliza y el hígado se
almibara. Ésa es
la mejor garantía para el rebaño rutinario; su odio a la originalidad
lo
impele hacia los hombres que empiezan a momificarse en vida.
Mientras la vejez va borrando los últimos rasgos personales de los
arquetipos, sus cómplices se confabulan para ocultar su progresivo
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reblandecimiento, eximiéndole de toda faena y adminiculándole
de
ingenuas ficciones. Poco a poco el carcamal luye de sus residencias
naturales y se aísla; regatea las ocasiones de mostrarse en plena luz,
exhibiéndose en reducidas vidrieras, donde los pavorreales pueden
lucir, desde lejos, los cien ojos de Argos plantados en su cola. Inciertos
ya para pensar, necesitan más que nunca el sahumerio de todos los
incensarios: la adulonería acaba por encubrirlos de lubricantes. Las
apologías se redoblan a medida que ellos van desapareciendo, minado
el cerebro por vergonzosas enfermedades contraídas en el trato lupana-
rio de las cortesanas.
El crepúsculo sobreviene implacable, a fuego lento, gota a gota,
como si el destino quisiera desnudar su vaciedad, pieza por pieza,
demostrándola a los más empecinados, a los que podrían
dudar si mu-
rieran de golpe, sin ese pausado desteñimiento.
Son sombras al servicio de sus huestes contiguas. Aunque no vi-
van para sí tienen que vivir para ellas, mostrándose ele lejos
para ates-
tiguar que existen, y evitando hasta la ráfaga de aire que podría
doblarlos como a la hoja de un catálogo abandonado a la intemperie.
Aunque desfallezcan no pueden abandonar la carga; en vano el
remordimiento repetirá en sus oídos las clásicas palabras
de Propercio:
"Es vergonzoso cargarse la cabeza con un fardo que no puede llevarse:
pronto se doblan las rodillas, esquivas al peso" (III, IX, 5). Los arque-
tipos sienten su esclavitud; pero deben morir en ella, custodiados por
los cómplices que alimentaron su vanidad.
Las casas de gobierno pueden ser su féretro; las facciones lo sa-
ben y se disputan sus vices, que aguaitan en acecho. Sus nombres que-
dan enumerados en las cronologías; desaparecen de la historia. Sus
descendientes y beneficiarios esfuérzanse en vano por alargar su som-
bra y vivir de ella.
Basta que un hombre libre los denuncie para que la posteridad los
amortaje; sobra una sola palabra -si es virtuosa, estoica, incorruptible,
decidida a sacrificarse sin mirar atrás con tal de ser leal a su dignidad-,
sobra una sola palabra para borrar las adulaciones de los palaciegos, en
vano acendrados en la hora fúnebre. Algunos hartos comensales, no
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pudiendo referirse a lo que fueron, atrévense a elogiar lo que pudieron
ser...; creen que muere una esperanza como si ésta fuera posible en
organismos minados por las carcomas de la juventud y los almibara-
mientos de la vejez.
Es natural que muera con cada uno su piara: túrnanse muchas en
cada era de penumbra. La mediocracia las tira como viejos naipes
cuyas cartas ya están marcadas por los tahúres, entrando a tallar
con
otros nuevos, ni mejores ni peores. Los dignos, ajenos a la partida
cuyas trampas ignoran, se apartan de todas las camarillas que medran a
la sombra de la patria; cultivan sus ideales y encienden una chispa de
ellos como pueden., esperando otro clima moral o preparándolo. Y no
manchan sus labios nombrando a los arquetipos: sería, acaso, inmorta-
lizarlos.
V. LA ARISTOCRACIA DEL MÉRITO
El progresivo advenimiento de la democracia, permitiendo la
igualdad de los demás, ¿ha dificultado la culminación de
los mejores?
Es indiferente que se trate de monarquíaso de repúblicas; el siglo
XIX
comenzó a unificar la esencia de los regímenes políticos,
nivelando
todos los sistemas, aburguesándolos.
Un pensador eminente glosó esta verdad: la mediocracia no tolera
las excepciones ilustres. Si el genio es un soliloquio magnífico, una
