ganzúa a la espada; la emplean los que no pueden competir con los
envidiados. En los ímpetus del odio puede palpitar el gesto de la garra
que en un desesperado estremecimiento destroza y aniquila; en la sub-
repticia reptación de la envidia sólo se percibe el arrastramiento
tímido
del que busca morder el talón.
Teofrasto creyó que la envidia se confunde con el odio o nace de
él, opinión ya enunciada por Aristóteles, su maestro. Plutarco
abordó la
cuestión, preocupándose de establecer diferencias entre las dos
pasio-
nes (Obras morales, II). Dice que a primera vista se confunden; pare-
cen brotar de la maldad, y cuando se asocian tórnanse más fuertes,
como las enfermedades que se complican. Ambas sufren del bien y
gustan del mal ajeno; pero esta semejanza no basta para confundirlas,
si atendemos a sus diferencias. Sólo se odia lo que se cree malo o noci-
vo; en cambio, toda prosperidad excita la envidia, como cualquier
resplandor irrita los ojos enfermos. Se puede odiar a las cosas y a los
animales; sólo se puede envidiar a los hombres. El odio puede ser
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justo, motivado; la envidia es siempre injusta, pues la prosperidad no
daña a nadie. Estas dos pasiones, como plantas de una misma especie,
se nutren y fortifican por causas equivalentes: se odia más a los más
perversos y se envidia más a los más meritorios. Por eso Temístocles
decía, en su juventud, que aún no había realizado ningún
acto brillante,
porque todavía nadie le envidiaba. Así como las cantáridas
prosperan
sobre los trigales más rubios y los rosales más florecientes,
la envidia
alcanza a los hombres más famosos por su carácter y por su virtud.
El
odio no es desarmado por la buena o la mala fortuna; la envidia sí. Un
sol que ilumina perpendicularmente desde el más alto punto del cielo
reduce a nada o muy poco la sombra de los objetos que están debajo:
así, observa Plutarco, el brillo de la gloria achica la sombra de la
envi-
dia y la hace desaparecer.
El odio que injuria y ofende es temible; la envidia que calla y
conspira es repugnante. Algún libro admirable dice que ella es como
las caries de los huesos; ese libro es la Biblia, casi de seguro, o debiera
serlo. Las palabras más crueles que un insensato arroja a la cara no
ofenden la centésima para de las que el envidioso va sembrando cons-
tantemente a la espalda; éste ignora las reacciones del odio y expresa
su inquina tartajeando, incapaz de encresparse en ímpetus viriles: diría-
se que su boca está amargada por una hiel que no consigue arrojar ni
tragar. Así como el aceite apaga la cal y aviva él fuego, el bien
recibido
contiene el odio en los nobles espíritus y exaspera la envidia en los
indignos. El envidioso es ingrato, como luminoso el sol, la nube opaca
y la nieve fría: lo es naturalmente.
El odio es rectilíneo y no time la verdad: la envidia es torcida y
trabaja la mentira. Envidiando se sufre más que odiando: como esos
tormentos enfermizos que tórnanse terroríficos de noche, amplificados
por el horror de las tinieblas.
El odio puede hervir en los grandes corazones; puede ser justo y
santo; lo es muchas veces, cuando quiere borrar la tiranía, la infamia,
la
indignidad. La envidia es de corazones pequeños. La conciencia del
propio mérito suprime toda menguada villanía; el hombre que se
siente
superior no puede envidiar, ni envidia nunca el loco feliz que vive con
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delirio de las grandezas. Su odio está de pie y ataca de frente. César
aniquiló a Pompeyo, sin rastrerías; Doriatello venció con
su "Cristo" al
de Brunelleschi, sin abajamientos; Nietzsche fulminó a Wagner, sin
envidiarlo. Así como la genialidad presiente la gloria y da a sus pre-
destinados cierto ademán apocalíptico, la certidumbre de un oscuro
porvenir vuelve miopes y reptiles a los mediocres. Por eso los hombres
sin méritos siguen siendo envidiosos a pesar de los éxitos obtenidos
por su sombra mundana, como si un remordimiento interior les gritara
que los usurpan sin merecerlos. Esa conciencia de su mediocridad es
un tormento; comprenden que sólo pueden permanecer en la cumbre
impidiendo que otros lleguen hasta ellos y los descubran. La envidia es
una defensa de las sombras contra los hombres.
Con los distingos enunciados, los clásicos aceptan el pa-rentesco
entre la envidia y el odio, sin confundir ambas pasiones. Conviene
sutilizar el problema distinguiendo otras que se le parecen: la emula-
ción y los celos.
La envidia, sin duda, arraiga como ellas en una tendencia efecti-
va, pero posee caracteres propios que permiten diferenciarla. Se envi-
dia lo que otros ya tienen y se desearía tener, sintiendo que el propio
es
un deseo sin esperanza; se cela lo que ya se posee y se teme perder; se
emula en pos de algo que otros también anhelan, teniendo la posibili-
dad de alcanzarlo.
Un ejemplo tomado en las fuentes más notorias ilustrará la cues-
tión. Envidiamos la mujer que el prójimo posee y nosotros deseamos,
cuando sentimos la imposibilidad de disputársela. Celamos la mujer
que nos pertenece, cuando juzgamos incierta su posesión y tememos
que otro pueda compartirla o quitárnosla. Competimos sus favores en
noble emulación, cuando vemos la posibilidad de conseguirlos en
igualdad de condiciones con otro que a ellos aspira. La envidia nace,
pues, del sentimiento de inferioridad respecto de su objeto; los celos
derivan del sentimiento de posesión comprometido; la emulación
surge
del sentimiento de potencia que acompaña a toda noble afirmación
