cular empañe los resplandores del espíritu. En general, si mueren
tarde.
una pausada neblina comienza a velar su mente con los achaques de la
vejez; si la muerte se empeña en no venir, los genios tórnanse
extraños
a sí mismos, supervivencia que los lleva hasta no comprender su propia
obra. Les sucede como a un astrónomo que perdiera su telescopio y
acabara por dudar de sus anteriores descubrimientos, al verse imposi-
bilitado para confirmarlos a simple vista.
La decadencia del hombre que envejece está representada por una
regresión sistemática de la intelectualidad. Al principio, la
vejez me-
diocriza a todo hombre superior; más tarde, la decrepitud inferioriza
al
viejo ya mediocre.
Tal afirmación es un simple corolario de verdades biológicas.
La
personalidad humana es una formación continua, no una entidad fija;
se organiza y se desorganiza, evoluciona e involuciona, crece y se
amengua, se intensifica y se agota. Hay un momento en que alcanza su
máxima plenitud; después de esa época es incapaz de acrecentarse
y
pronto suelen advertirse los síntomas iniciales del descenso, los parpa-
deos de la llama interior que se apaga.
Cuando el cuerpo se niega a servir todas nuestras intenciones y
deseos, o cuando éstos son medidos en previsión de fracasos posibles,
podemos afirmar que ha comenzado la vejez. Detenerse a meditar una
intención noble, es matarla; el hielo invade traidoramente el corazón
y
la personalidad más libre se amansa y domestica. La rutina es el estig-
ma mental de la vejez; el ahorro es su estigma social. El hombre enve-
jece cuando el cálculo utilitario reemplaza a la alegría juvenil.
Quien se
pone a mirar si lo que tiene le bastará para todo su porvenir posible.
ya
no es joven; cuando opina que es preferible tener de más a tener de
menos, está viejo; cuando su afán de poseer excede su posibilidad
de
vivir, ya está moralmente decrépito. La avaricia es una exaltación
de
los sentimientos egoístas propios de la vejez. Muchos siglos antes de
estudiarla los psicólogos modernos, el propio Cicerón escribió
palabras
definitivas: "Nunca he oído decir que un viejo haya olvidado el
sitio en
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que había ocultado su tesoro" (De Senectute, c. 7.). Y debe ser
verdad,
si tal dijo quien se propuso defender los fueros y encantos de la vejez.
Las canas son avaras y la avaricia es un árbol estéril: la humani-
dad perecería si tuviese que alimentarse de sus frutos. La moral bur-
guesa del ahorro ha envilecido a generaciones y pueblos enteros; hay
graves peligros en predicarla, pues, como enseñó Maquiavelo, "más
daña a los pueblos la avaricia de sus ciudadanos que la rapacidad de
sus enemigos".
Esa pasión de coleccionar bienes que no se disfrutan se acrecienta
con los años, al revés de las otras. El que es maniestrecho en
la juven-
tud llega hasta asesinar por dinero en la vejez. La avaricia seca el cora-
zón, lo cierra a la fe, al amor, a la esperanza, al ideal. Si un avaro
poseyera el sol, dejaría el universo a oscuras para evitar que su tesoro
se gastase. Además de aferrarse a lo que tiene, el avaro se desespera
por tener más, sin límite; es más miserable cuanto más
tiene: para
soterrar talegas que no disfruta, renuncia a la dignidad o al bienestar;
ese afán de perseguir lo que no gozará nunca constituye la más
sinies-
tra de las miserias.
La avaricia como pasión envilecedora, iguala a la envidia. Es la
pústula moral de los corazones envejecidos.
II. ETAPAS DE DECADENCIA
La personalidad individual se constituye por sobreposiciones su-
cesivas de la experiencia. Se ha señalado una "estratificación"
del ca-
rácter; la palabra es exacta y merece conservarse para ulteriores
desenvolvimientos.
En sus capas primitivas y fundamentales yacen las inclinaciones
recibidas hereditariamente de los antepasados: la "mentalidad de la
especie". En las capas medianas encuéntranse las sugestiones educati-
vas de la sociedad: la "men-talidad social". En las capas superiores
florecen las variaciones y perfeccionamientos recientes de cada uno,
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los rasgos personales que no son patrimonio colectivo: la "mentalidad
individual".
Así como en las formaciones geológicas las sedimentaciones más
profundas contienen los fósiles más antiguos, las primitivas bases
de la
personalidad individual guardan celosamente el capital común a la
especie y a la sociedad. Cuando los estratos recientemente constituidos
van desapareciendo por obra de la vejez, el psicólogo descubre, poco
a
poco, la mentalidad del mediocre, del niño y del salvaje, cuyas vulga-
ridades, simplezas y atavismos reaparecen a medida que las canas van
reemplazando a los cabellos.
Inferior, mediocre o superior, todo hombre adulto atraviesa un pe-
ríodo estacionario, durante el cual perfecciona sus aptitudes adquiridas,
pero no adquiere otras nuevas. Más tarde la inteligencia entra en su
