Los prohombres de las mediocracias equidistan del bárbaro le-
gendario -Tiberio o Facundo- y del genio transmutador -Marco Aurelio
o Sarmiento-. El genio crea instituciones y el bárbaro las viola: los
mediocres las respetan, impotentes para forjar o destruir. Esquivos a la
gloria y rebeldes a la infamia, se les reconoce por una circunstancia
inequívoca: sus cubicularios no osan llamarlos genios por temor al
ridículo y sus adversarios no podrían sentarlos en cáncana
de imbéciles
sin flagrante injusticia. Son perfectos en su clima: sosláyanse en la
historia a merced de cien complicidades y conjugan en su persona
todos los atributos del ambiente que los repuja. Amerengados por
equívocas jerarquías militares, por opacos títulos universitarios
o por la
almidonada improvisación de alcurnias advenedizas, acicalan en su
espíritu las rutinas y prejuicios que acorchan las creederas de la medio-
cridad dominante. Son pasicortos siempre; su marcha no puede en
momento alguno compararse al vuelo de un cóndor ni a la reptación
de
una serpiente.
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Todas las piaras inflan algún ejemplar predestinado a posibles
culminaciones. Seleccionan el acabado prototipo entre los que com-
parten sus pasiones o sus voracidades, sus fanatismos o sus vicios, sus
prudencias o sus hipocresías. No son privilegio de tal casta o partido:
su liviandad alcornocal flota en todas las ciénagas políticas.
Piensan
con la cabeza de algún rebaño y sienten con su corazón.
Productos de
su clima, son irresponsables: ayer de su oquedad, hoy de su preemi-
nencia, mañana de su ocaso. Juguetes, siempre, de ajenas voluntades.
Entre ellos eligen las repúblicas sus presidentes, buscan los tiranos
sus
favoritos, nombran los reyes sus ministros, entresacan los parlamenta-
rios sus gabinetes. Bajo todos los regímenes: en las monarquías
abso-
lutas y en las repúblicas oligárquicas. Siempre que desciende
la
temperatura espiritual de una raza, de un pueblo o de una clase, en-
cuentran propicio clima los obtusos y los seniles. Las mediocracias
evitan las cumbres de los abismos. Intranquilas bajo el sol meridiano y
timoratas en la noche, buscan sus arquetipos en la penumbra. Temen la
originalidad y la juventud; adoran a los que nunca podrán volar o tie-
nen ya las alas enmohecidas.
Adventicias jaurías de mediocres, vinculadas por la traílla de
co-
munes apetitos, osan llamarse partidos. Rumian un credo, fingen un
ideal, atalajan fantasmas consulares y reclutan una hueste de lacayos.
Eso basta para disputar a codo limpio el acaparamiento de las preben-
das gubernamentales. Cada grey elabora ;u mentira, erigiéndola en
dogma infalible. Los tunantes suman esfuerzos para enaltecer la pro-
hombría de su fantasma: llamase lirismo a suineptitud, decoro a su
vanidad, ponderación a su pereza, prudencia a su impotencia, distrac-
ción a sus vicios, liberalidad a su briba, sazón a su marchitez.
La hora
los favorece: las sombras se alargan cuanto más avanza el crepúsculo.
En cierto momento la ilusión ciega a muchos, acallando toda veraz
disidencia.
La irresponsabilidad colectiva borra la cuota individual del yerro:
nadie se sonroja cuando todas las mejillas pueden reclamar su parte en
la vergüenza común.
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De esas baraúndas salen a flote unos u otros arquetipos, aunque
no siempre los menos inservibles.
Viven durante años en acecho; escúdanse en rencores políticos
o
en prestigios mundanos, echándolos como agraz en el ojo de los inex-
pertos. Mientras yacen aletargados por irredimibles ineptitudes, simú-
lanse proscritos por misteriosos méritos. Claman contra los abusos del
poder, aspirando a cometerlos en beneficio propio. En la mala racha,
los facciosos siguen oropelándose mutuamente, sin que la resignación
al ayuno disminuya la magnitud de sus apetitos. Esperan su turno,
mansos bajo el torniquete. Se repiten la máxima de De Maistre: "Sa-
voir attendre et le grand moyen de parvenir"6.
La paciente expectativa converge a la culminación de los menos
inquietantes. Rara vez un hombre superior los apandilla con muñeca
vigorosa, convirtiéndolos en comparsa que medra a su sombra; cuando
les falta ese denominador absoluto, desorbítanse como asteroides de un
sistema planetario cuyo sol se extingue. Todos se confabulan entonces
en tácita transacción, prestando su hombro a los que pueden aguantar
más alabanzas en justa equivalencia de méritos antiguos- El grupo
los
infla con solidaridad de logia; cada cómplice conviértese en una
hebra
de la telaraña tendida para captar el gobierno.
Compréndese la arrevesada selección de las facciones oligárqui-
cas y el pomposo envanecimiento del mediocre que ellas consagran.
Sus encomiastas, empeñados en purificarlo de toda mancha pecamino-
sa, intentan obstruir la verdad llamando romanticismo a su reiterada
incompetencia para todas las empresas. Otros llaman orgullo a su vani-
dad e idealismo a su acidia; pero el tiempo disipa el equívoco, devol-
viendo su nombre a esos dos vicios arracimados en un mismo tronco:
el orgullo es compatible con el idealismo, pero el primero es la síntesis
de la vanidad y el segundo lo es de la acidia.
Repujados los prohombres de hojalatería, sus cómplices acaban
de azogarles con demulcentes crisopeyas. Sus lacras llegan a parecer
coqueterías, como las arrugas de las cortesanas. Ungiéndolos árbitros
6 "Saber esperar es el gran medio para llegar". (N. del E.)
