Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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nivel de la especie, como Humanidad.
Mientras un país no es patria, sus habitantes no constituyen una
nación. El celo de la nacionalidad sólo existe en los que se sienten
acomunados para perseguir el mismo ideal. Por eso es más hondo y
pujante en las mentes conspicuas; las naciones más homogéneas son
las que cuentan hombres capaces de sentirlo y servirlo. La exigua ca-
pacidad de ideales impide a los espíritus bastos ver en el patrimonio un
alto ideal: los tránsfugas de la moral, ajenos a la sociedad en que viven,
no pueden concebirlo; los esclavos y los siervos tienen, apenas, un país
natal. Sólo el hombre digno y libre puede tener una patria.
Puede tenerla; no la tiene siempre, pues tiempos hay en que sólo
existe en la imaginación de pocos: uno, diez, acaso algún centenar de
elegidos. Ella está entonces en ese punto ideal donde converge la aspi-
ración de los mejores, de cuantos la sienten sin medrar de oficio a
horcajadas de la política. En esos pocos está la nacionalidad y vibra en
ellos; mantiénense ajenos a su afán los millones de habitantes que
comen y lucran en el país.
El sentimiento enaltecedor nace en muchos soñadores jóvenes,
pero permanece rudimentario o se distrae en la apetencia común; en
pocos elegidos llega a ser dominante, anteponiéndose a pequeñas ten-
taciones de piara o de cofradía. Cuando los intereses venales se sobre-
ponen al ideal de los espíritus cultos, que constituyen el alma de una
nación, el sentimiento nacional degenera y se corrompe: la patria es
explotada como una industria. Cuando se vive hartando groseros ape-
titos y nadie piensa que en el canto de un poeta o la reflexión de un
filósofo puede estar una partícula de la gloria común, la nación se
abisma. Los ciudadanos vuelven a la, condición de habitantes. La pa-
tria a la de país. 160
Eso ocurre periódicamente: como si la nación necesitara parpa-
dear en su mirada hacia el porvenir. Todo se tuerce y abaja, desapare-
ciendo la molicie individual en la común: diríase que en la culpa
colectiva se esfuma la responsabilidad de cada uno. Cuando el con-
junto se dobla, como en el harquinazo de un buque, parece, por relati-
vidad, que ninguna cosa se doblará. Sólo el que se levanta y mira desde
otro plano a los que navegan, advierte su descenso, como si frente a
ellos fuese un punto inmóvil: un faro en la costa.
Cuando las miserias morales asolan a un país, culpa es de todos
los que por falta de cultura y de ideal no han sabido amarlo como pa-
tria: de todos los que vivieron de ella sin trabajar para ella.
III. LA POLITICA DE LAS PIARAS Causa honda de esa contaminación general es, en nuestra época,
la degeneración del sistema parlamentario: todas las formas adocena-
das de parlamentarismo. Antes presumíase que para gobernar se reque-
ría cierta ciencia y arte de aplicarla; ahora se ha convenido que Gil
Blas. Tartufo y Sancho son los árbitros inapelables de esa ciencia y de
ese arte.
La política se degrada, conviértese en profesión. En los pueblos
sin ideales, los espíritus subalternos medran con torpes intrigas de
antecámara. En la bajamar sube lo rahez y se acorchan los traficantes.
Toda excelencia desaparece, eclipsada por la domesticidad. Se instaura
una moral hostil a la firmeza y propicia al relajamiento. El gobierno va
a manos de gentualla que abocada el presupuesto. Abájanse los adarves
y álzanse los muladares. El lauredal se agosta y los cardizales se multi-
plican. Los palaciegos se frotan con los malandrines. Progresan fu-
námbulos y volatineros.
Nadie piensa, donde todos lucran; nadie sueña, donde todos tra-
gan. Lo que antes era signo de infamia o cobardía, tórnase título de
astucia; lo que otrora mataba, ahora vivifica, como si hubiera una acli-
matación al ridículo; sombras envilecidas se levantan y parecen hom-
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bres; la improbidad se pavonea y ostenta, en vez de ser vergonzante y
pudorosa. Lo que en las patrias se cubría de vergüenza, en los países
cúbrese de honore.
Las jornadas electorales conviértense en burdos enjuagues de
mercenarios o en pugilatos de aventureros. Su justificación está a cargo
de electores inocentes, que van a la parodia cono a una fiesta.
Las facciones de profesionales son adversas a todas las originali-
dades. Hombres ilustres pueden ser víctimas del voto: los partidos
adornan sus listas con ciertos nombres respetados, sintiendo la necesi-
dad de parapetarse tras el blasón intelectual de algunos selectos. Cada
piara se forma un estado mayor que disculpa su pretensión de gobernar
al país, encubriendo osadas piraterías con el pretexto de sostener inte-
reses de partidos. Las excepciones no son toleradas en homenaje a las
virtudes: las piaras no admiran ninguna superioridad; explotan el pres-
tigio del pabellón para dar paso a su mercancía de contrabando; des-
cuentan en el banco del éxito merced a la firma prestigiosa. Para cada
hombre de mérito hay decenas de sombras insignificantes.
Aparte esas excepciones, que existen en todas partes, la masa de
"elegidos del pueblo" es subalterna, pelma de vanidosos, deshonestos y
serviles.


 

 
 

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