primera década del siglo XX se ha acentuado la decadencia moral de
las clases gobernantes. En cada comarca, una facción de vividores
detenta los engranajes del mecanismo oficial, excluyendo de su seno a
cuantos desdeñan tener complicidad en sus empresas. Aquí son castas
advenedizas, allí sindicatos industriales, acullá facciones de
parlaem-
balde. Son gavillas y se titulan partidos. Intentan disfrazar con ideas su
monopolio del Estado. Son bandoleros que buscan la encrucijada más
impune para expoliar a la sociedad.
Políticos sin vergüenza hubo en todos los tiempos y bajo todos
los regímenes; pero encuentran mejor clima en las burguesías sin
ideales. Donde todos pueden hablar, callan los ilustrados; los enrique-
cidos prefieren escuchar a los más viles embaidores. Cuando el igno-
rante se cree igualado al estudioso, el bribón al apóstol, el
boquirroto al
elocuente y el burdégano al digno, la escala del mérito desaparece
en
una oprobiosa nivelación de villanía. Eso es la mediocracia: los
que
nada saben creen decir lo que piensan, aunque cada uno sólo acierta a
repetir dogmas o auspiciar voracidades. Esa chatura moral es más
grave que la aclimatación de la tiranía; nadie puede volar donde
todos
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se arrastran. Copviénese en llamar urbanidad a la hipocresía,
distinción
al amaneramiento, cultura a la timidez, tolerancia a la complicidad; la
mentira proporciona estas denominaciones equívocas. Y los que así
mienten son enemigos de sí mismos y de la patria, deshonrando en ella
a sus padres y a sus hijos, carcomiendo la dignidad común.
En esos paréntesis de alcornocamiento aventúranse las mediocra-
cias por senderos innobles. La obsesión de acumular tesoros materia-
les, o el torpe afán de usufructuarlos en la holganza, borra del espíritu
colectivo todo rastro de ensueño. Los países dejan de ser patrias,
cual-
quier ideal parece sospechoso. Los filósofos, los sabios y los artistas
están de más; la pesadez de la atmósfera estorba a sus
alas, y dejan de
volar. Su presencia mortifica a los traficantes, a todos los que trabajan
por lucro, a los esclavos del ahorro o de la avaricia. Las cosas del espí-
ritu son despreciadas; no siéndole propicio el clima, sus cultores son
contados; no llegan a inquietar a las mediocracias; están proscritos
dentro del país, que mata a fuego lento sus ideales, sin necesitar deste-
rrarlos. Cada hombre queda preso entre mil sombras que lo rodean y lo
paralizan.
Siempre hay mediocres. Son perennes. Lo que varía es su presti-
gio y su influencia. En las épocas de exaltación renovadora muéstranse
humildes, son tolerados; nadie los nota, no osan inmiscuirse en nada.
Cuando se entibian los ideales y se reemplaza lo cualitativo por lo
cuantitativo, se empieza a contar con ellos. Apercíbense entonces de
su
número, se mancornan en grupos, se arrebañan en partidos. Crece
su
influencia en la justa medida en que el clima se atempera; el sabio es
igualado al analfabeto, el rebelde al lacayo, el poeta al prestamista. La
mediocridad se condensa, conviértese en sistema, es incontrastable.
Encúmbranse gañanes, pues no florecen genios: las creaciones y
las profecías son imposibles si no están en el alma de la época.
La
aspiración de lo mejor no es privilegio de todas las generaciones. Tras
una que ha realizado un gran esfuerzo, arrastrada o conmovida por un
genio, la siguiente descansa y se dedica a vivir de glorias pasadas,
conmemorándose sin fe; las facciones dispútanse los manejos admi-
nistrativos, compitiendo en manosear todos los ensueños. La mengua
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de éstos se disfraza con exceso de pompa y de palabras; acállase
cual-
quier protesta dando participación en los festines; se proclaman las
mejores intenciones y se practican bajezas abominables; se miente el
arte; se miente la justicia; se miente el carácter. Todo se miente con
la
anuencia de todos; cada hombre pone precio a su complicidad, un
precio razonable que oscila entre un empleo y una decoración.
Los gobernantes no crean tal estado de cosas y de espíritus: lo re-
presentan. Cuando las naciones dan en bajíos, alguna facción se
apode-
ra del engranaje constituido o reformado por hombres geniales.
Florecen legisladores, pululan archivistas, cuéntanse los funcionarios
por legiones: las leyes se multiplican, sin reforzar por ello su eficacia.
Las ciencias conviértense en mecanismos oficiales, en institutos y
academias donde jamás brota el genio y al talento mismo se le impide
que brille: su presencia humillaría con la fuerza del contraste. Las
artes
tórnanse industrias patrocinadas por el Estado, reaccionario en sus
gustos y adverso a toda previsión de nuevos ritmos o de nuevas for-
mas; la imaginación de artistas y poetas parece aguzarse en descubrir
las grietas del presupuesto y filtrarse por ellas. En tales épocas los
astros no surgen. Huelgan: la sociedad no los necesita; bástale su
cohorte de funcionarios. El nivel de los gobernantes desciende hasta
marcar el cero; la mediocracia es una confabulación de los ceros contra
las unidades. Cien políticos torpes juntos, no valen un estadista genial.
Sumad diez ceros, cien, mil, todos los de las matemáticas y no tendréis
cantidad alguna, siquiera negativa. Los políticos sin ideal marcan el
cero absoluto en el termómetro de la historia, conservándose limpios
de infamia y de virtud, equidistantes de Nerón y de Marco Aurelio.
Una apatía conservadora caracteriza a esos períodos; entibiase
la
ansiedad de las cosas elevadas, prosperando a su contra el afán de los
