por los que se dedican a educar la juventud. Los trabajos de hombres
jóvenes son de carácter principalmente innovador; el mecanismo
de la
instrucción pública no debe ser obstáculo a ellos..., permitiéndoles
desde temprano desarrollar libremente sus aptitudes en los institutos
superiores, en vez de agotar prematuramente, como ocurre ahora, un
gran número de talentos científicos originales". Y para que
sus conclu-
siones no parezcan improvisadas, W. Ostwald las ha desenvuelto en su
último libro sobre los grandes hombres, donde el problema del genio
juvenil está analizado con criterio experimental.
Por eso las academias suelen ser cementerios donde se glorifica a
los hombres que ya han dejado de existir para su ciencia o para su arte.
Es natural que a ellas lleguen los muertos o los agonizantes; dar entra-
da a un joven significaría enterrar a un vivo.
V. LA VIRTUD DE LA IMPOTENCIA
Será verdad lo que se afirma desde Lucrecio y Montaigne hasta
Ribot y Ostwald; pero los viejos no renunciarán a sus protestas contra
los jóvenes, ni éstos acatarán en silencio la hegemonía
de las canas.
Los viejos olvidan que fueron jóvenes y éstos parecen ignorar
que serán viejos: el camino a recorrer es siempre el mismo, de la origi-
nalidad a la mediocridad, y de ésta a la inferioridad mental.
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¿Cómo sorprendernos, entonces, de que los jóvenes revo-
lucionarios terminen siendo viejos conservadores? ¿Y qué de extraño
es la conversión religiosa de los ateos llegados a la vejez? ¿Cómo
po-
dría el hombre activo y ermprendedor a los treinta años, no ser
apático
y prudente a los ochenta? ¿Cómo asombrarnos de que la vejez nos
haga avaros, misántropos, regañones, cuando nos va entorpeciendo
paulatinamente los sentidos y la inteligencia, como si una mano miste-
riosa fuera cerrando una por una todas las ventanas entreabiertas frente
a la realidad que nos rodea?
La ley es dura, pero es ley. Nacer y morir son los términos invio-
lables de la vida; ella nos dice con voz firme que lo anormal no es
nacer ni morir en la plenitud de nuestras funciones. Nacemos para
crecer; envejecemos para morir. Todo lo que la Naturaleza nos ofrece
para el crecimiento, nos lo substrae preparando la muerte.
Sin embargo, los viejos protestan de que no se les respete bastan-
te, mientras los jóvenes se desesperan por lo excesivo de ese respeto.
La historia es de todos los tiempos. Cicerón escribió su De Senectute
con el mismo espíritu que hoy Faguet escribe ciertas páginas de
su
ensayo sobre La Vieillese. Aquél se quejaba de que los viejos eran
poco respetados en el imperio; éste se queja de que lo sean menos en
la
democracia. Asombran las palabras de Faguet cuando afirma que los
viejos no son escuchados, pretendiendo ver en ello la negación de una
competencia más. Alega que en los pueblos primitivos, como hoy entre
los salvajes, son los viejos los que gobiernan: la gerontocracia se expli-
ca allí, donde no hay más ciencia que la experiencia y los viejos
lo
saben todo, pues cualquier caso nuevo les resulta conocido por haber
visto muchos similares. Dice Faguet que el libro puesto en manos de
los jóvenes, es el enemigo de la experiencia que monopolizan los vie-
jos. Y se desespera porque el viejo ha caído en ridículo, aunque
comete
la imprudencia de juzgarle con verdad: "convenons de bonne gráce
qu'il préte á cela; il est entété, il est maniaque,
il est verbeux, il est
conteur, il est ennuyeux, il est grondeur, et son aspect est désagréa-
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ble"4: ningún joven ha escrito una silueta más sintética
que esa, inclui-
da en su volumen sobre el culto de la incompetencia.
Faguet opina que el viejo está desterrado de las mediocracias
contemporáneas. Grave error, que sólo prueba su vejez.
Toda sociedad en decadencia es propicia a la mediocridad y ene-
miga de cualquier excelencia individual; por eso a los jóvenes origina-
les se les cierra el acceso al Gobierno hasta que hayan perdido su arista
propia, esperando que la vejez los nivele, rebajándolos hasta los modos
de pensar y sentir que son comunes a su grupo social. Por eso las fun-
ciones directivas suelen ser patrimonio de la edad madura; la "opinión
pública" de los pueblos, de las clases o de los partidos, suele
encontrar
en los hombres que fueron superiores y empiezan ya a decaer, el expo-
nente natural de su mediocridad. En la juventud, son considerados
peligrosos; sólo en las épocas revolucionarias gobiernan los jóvenes;
la
Revolución Francesa fue ejecutada por ellos, lo mismo que la emanci-
pación de ambas Américas. El progreso es obra de minorías
ilustradas
y atrevidas. Mientras el individuo superior piensa con su propia cabe-
za, no puede pensar con la cabeza de las mayorías conservadoras.
No hay, pues, la falta de respeto que, en sus vejeces respectivas,
señalaron Platón, Aristóteles y Montesquieu, antes que
Faguet. Afirmar
que por el camino de la vejez se llega a la mediocridad, es la aplicación
simple de una ley general que rige todos los organismos vivos y los
prepara a la muerte. ¿Por qué extrañarnos de esa decadencia
mental si
estamos acostumbrados a ver desteñirse las hojas y deshojarse los
árboles cuando el otoño llega perseguido por el invierno?
Admiremos a los viejos por las superioridades que hayan poseído
