Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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un
pueblo. 123
La dignidad, afán de autonomía, lleva a reducir la dependencia de
otros a la medida de lo indispensable, siempre enorme. La Bruyére,
que vivió como intruso en la domesticidad cortesana de su siglo, supo
medir el altísimo precepto que encabeza el Manual de Epicteto, a
punto de apropiárselo textualmente sin amenguar con ello su propia
gloria: "Se faire valoir par des choses qui ne dependet point des autres,
mais de sois seul, ou renoncer a se faire valoir"2 . Esa máxima le parece
inestimable y de recursos infinitos en la vida, útil para los virtuosos y
los que tienen ingenio, tesoro intrínseco de los caracteres excelentes;
es, en cambio, proscrita donde reina la mediocridad, "pues desterraría
de las Cortes las tretas, los cabildeos, los malos oficios, la bajeza, la
adulación y la intriga". Las naciones no se llenarían de serviles domes-
ticados, sino de varones excelentes que legarían a sus hijos menos
vanidades y más nobles ejemplos. Amando los propios méritos más
que la prosperidad indecorosa, crecería el amor a la virtud, el deseo de
la gloria, el culto por ideales de perfección incesante: en la admiración
por los genios, los santos y los héroes. Esa dignificación moral de los
hombres señalaría en la historia el ocaso de las sombras.

2 "Hacerse valer por cosas que no dependen de los demás, sino de uno mismo,
o renunciar a hacerse valer".
124

CAPÍTULO V LA ENVIDIA I. La pasión de los mediocres. - II. Psicología de los envidiosos.
III. Los roedores de la gloria - IV. Una escena dantesca: su castigo.
I. LA PASION DE LOS MEDIOCRES La envidia es una adoración de los hombres por las sombras, del
mérito por la mediocridad. Es el rubor de la mejilla sonoramente abo-
feteada por la gloria ajena. Es el grillete que arrastran los fracasados.
Es el acíbar que paladean los impotentes. Es un venenoso humor que
mana de las heridas abiertas por el desengaño de la insignificancia
propia. Por sus horcas caudinas pasan, tarde o temprano, los que viven
esclavos de la vanidad: desfilan lividos de angustia, torvos, avergonza-
dos de su propia tristura, sin sospechar que su ladrido envuelve una
consagración inequívoca del mérito ajeno. La inextinguible hostilidad
de los necios fue siempre el pedestal de un monumento.
Es la más innoble de las torpes lacras que afean a los caracteres
vulgares. El que envidia se rebaja sin saberlo, se confiesa subalterno;
esta pasión es el estigma psicológico de una humillante inferioridad,
sentida, reconocida. No basta ser inferior para envidiar, pues todo
hombre lo es de alguien en algún sentido; es necesario sufrir del bien
ajeno, de la dicha ajena, de cualquiera culminación ajena. En ese su-
frimiento está el núcleo moral de la envidia: muerde el corazón como
un ácido, lo carcome como una polilla, lo corroe como la herrumbre al
metal.
Entre las malas pasiones ninguna la aventaja. Plutarco decía -y lo
repite La Rochefoucauld- que existen almas corrompidas hasta jactarse
de vicios infames; pero ninguna ha tenido el coraje de confesarse envi-
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diosa. Reconocer la propia envidia implicaría, a la vez, declararse
inferior al envidiado; trátase de pasión tan abominable, y tan univer-
salmente detestada, que avergüenza al más impúdico y se hace lo inde-
cible por ocultarla.
Sorprende que los psicólogos la olviden en sus estudios sobre las
pasiones, limitándose a mencionarla como un caso particular de los
celos. Fue siempre tanta su difusión y su virulencia, que ya la mitólo-
gía grecolatina le atribuye origen sobrehumano, haciéndola nacer de
las tinieblas nocturnas. El mito le asigna cara de vieja horriblemente
flaca y exangüe, cubierta de cabeza de víboras en vez de cabellos. Su
mirada es hosca y los ojos hundidos; los dientes negros y la lengua
untada con tósigos fatales; con una mano ase ,tres serpientes, y con la
otra una hidra o una tea; incuba en su seno un monstruoso reptil que la
devora continuamente y le instila su veneno; está agitada; no ríe; el
sueño nunca cierra los párpados sobre sus ojos irritados. Todo suceso
feliz le aflige o atiza su congoja; destinada a sufrir, es el verdugo im-
placable de sí misma.
Es pasión traidora y propicia alas hipocresías. Es al odio como la


 

 
 

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