puede ser virtuoso el engendrado en un vientre impuro", dicen las
Escrituras; los que se encumbran cerrando los ojos e implicándose en
mañas de estercolero, sufriendo los manoseos de los majagranzas,
mintiéndose a sí mismos para hartar la acucia de toda una vida,
no
pueden redimirse del pecado original aunque, Faustos insubordinados,
pretendan escapar al maleficio de sus Mefistófeles.
El pueblo los ignora; está separado de ellos por el celo de las fac-
ciones. Para prevenirse de achaques indiscretos retráense de la circula-
ción: como si de cerca no resistieran al cateo elle los curiosos.
Mantiénense ajenos a todo estremecimiento de raza. En ciertas horas
las turbas pueden ser sus cómplices: el pueblo nunca. No podría
serlo;
en las mediocracias desaparece. Diríase que consiente porque no exis-
te, substituido por cohortes que medran.
Depositarios del alma de las naciones, los pueblos son entidades
espirituales inconfundibles con los partidos. No basta ser multitud para
ser pueblo: no lo sería la unanimidad de los servilos.
172
El pueblo encarna la conciencia misma de los destinos futuros de
una nación o de una raza. Aparece en los países que un ideal convierte
en naciones y reside en la convergencia moral de los que sienten la
patria más alta que las oligarquías y las sectas. El pueblo -antítesis
de
todos los partidos- no se cuenta por números. Está donde un solo
hom-
bre no se complica en el abellacamiento común; frente a las huestes
domesticadas o fanáticas ese único hombre libre, él solo,
es todo: Pue-
blo y Nación y Raza y Humanidad.
Los arquetipos de la mediocracia pasan por la historia con la
pompa superficial de fugitivas sombras chinescas. Jamás llega a sus
oídos un insulto o una loa, nunca se les dice "héroes"
o "tiranos"; en la
fantasía popular despiertan un eco uniforme, que en todas partes se
repite: "¡el pavo!", en una síntesis más definitiva
que una lápida. Su
trinomio psicológico es simple: vanidad, impotencia y favoritismo.
Viven de aspavientos, que sólo atañen a las formas. La austera
sobriedad del gesto es atributo de los hombres; la suntuosidad de las
apariencias es galardón de las sombras. Después de incubar sus
ansias,
temblorosos de humildad ante sus cómplices, nublándose de humos
y
empavésanse de defatuidades; olvidan que envanecerse de un rango es
confesarse inferior a él. Acumulan rumbosos artificios para alucinar
las
imaginaciones domésticas; rodéanse de lacayos, adoptan pleonásticas
nomenclaturas, centuplican los expedientes, pavonéanse en trenes
lujoso:, navegan en complicados bucentauros, sueñan con recepciones
allende los océanos. Ofrecen ambos flancos a la risueña ironía
ele los
burlones, poniendo en todo cierta fastuosidad de segunda mano, que
recuerda las cortes y señorías de opereta. Su énfasis melodramático
cuadraría a personajes de Hugo y haría cosquillas al egotismo
volteria-
no de Stendhal.
En su adonismo contemplativo no cabe la ambición, que es enér-
gico esfuerzo por acrecentar en obras los propios méritos. El ambicioso
quiere ascender, hasta donde sus propias alas puedan levantarlo; el
vanidoso cree encontrarse ya en las supremas cumbres codiciadas por
los demás. La ambición es bella entre todas las pasiones, mientras
la
173
vanidad no la envilece; por eso es respetable en los genios y ridícula
en
los tontos.
Empavónanse de permanentes altisonancias. Sospechan que
existen ideales y se fingen sus sostenedores; incurren en los más con-
formes a la moral de su mediocracia. Sospechan la verdad, a veces,
porque ella entra en todas partes, más sutil que la adulación;
pero la
mutilan, la atenúan, la corrompen, con acomodaciones, con muletas,
con remiendos que disfrazan. En ciertos casos, la verdad puede más
que ellos; salta a la vista a pesar suyo y es su castigo. Se paramentan de
buenas intenciones cuando menos fuerzas van teniendo para conver-
tirlas en actos; la innata pavada se trasunta en sus parloteos puritanos.
Tórnase cómica la ineptitud en su disfraz de idealismo; son deleznables
los vagos principios que aplican a compás de oportunistas convenien-
cias. El tiempo descubre a los que tienen la moral en piezas, para mos-
trarla, aunque de su paño jamás corten un traje para cubrir su
mediocridad.
Son tributarios del séptimo pecado capital: en su impotencia hay
pereza. Renuncian la autoridad y conservan la pompa; aquélla podría
bruñir el mérito, ésta adorna la vanidad. Gustan de holgar;
desisten de
hacer lo muy poco que podrían; evitan toda firme labor; se apartan de
cualquier combate, declarándose espectadores. Pueden practicar el mal
por inercia y el bien por equivocación; se entregan a los aconteci-
mientos por incapacidad de orientarlos. "Les paresseux -decía Voltaire-
ne sont jamais que des gents médiocres, en quelque genre que ce soit"7.
Por detestables que sean los gobernantes, nunca son peores que cuando
no gobiernan. El mal que hacen los tiranos es un enemigo visible; la
inercia de los poltrones, en cambio, implica un misterioso abandono de
la función por el órgano, la acefalía, la muerte de la
autoridad por una
caquexia inaccesible a los remedios. Gran inconsciencia es gobernar
pueblos cuando la enfermedad o la vejez quitan al hombre el gobierno
