en la juventud. No incurramos en la simpleza de esperar una vejez
santa, heroica o genial tras una juventud equívoca, mansa y opaca; la
vejez no pone flores donde sólo había malezas, antes bien, siega
las
excelencias con su hoz niveladora. Los viejos representativos que as-
cienden al gobierno y a las dignidades, después de haber pasado sus
4 Convengamos de buena fe que se presta a eso: es obstinado, es maniático,
es
verboso, es cuentista, es fastidioso, es regañón, y su aspecto
es desagradable.
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mejores años en la inercia o en orgías, en el tapete verde o
entre rame-
ras, en la expectativa apática o en la resignación humillada,
sin una
palabra vil y sin un gesto altivo, esquivando la lucha, temiendo a los
adversarios y renunciando los peligros, no merecen la confianza de sus
contemporáneos ni tienen derecho a catonizar. Sus palabras grandilo-
cuentes parecen pronunciadas en falsete y mueven a risa. Los hombres
de carácter elevado no hacen a la vida la injuria de malgastar su ju-
ventud, ni confían a la incertidumbre de las canas la iniciación
de
grandes empresas que sólo pueden concebir las mentes frescas y reali-
zar los brazos viriles.
La experiencia viril complica la tontería de los mediocres, pero
puede convertirlos en genios; la madurez ablanda al perverso, lo torna
inútil para el mal. El diablo no sabe más por viejo que por diablo.
Si se
arrepiente no es por santidad; sino por impotencia.
(N. del E.)
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CAPÍTULO VII
LA MEDIOCRACIA
I- El clima de la mediocridad. - II. La patria. - III. La política de
las
piaras. - IV. Los arquetipos de la mediocracia. - V. La aristocracia del
mérito.
I. EL CLIMA DE LA MEDIOCRIDAD
En raros momentos la pasión caldea la historia y los idealismos se
exaltan: cuando las naciones se constituyen y cuando se renuevan.
Primero es secreta ansia de libertad, lucha por la independencia más
tarde, luego crisis de consolidación institucional, después vehemencia
de expansión o pujanza de energías. Los genios pronuncian palabras
definitivas; plasman los estadistas sus planes visionarios; ponen los
héroes su corazón en la balanza del destino.
Es, empero, fatal que los pueblos tengan largas intercadencias de
encebadamiento. La historia no conoce un solo caso en que altos idea-
les trabajen con ritmo continuo la evolución de una raza. Hay horas de
palingenesia y las hay de apatía, con vigilias y sueños, días
y noches,
primaveras y otoños, en cuyo alternarse infinito se divide la continui-
dad del tiempo.
En ciertos períodos la nación se aduerme dentro del país.
El orga-
nismo vegeta; el espíritu se amodorra. Los apetitos acosan a los idea-
les, tornándose dominadores y agresivos. No hay astros en el horizonte
ni oriflamas en los campanarios. Ningún clamor de pueblo se percibe;
no resuena el eco de grandes voces animadoras. Todos se apiñan en
torno de los manteles oficiales para alcanzar alguna migaja de la me-
rienda. Es el clima de la mediocridad. Los Estados tórnanse mediocra-
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cias, que los filólogos inexpresivos preferirían denominar "mesocra-
cias".
Entra en la penumbra el culto por la verdad, el afán de admira-
ción, la fe en creencias firmes, la exaltación de ideales, el
desinterés, la
abnegación, todo lo que está en el camino de la virtud y de la
digni-
dad., En un mismo diapasón utilitario se templan todos los espíritus.
Se
habla por refranes, como discurría Panza; se cree por catecismos, como
predicaba Tartufo; se vive de expedientes, como enseñó Gil Blas.
Todo
lo vulgar encuentra fervorosos adeptos en los que representan los inte-
reses militantes; sus más encumbrados portavoces resultan esclavos en
su clima. Son actores a quienes les está prohibido improvisar: de otro
modo romperían el molde a que se ajustan las demás piezas del
mosai-
co.
Platón, sin quererlo, al decir de la democracia: "es el peor de
los
buenos gobiernos, pero es el mejor entre los malos", definió la
medio-
cracia. Han transcurrido siglos; la sentencia conserva su verdad. En la
