de
la personalidad.
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Por deformación de la tendencia egoísta algunos hombres están
naturalmente inclinados a envidiar a los que poseen tal superioridad
por ellos anhelada en vano; la envidia es mayor cuando más imposible
se considera la adquisición del bien codiciado. Es el reverso de la
emulación; ésta es una fuerza propulsora y fecunda, siendo aquélla
una
rémora que traba y esteriliza los esfuerzos del envidioso. Bien lo com-
prendió Bartrina, en su admirable quintilla:
La envidia y la emulación pa-
rientes dicen que son; aunque
en todo diferentes al fin tam-
bién son parientes el diamante
y el carbón.
La emulación es siempre noble: el odio mismo puede serlo algu-
nas veces. La envidia es una cobardía propia de los débiles, un
odio
impotente, una incapacidad manifiesta de competir o de odiar.
El talento, la belleza, la energía, quisieran verse reflejados en to-
das las cosas e intensificados en proyecciones innúmeras; la estulticia,
la fealdad y la impotencia sufren tanto o más por el bien ajeno que por
la propia desdicha. Por eso toda superioridad es admirativa y toda
subyacencia es envidiosa. Admirar es sentirse creer en la emulación
con los más grandes.
Un ideal preserva de la envidia. El que escucha ecos de voces
proféticas al leer los escritos de los grandes pensadores; el que siente
grabarse en su corazón, con caracteres profundos como cicatrices, su
clamor visionario y divino; el que se extasía contemplando las supre-
mas creaciones plásticas; el que goza de íntimos escalofríos
frente a las
obras maestras accesibles a sus sentidos, y se entrega a la vida que
palpita en ellas, y se conmueve hasta cuajársele de lágrimas los
ojos, y
el corazón bullicioso se le arrebata en fiebre de emoción; ése
tiene un
noble espíritu y puede incubar el deseo de crear tan grandes cosas
como las que sabe admirar. El que no se inmuta leyendo a Dante, mi-
rando a Leonardo, oyendo a Beethoven, puede jurar que la Naturaleza
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no ha encendido en su cerebro la antorcha suprema, ni paseará jamás
sin velos ante sus ojos miopes que no saben admirarla en las obras de
los genios.
La emulación presume un afán de equivalencia, implica la posi-
bilidad de un nivelamiento; saluda a los fuertes que van camino de la
gloria, marchando ella también. Sólo el impotente, convicto y
confeso,
emponzoña su espíritu hostilizando la marcha de los que no puede
seguir.
Toda la psicología de la envidia está sintetizada en una fábula,
digna de incluirse en los libros de lectura infantil. Un ventrudo sapo
graznaba en su pantano cuando vio res-plandecer en lo más alto de las
toscas a una luciérnaga. Pensó que ningún ser tenía
derecho de lucir
cualidades que él mismo no poseería jamás. Mortificado
por su propia
impotencia, saltó hasta ella y la cubrió con su vientre helado.
La ino-
cente luciérnaga osó preguntarle: ¿Por qué me tapas?
Y el sapo, con-
gestionado por la envidia, sólo acertó a interrogar a su vez:
¿Por qué
brillas?
II. PSICOLOGíA DE LOS ENVIDIOSOS
Siendo la envidia un culto involuntario del mérito, los envidiosos
son, a pesar suyo, sus naturales sacerdotes.
El propio Hornero encarnó ya, en Tersites, al envidioso de los
tiempos heroicos; como si sus lacras físicas fuesen exiguas para expo-
nerlo al baldón eterno, en un simple verso nos da la línea sombría
de su
moral, diciéndolo enemigo de Aquiles y de Ulises: puede medirse por
las excelencias de las personas que envidia.
Shakespeare trazó una silueta definitiva en su Yago feroz, almá-
cigo de infamias y cobardías, capaz de todas las traiciones y de todas
las falsedades. El envidioso pertenenece a una especie moral raquítica,
mezquina, digna de compasión o de desprecio. Sin coraje para ser
asesino, se resigna a ser vil. Rebaja a los otros, desesperado de la pro-
pia elevación.
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La familia ofrece variedades infinitas, por la combinación de
otros estigmas con el fundamental. El envidioso pasivo es solemne y
sentencioso; el activo es un escorpión atrabiliario. Pero, lúgubre
o
bilioso, nunca sabe reír de risa inteligente y sana. Su mueca es falsa:
ríe
a contrapelo.
¿Quién no los codea en su mundo intelectual? El envidioso pasivo
es de cepa servil. Si intenta practicar el bien, se equivoca hasta el ase-
sinato: diríase que es un miope cirujano predestinado a herir los órga-
nos vitales y respetar la víscera cancerosa. No retrocede ante ninguna
bajeza cuando un astro se levanta en su horizonte: persigue al mérito
hasta dentro de su tumba. Es serio, por incapacidad de reírse; le ator-
menta la alegría de los satisfechos. Proclama la importancia de la so-
lemnidad y la practica; sabe que sus congéneres aprueban tácitamente
esa hipocresía que escuda la irremediable inferioridad: no vacila en
