Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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ocaso.
Las funciones del organismo empiezan a decaer a cierta edad.
Esas declinaciones corresponden a inevitables procesos de regresión
orgánica. Las funciones mentales, lo mismo que las otras, decaen
cuando comienzan a enmohecerse los engranajes celulares de nuestros
centros nerviosos.
Es evidente que el individuo ignora su propio crepúsculo; ningún
viejo admite que su inteligencia haya disminuido. El que esto escribe
hoy, creerá, probablemente, lo contrario cuando tenga más de sesenta
años. Pero objetivamente considerado, el hecho es indiscutible, aunque
podrá haber discrepancia para señalar límites generales a la edad en
que la vejez desvencija nuestros resortes. Se comprende que para esta
función, como para todas las demás del organismo, la edad de enveje-
cer difiere de individuo a individuo; los sistemas orgánicos en que se
inicia la involución son distintos en cada uno. Hay quien envejece
antes por sus órganos digestivos, circulatorios o psíquicos; y hay quien
conserva íntegras algunas de sus funciones hasta más allá de los límites
comunes. La longevidad mental es un accidente; no es la regla.
La vejez inequívoca es la que pone más arrugas en el espíritu que
en la frente. La juventud no es simple cuestión de estado civil y puede
sobrevivir a alguna cana: es un don de vida intensa, expresiva y opti-
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mista. Muchos adolescentes no lo tienen y algunos viejos desbordan de
él. Hay hombres que nunca han sido jóvenes; en sus corazones, pre-
maturamente agostados, no encontraron calor las opiniones extremas ni
aliento las exageraciones románticas. En ellos, la única precocidad es
la vejez. Hay, en cambio, espíritus de excepción que guardan, algunas
originalidades hasta sus años últimos, envejecidos tardíamente. Pero,
en unos antes y en otros después, despacio o de prisa, el tiempo con-
suma su obra y transforma nuestras ideas, sentimientos, pasiones,
energías.
El proceso de involución intelectual sigue el mismo curso que el
de su organización, pero invertido. Primero desaparece la "mentalidad
individual", más tarde la "mentalidad social", y, por último, la "menta-
lidad de la especie".
La vejez comienza por hacer de todo individuo un hombre me-
diocre. La mengua mental puede, sin embargo, no detenerse allí. Los
engranajes celulares del cerebro siguen enmoheciéndose, la actividad
de las asociaciones neuronales se atenúa cada vez más y la obra des-
tructora de la decrepitud es más profunda. Los achaques siguen des-
mantelando sucesivamente las capas del carácter, desapareciendo una
tras otra sus adquisiciones secundarias, las que reflejan la experiencia
social. El anciano se inferioriza, es decir, vuelve poco a poco a su pri-
mitiva mentalidad infantil, conservando las adquisiciones más antiguas
de su personalidad, que son, por ende, las mejor consolidadas. Es noto-
rio que la infancia y la senectud se tocan; todos los idiomas consagran
esta observación en refranes harto conocidos. Ello explica las profun-
das transformaciones psíquicas de los viejos: el cambio total de sus
sentimientos (especialmente los sociales y altruistas), la pereza progre-
siva para acometer empresas nuevas (con discreta conservación de los
hábitos consolidados por antiguos automatismos) y la duda o la aposta-
sía de las ideas más personales (para volver primero a las ideas comu-
nes en su medio y luego a las profesadas en la infancia o por los
antepasados).
La mejor prueba de ello -que los ignorantes suelen dictar contra la
ciencia- la encontramos en los hombres de más elevada mentalidad y
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de cultura mejor disciplinada; es frecuente en ellos, al entrar en la
ancianidad, un cambio radical de opiniones acerca de los más altos
problemas filosóficos, a medida que decaen las aptitudes originaria-
mente definidas durante la edad viril.
III. LA BANCARROTA DE LOS INGENIOS Este cuadro no es exagerado ni esquemático. La marcha progresi-
va del proceso impide advertir esa evolución en las personas que nos
rodean; es como si una claridad se apagara tan de a poco que pudiera
llegarse a la oscuridad absoluta sin advertir en momento alguno la
transición.
A la natural lentitud del fenómeno agréganse las diferencias que
él reviste en cada individuo. Los que sólo habían logrado adquirir un
reflejo de la mentalidad social, poco tienen que perder en esta inevita-
ble bancarrota: es el emprobrecimiento de un pobre. Y cuando, en
plena senectud, su mentalidad social se reduce a la mentalidad de la
especie, inferiorizándose, a nadie sorprende ese pasaje de la pobreza a
la miseria.
En el hombre. superior, en el talento o en el genio, se notan cla-
ramente esos estragos. ¿Cómo no llamaría nuestra atención un antiguo
millonario que paseara a nuestro lado sus postreros andrajos? El hom-
bre superior deja de serlo, se nivela. Sus ideas propias, organizadas en
el período del perfeccionamiento, tienden a ser reemplazadas por ideas
comunes o inferiores. El genio -entiéndase bien- nunca es tardío, aun-
que pueda revelarse tardíamente su fruto; las obras pensadas en la
juventud y escritas en la madurez, pueden no mostrar decadencia, pero


 

 
 

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