de sí mismo.
7 Los perezoso. -decía Voltaire- no son más que gente mediocre,
de cualquier
clase que sea. (N. del E.)
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La falta de inspiraciones intrínsecas tórnales sensibles a la
coac-
ción de los conspiradores, a la intriga de los domésticos, a la
adulación
de los palaciegos, a los apremios de los cotahures, a las intimidaciones
de los gacetilleros, a las influencias de las sacristías. Su conducta
tras-
luce febledad con cuantos les acechan; ni basta para ocultarla su apa-
ratoso enfestar contra molinos de viento. Cuando llegan al poder lo
renuncian de hecho, convencidos de su impotencia para usarlo; se
entregan al curso de la ría, como los nadadores incipientes. Jinetes
de
potros cuyo voltijeo ignoran, cierran los ojos y abandonan las riendas:
esa ineptitud para asirlas con sus manos inexpertas llámanla sumisión
a
la democracia.
El favoritismo es su esclavitud frente a cien intereses que los aco-
san; ignoran el sentimiento de la justicia y el respeto del mérito. El
verdadero justo resiste a la tentación de no serlo cuando en ello tiene
un beneficio; el mediocre cede siempre. Profesa una abstracta equidad
en los casos que no hieren el valimiento de sus cómplices; pero se
complica de hecho en todas sus zirigañas. Nunca, absolutamente, pue-
de haber justicia en preferir el lacayo al digno, el oblicuo al recto, el
ignorante al estudioso, el intrigante al gentilhombre, el medroso al
valiente. Ésa es la corruptela moral de las mediocracias: anteponer el
valimiento al mérito. En el favoritismo se empantanan los que pisan
firmes y avanzan los que se arrastran blandos: como en los temblade-
rales. Cuando el mérito enrostra sus yerros a los arquetipos, arguyen
éstos humildemente que no son infalibles; pero está su vileza
en subra-
yar la disculpa con tentadores ofrecimientos, acostumbrados a comer-
ciar el honor. No puede ser juez quien confunde el diamante con la
bazofia; cuando se acepta la responsabilidad de gobernar, "equivocarse
es una culpa", como sentenció Epicteto. En las mediocracias se ignora
que la dignidad nunca llega de hinojos a los estrados de los que man-
dan.
Repiten con frecuencia el legendario juicio de Midas. Pan osó
comparar su flauta de siete carrizos con la lira de Apolo. Propuso una
lid al dios de la armonía y fue árbitro el anciano rey frigio.
Resonaron
de Pan los acordes rústicos y Apolo cantó a compás de sus
melopeas
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divinas. Decidieron todos que la flauta era incomparable a la lira, uná-
nimes todos, menos el rey, que reclamó la victoria para aquélla.
De
pronto crecieron entre sus cabellos dos milagrosas orejas: Apolo quedó
vengado y Pan se refugió en la sombra. El juez, confuso, quiso ocul-
tarlas bajo su corona. Las descubrió a un cubiculario; corrió
a un lejano
valle, cavó un pozo y contó allí su secreto. Pero la verdad
no se entie-
rra: florecieron rosales que, agitados por las brisas, repiten eternamente
que Midas tuvo orejas de asno.
La historia castiga con tanta severidad como la leyenda: una pá-
gina de crónica dura más que un rosal. Nadie pregunta si los crucifica-
dores de Cristo, los ustores de Bruno y los burladores de Colón fueron
bribones o reblandecidos. Su condena es la misma e ilevantable. La
justicia es el respeto del mérito. Un Marco Aurelio sabe que en cada
generación hay diez o veinte espíritus privilegiados, y su genio
consiste
en fomentarlos todos; un Panza los excluye de su ínsula, usando sola-
mente a los que se domestican, es decir, a los peores como carácter y
moralidad. Siempre son injustos los que escuchan al servil sin interro-
gar al digno. Nunca piden favor los que merecen justicia. Ni lo acep-
tan. Encuentran natural que los pravos prefieran a sus similares; es
exacto que "la torpeza del burgués, mortificado por la natural soberbia
de la superioridad, busca consagrar a su igual, cuyo acceso le es fácil
y
en cuya psicología encuentra los medios de ser satisfecho y compren-
dido". Hora llega en que las injusticias de los gobernadores se pagan
con foridables intereses compuestos, irremisiblemente. Hechas a uno
solo, amenazan a todos los mejores; dejarlas impunes significa hacerse
su cómplice. Pronto o tarde se saldan sus trabacuentas, aunque sus
errores no se finiquiten jamás; los arquetipos de las mediocracias
aprenden en carne propia que por un clavo se pierde una herradura.
Como a Midas el divino Apolo, los dignes castigan a los sin ver-
güenza con la perennidad de su palabra; pueden equivocarse, porque es
humano; pero si dicen la verdad ella dura en el tiempo. Ésa es su espa-
da; rara vez la sacan, pues pronto se gasta un arma que se desenvaina
con frecuencia: si lo hacen, va recta al corazón, como la del romance
famoso.
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Y el rencor de los lacayos evidencia la seguridad de la punta que
toca al amo.
Para ser completos, son sensibles a todos los fanatismos. Los más
rezan con los mismos labios que usan para mentir, como Tartufo; inse-
guros de arrostrar en la tierra la sanción de los dignos, desearían
pos-
tergarla para el cielo. Si en su poder estuviera, cortarían la lengua
a los
