Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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del orden y de la virtud, declaran prescritas sus viejas pústulas; incon-
dicionalismo para con los regímenes más turbios, intérlopes pasiones
de garito, ridículos infortunios de donjuanismo epigramático. Los la-
bios de los adulones abrévanse en aquella agua del, Leteo que borra la
memoria del pasado; no advierten que después de chapalear una vida
entera en el vicio, todo puritanismo huele a bencina, como los guantes
que pasan por el limpiador.
Donde medran oligarquías bajo disfraces democráticos prosperan
esos pavorreales apampanados, tensos por la vanidad: un travieso los
desinflaría si los pinchase al pasar, descubriendo la nada absoluta que
retoza en su interior. Vacuo no significa alígero.
Nunca fue la tontería cartabón de santidad. Sin sangre de hienas, que
han menester los tiranos, tampoco tiénenla de águilas, propia de ilumi-
nados; corre en sus venas una linfa tontivana, propia en estirpe de
pavos y quintaesenciada en el real, simbólica ave que suma candoro-
samente la zoncería y la fatuidad. Son termómetros morales de cierta
época: cuando la mediocracia encuba pollipavos no tienen atmósfera
los aguiluchos.
La resignada pasividad explica ciertas culminaciones: el porvenir
de algunos arquetipos estriba en ser admirados en contra de otros.
Huyen para agrandarse. Con muchos lustros de andar a la birlonga no
borran sus culpas; en su paso descúbrese una inveterada pusilanimidad
que rehúye escaramuzas con enemigos que les han humillado hasta
sangrar. No puede haber virtud sin gallardía; no la demuestra quien
esquiva con temblorosos alejamientos la batalla por tantos años ofreci-
da a su dignidad. Ese acoquinamiento no es, por cierto, el clásico valor
gauchesco de los coroneles americanos; ni se parece al -esto del león
agazapado para pegar mejor el salto. Ellos vagamundean con el "don
de espera del batracio oportunista", de que habla Ramos Mejía. El
hombre digno puede enmudecer cuando recibe una herida, temiendo
acaso que su desdén exceda a la ofensa; pero llega su sentencia, y llega
en estilo nunca usado para adular ni para pedir, más hiriente que cien
espadas. Cada verbo es una flecha cuyo alcance finca en la elasticidad 170
del arco: la tensión moral de la dignidad. Y el tiempo no borra una
sílaba de lo que así se habla. Los arquetipos suelen interrumpir sus humillados silencios con
innocuas pirotecnias verbales; de tarde en tarde los cómplices pregonan
alguna misteriosa lucubración tar-tamudeada, o no, ante asambleas que
ciertamente no la escucharon. Ellos no atinan a sostener la reputación
con que los exornan: desertan el Parlamento el día mismo en que los
eligen, como si temieran ponerse en descubierto y comprometer a los
empresarios de su fama.
Complétase la inflazón de estos aerostatos confiándoles subalter-
nas diplomacias de festival, en cuya aparatosidad suntuaria pavonean
sus huecas vanidades. Sus cómplices adivínanles algún talento diplo-
mático o perspicacia internacionalista, hasta complicarles en lustrosas
canonjías donde se apagan en tibias penumbras, junto al resplandecer
de sus colaboradores más antiguos. Nunca desalentadas, las oligarquías
siguen mimando a estos engendros, con la esperanza de que acertarán
un golpe en el clavo después de afirmar cien en la herradura. Ungidos
emisarios ante una nación hermana, su casuística de sacristía envenena
hondos afectos, como si por arte de encantamiento germinaran cizañas
inextinguibles en los corazones de los pueblos.
Archiveros y papelistas se confabulan para encelar el fervor de
los ingenuos y captar la confianza de los rutinarios. Plutarquillos bien
rentados transforman en miel su acíbar, quintaesenciando en alabanzas
sus vinagres más crónicos, como si hipotecaran su ingenio descontando
prebendas futuras. Rellenan con vanos artilugios la oquedad del tonto,
sin sospechar la insuficiencia de la tramoya. Ni el pavo parece águila ni
corcel la nula: se les reconoce al pasar, viendo su moco eréctil u oyen-
do el chacoloteo de su herradura.
Su gravitación negativa seduce a los caracteres domesticados: no
piensan, no roban, no oprimen, no sueñan, no asesinan, no faltan a
misa, ¿qué más? Cuando las facciones forjan al Fénix, lo encumbran
como su símbolo perfecto. Poseen cosméticos para sus fisonomías
arrugadas: la grandílocua rancidez de programas a cuyo pie buscaríase
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de inmediato la firma de Bertoldo, si los vastos soponcios no traslucie-
ran prudentes reticencias de Tartufo. Es preferible que estén cuajados
de vulgaridades y escritos en pésimo estilo; gustan más a la clientela.
Un programa abstracto es perfecto: parece idealista y no lastima las
ideas que cree tener cada cómplice. De cada cien, noventa y nueve
mienten lo mismo: la grandeza del país, los sagrados principios demo-
cráticos, los intereses del pueblo, los derechos del ciudadano, la mora-
lidad administrativa. Todo ello, si no es desvergüenza consuetudinaria,
resulta de una tontería enternecedora: simula decir mucho y no signifi-
ca nada. El miedo a las ideas concretas ocúltase bajo el antifaz de las
vaguedades cívicas.
No se avergüenzan de escalar el poder a horcajadas sobre la ig-
nominia. Obtemperan a toda villanía que converja a su objeto: cuando
hablan de civismo su aliento apesta al pantano originario. Su moral
encubre el vicio, por el simple hecho de usufructuarlo. Empujados por
torcidos caminos, siguen sembrando en los mismos surcos. Para apro-
vechar a los indignos han tenido que humillárseles mansamente; los
honores que no se conquistan hay que pagarlos con abajamientos. "No


 

 
 

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