Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

    LIBROS GRATIS

    Libros Gratis
    Libros para Leer Online
    Recetas de Cocina
    Letras de Tangos
    Guia Medica
    Filosofia
    Derecho Privado



siempre la revelan las obras pensadas en la vejez misma. Leemos la
segunda parte del Fausto por respeto al autor de la primera; no pode-
mos salir de ello sin recordar que "nunca segundas partes fueron bue-
nas", adagio inapelable si la primera fue obra de juventud y la segunda
es fruto de la vejez. 145
Se ha señalado en Kant un ejemplo acabado de esta me-
tamorfosis psicológica. El joven Kant, verdaderamente "crítico", había
llegado a la convicción de que los tres grandes baluartes del misticis-
mo: Dios, libertad e inmortalidad del alma, eran insostenibles ante la
"razón pura"; el Kant envejecido, "dogmático", encontró, en cambio,
que esos tres fantasmas son postulados de la "razón práctica", y, por lo
tanto, indispensables. Cuanto más se predica la vuelta de Kant, en el
contemporáneo arreciar neokantista, tanto más ruidosa e irreparable
preséntase la contradicción entre el joven y el viejo Kant. El mismo
Spencer, monista como el que más, acabó por entreabrir una puerta al
dualismo con su "incognoscible". Virchow creó en plena juventud la
patología celular, sin sospechar que terminaría renegando sus ideas de
naturalista filósofo. Lo mismo que él decayeron otros.
Para citar tan sólo a muertos de ayer, hase visto a Lombroso caer
en sus últimos años en ingenuidades infantiles explicables por su debi-
litamiento mental, a punto de llorar conversando con el alma de su
madre en un trípode espiritista. James, que en su juventud fue portavoz
de la psicología evolucionista y biológica, acabó por enmarañarse en
especulaciones morales que sólo él comprendió. Y, por fin, Tolstóy,
cuya juventud fue pródiga de admirables novelas y escritos, que le
hicieron clasificar como escritor anarquista, en los últimos años escri-
bió artículos adocenados que no firmaría un gacetillero vulgar, para
extinguirse en una peregrinación mística que puso en ridículo las horas
últimas de su vida física. La mental había terminado mucho antes.
IV. PSICOLOGÍA DE LA VEJEZ La sensibilidad se atenúa en los viejos y se embotan sus vías de
comunicación con el mundo que les rodea; los tejidos se endurecen y
tórnanse menos sensibles al dolor físico. El viejo tiende a la inercia,
busca el menor esfuerzo; así como la pereza es una vejez anticipada, la
vejez es una pereza que llega fatalmente en cierta hora de la vida. Su
característica es una atrofia de los elementos nobles del organismo, con
146
desarrollo de los inferiores; una parte de los capilares se obstruye y
amengua el aflujo sanguíneo a los tejidos; el peso y el volumen del
sistema nervioso central se reducen, como el de todos los tejidos pro-
piamente vitales; la musculatura fláccida impide mantener el cuerpo
erecto; los movimientos pierden su agilidad y su precisión. En el cere-
bro disminuyen las permutas nutritivas, se alteran las transformaciones
químicas y el tejido conjuntivo prolifera, haciendo degenerar las célu-
las más nobles. Roto el equilibrio de los órganos, no puede subsistir el
equilibrio de las funciones: la disolución de la vida intelectual y afecti-
va sigue ese curso fatal perfectamente estudiado por Ribot en el capí-
tulo final de su psicología de los sentimientos.
A medida que envejece, tórnase el hombre infantil, tanto por su
ineptitud creadora como por su achicamiento moral. Al período expan-
sivo sucede el de concentración; la incapacidad para el asalto perfec-
ciona la defensa. La insensibilidad física se acompaña de analgesia
moral; en vez de participar del dolor ajeno, el viejo acaba por no sentir
ni el propio; la ansiedad de prolongar su vida parece advertirle que una
fuerte emoción puede gastar energía, y se endurece contra el dolor
como la tortuga se retrae debajo de su caparazón cuando presiente un
peligro. Así llega a sentir un odio oculto por todas las fuerzas vivas que
crecen y avanzan, un sordo rencor contra todas las primaveras.
La psicología de la vejez denuncia ideas obsesivas absorbentes.
Todo viejo cree que los jóvenes le desprecian y desean su muerte para
suplantarle. Traduce tal manía por hostilidad a la juventud, considerán-
dola muy inferior a la de su tiempo, juicio que extiende a las nuevas
costumbres cuando ya no puede adaptarse a ellas. Aun en la cosas
pequeñas exige la parte más grande, contrariando toda iniciativa, des-
deñando las corazonadas y escarneciendo los ideales, sin recordar que
en otro tiempo pensó, sintió e hizo todo lo que ahora considera com-
prometedor y detestable.
Ésa es la verdadera psicología del hombre que envejece. La edad
"atenúa o anula el celo, el ardor, la aptitud para crear, descubrir o sim-
plemente saborear el arte, para tener la curiosidad despierta. Omito las
rarísimas excepciones que exigirían, cada una, un examen particular.
147


 

 
 

Copyright (C) 1996- 2000 Escolar.com, All Rights Reserved. This web site or any pages within may not be reporoduced without express written permission