Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

    LIBROS GRATIS

    Libros Gratis
    Libros para Leer Online
    Recetas de Cocina
    Letras de Tangos
    Guia Medica
    Filosofia
    Derecho Privado



suntuosos formulismos. Los gobernantes que no piensan parecen pru-
dentes; los que nada hacen titúlanse reposados; los que no roban resul-
tan ejemplares. El concepto del mérito se torna negativo: las sombras
son preferibles a los hombres. Se busca lo originariamente mediocre o
lo mediocrizado por la senilidad. En vez de héroes, genios o santos, se
reclama discretos administradores. Pero el estadista, el filósofo, el
157
poeta, los que realizan, predican y cantan alguna parte de un ideal están
ausentes. Nada tienen que hacer.
La tiranía del clima es absoluta: nivelarse o sucumbir. La regla
conoce pocas expresiones en la historia. Las mediocracias negaron
siempre las virtudes, las bellezas, las grandezas, dieron el veneno a
Sócrates, el leño a Cristo, el puñal a César, el destierro a Dante, la
cárcel a Galileo, el fuego a Bruno; y mientras escarnecían a esos hom-
bres ejemplares, aplastándolos con su saña o armando contra ellos
algún brazo enloquecido, ofrecían su servidumbre a gobernantes imbé-
ciles o ponían su hombro para sostener las más torpes tiranías. A un
precio: que éstas garantizaran a las clases hartas la tranquilidad necesa-
ria para usufructuar sus privilegios.
En esas épocas del lenocinio la autoridad es fácil de ejercitar: las
cortes se pueblan de serviles, de retóricos que parlotean pane lucrando,
de aspirantes a algún bajalato, de pulchinelas en cuyas conciencias está
siempre colgando el albarán ignominioso. Las mediocracias apuntálan-
se en los apetitos de los que ansían vivir de ellas y en el miedo de los
que temen perder la pitanza. La indignidad civil es ley en esos climas.
Todo hombre declina su personalidad al convertirse en funcionario: no
lleva visible la cadena al pie, como el esclavo, pero la arrastra oculta-
mente, amarrada en su intestino. Ciudadanos de una patria son los
capaces de vivir por su esfuerzo, sin la cebada oficial. Cuando todo se
sacrifica a ésta, sobreponiendo los apetitos a las aspiraciones, el senti-
do moral se degrada y la decadencia se aproxima. En vano se busca
remedios en la glorificación del pasado. De ese atafagamiento los pue-
blos no despiertan loando lo que fue, sino sembrando el porvenir.
II. LA PATRIA Los países son expresiones geográficas y los Estados son formas
de equilibrio político. Una patria es mucho más y es otra cosa: sincro-
nismo de espíritus y de corazones, temple uniforme para el esfuerzo y
homogénea disposición para el sacrificio, simultaneidad en la aspira-
158
ción de la grandeza, en el pudor de la humillación y en el deseo de la
gloria. Cuando falta esa comunidad de esperanzas, no hay patria, no
puede haberla: hay que tener ensueños comunes, anhelar juntos gran-
des cosas y sentirse decididos a realizarlas, con la seguridad de que al
marchar todos en pos de un ideal, ninguno se quedará en mitad del
camino contando sus talegas. La patria está implícita en la solidaridad
sentimental de una raza y no en la confabulación de los politiquistas
que medran a su sombra.
No basta acumular riquezas para crear una patria: Cartago no lo
fue. Era una empresa. Las áureas minas, las industrias afiebradas y las
lluvias generosas hacen de cualquier país un rico emporio: se necesitan
ideales de cultura para que en él haya una patria. Se rebaja el valor de
este concepto cuando se lo aplica a países que carecen de unidad mo-
ral, más parecidos a factorías de logreros autóctonos o exóticos que a
legiones de soñadores cuyo ideal parezca un arco tendido hacia un
objetivo de dignificación común.
La patria tiene intermitencias: su unidad moral desaparece en
ciertas épocas de rebajamiento, cuando se eclipsa todo afán de cultura
y se enseñorean viles apetitos de mando y de enriquecimiento. Y el
remedio contra esa crisis de chatura no está en el fetichismo del pasa-
do, sino en la siembra del porvenir, concurriendo a crear un nuevo
ambiente moral propicio a toda culminación de la virtud, del ingenio y
del carácter.
Cuando no hay patria no puede haber sentimiento colectivo de la
nacionalidad -inconfundible con la mentira patriótica explotada en
todos los países por los mercaderes y los militaristas-. Sólo es posible
en la medida que marca el ritmo unísono de los corazones para un
noble perfeccionamiento y nunca para una innoble agresividad que
hiera el mismo sentimiento de otras nacionalidades.
No hay manera más baja de amar a la patria que odiando a las
patrias de los otros hombres, como si todas no fuesen igualmente dig-
nas de engendrar en sus hijos iguales sentimientos. El patriotismo debe
ser emulación colectiva para que la propia nación ascienda a las virtu-
des de que dan ejemplo otras mejores; nunca debe ser envidia colectiva
159
que haga sufrir de la ajena superioridad y mueva a desear el aleja-
miento de los otros hasta el propio nivel. Cada Patria es un elemento de
la Humanidad; el anhelo de la dignificación nacional debe ser un as-
pecto de nuestra fe en la dignificación humana. Asciende cada raza a
su más alto nivel, como Patria, y por el esfuerzo de todos remontará el


 

 
 

Copyright (C) 1996- 2000 Escolar.com, All Rights Reserved. This web site or any pages within may not be reporoduced without express written permission