Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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sacrificarles la vida de sus propios hijos, empujándoles, si es necesario,
en el mismo borde de la tumba.
El envidioso activo posee una elocuencia intrépida, disimulando
con niágaras de palabras su estiptiquez de ideas. Pretende sondar los
abismos del espíritu ajeno, sin haber podido nunca desenredar el pro-
pio. Parece tener mil lenguas, como el clásico monstruo rabelesiano.
Por todas ella destila su insidiosidad de viborezno en forma de elogio
reticente, pues la viscosidad urticante de su falso loar es el máximum
de su valentía moral. Se multiplica hasta lo infinito; tiene mil piernas y
se insinúa doquier; siembra la intriga entre sus propios cómplices, y,
llegado el caso, los traiciona. Sabiéndose de antemano repudiado por la
gloria, se refugia en esas academias donde los mediocres se empampa-
nan de vanidad si alguna inexplicable paternidad complica la quietud
de su madurez estéril, podéis jurar que su obra es fruto del esfuerzo
ajeno. Y es cobarde para ser completo; se arrastra ante los que turban
sus noches con la aureola del ingenio luminoso, besa la mano del que
le conoce y le desprecia, se humilla ante él. Se sabe inferior; su vani-
dad sólo aspira a desquitarse con las frágiles compensaciones de la
zangamanga a ras de tierra. 131
A pesar de sus temperamentos heterogéneos, el destino suele
agrupar a los envidiosos en camarillas o en círculos, sirviéndoles de
argamasa el común sufrimiento por la dicha ajena. Allí desahogan su
pena íntima difamando a los envidiados y vertiendo toda su hiel como
un homenaje a la superioridad del talento que los humilla. Son capaces
de envidiar a los grandes muertos, como si los detestaran per. sonal-
mente. Hay quien envidia a Sócrates y quién a Napoleón, creyendo
igualarse a ellos rebajándolos; para eso endiosarán a un Brunetiére o un
Boulanger. Pero esos placeres malignos poco amenguan su desventura,
que está en sufrir de toda felicidad y en martirizarse de toda gloria.
Rubens lo presintió al pintar la envidia, en un cuadro de la Galería
Medicea, sufriendo entre la pompa luminosa de la inolvidable regencia.
El envidioso cree marchar al calvario cuando observa que otros
escalan la cumbre. Muere en el tormento de envidiar al que le ignora o
desprecia, gusano que se arrastra sobre el zócalo de la estatua.
Todo rumor de alas parece estremecerlo, como si fuera una burla
a sus vuelos gallináceos. Maldice la luz, sabiendo que en sus propias
tinieblas no amanecerá un solo día de gloria. ¡Si pudiera organizar una
cacería de águilas o decretar un apagamiento de astros!
Lo que es para otros causa de felicidad, puede ser objeto de envi-
dia. La ineptitud para satisfacer un deseo o hartar un apetito determina
esta pasión que hace sufrir del bien ajeno. El criterio para valorar lo
envidiado es puramente subjetivo: cada hombre se cree la medida de
los demás, según el juicio que tiene de sí mismo.
Se sufre la envidia apropiada a las inferioridades que se sienten,
sea cual fuere su valor objetivo. El rico puede sentir emulación o celos
por la riqueza ajena; pero envidiará el talento. La mujer. bella tendrá
celos de otra hermosura; pero envidiará a las ricas. Es posible sentirse
superior en cien cosas e inferior en una sola; éste es el punto frágil por
donde tienta su asalto la envidia.
El sujeto descollante encuentra su cohorte de envidiosos en la es-
fera de sus colegas más inmediatos, entre los que desearían descollar
de idéntica manera. Es un accidente inevitable de toda culminación,
aunque en algunas profesiones es más célebre; los hombres de letras no
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se quedan atrás, pero los cómicos y las rameras tendrían el privilegio,
si no existiesen los médicos. La envidia medicorum es memorable
desde la Antigüedad: la conoció Hipócrates. El arte la ha descrito con
frecuencia, para deleite de los enfermos sobrevientes a las drogas.
El motivo de la envidia se confunde con el de la admiración,
siendo ambas dos aspectos de un mismo fenómeno. Sólo que la admi-
ración nace en el fuerte y la envidia en el subalterno. Envidiar es una
forma aberrante de rendir homenaje a la superioridad. El gemido que la
insuficiencia arranca a la vanidad es una forma especial de alabanza.
Toda culminación es envidiada. En la mujer la belleza. El talento
y la fortuna en el hombre. En ambos la fama y la gloria, cualquiera que
sea su forma.
La envidia femenina suele ser afiligranada y perversa; la mujer da
su arañazo con uña afilada y lustrosa, muerde con dientecillos orifica-
dos, estruja con dedos pálidos y finos. Toda maledicencia le parece
escasa para traducir su despecho; en ella debió pensar Apeles cuando
representó a la Envidia guiando con mano felina a la Calumnia.
La que ha nacido bella -y la Belleza para ser completa requiere,
entre otros dones, la gracia, la pasión y la inteligencia- tiene asegurado
el culto de la envidia. Sus más nobles superioridades serán adoradas
por las envidiosas; en ellas clavarán sus incisivos, como sobre una
lima, sin advertir que la pasión las convierte en vestales. Mil lenguas
viperinas le quemarán el incienso de sus críticas; las miradas oblicuas
de las sufrientes fusilarán su belleza por la espalda; las almas tristes le
elevarán sus plegarias en forma de calumnias, torvas como el remor-
dimiento que las atosiga, pero no las detiene.


 

 
 

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