Quien haya leído la séptima metamorfosis, en el libro segundo
de
Ovidio, no olvidará jamás que a instancia de Minerva, fue Aglaura
transfigurada en roca, castigando así su envidia de Hersea, la amada
de
Mercurio. Allí está escrita la más perfecta alegoría
de la envidia devo-
rando víboras para alimentar sus furores, como no la perfiló ningún
otro poeta de la era pagana.
El hombre vulgar envidia las fortunas y las posiciones burocráti-
cas. Cree que ser adinerado y funcionario es el supremo ideal de los
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demás, partiendo de que lo es suyo. El dinero permite al mediocre
satisfacer sus vanidades más inmediatas; el destino burocrático
le asig-
na un sitio en el escalafón del Estado y le prepara ulteriores jubilacio-
nes. De ahí que el proletario envidie al burgués, sin renunciar
a
substituirlo; por eso mismo la escala del presupuesto es una jerarquía
de envidias, perfectamente graduadas por las cifras de las prebendas.
El talento -en todas sus formas intelectuales y morales: como dig-
nidad, como carácter, como energía- es el tesoro más envidiado
entre
los hombres. Hay en el doméstico un sórdido afán de nivelarlo
todo, un
obtuso horror a la individualización excesiva; perdona al portador de
cualquier sombra moral, perdona la cobardía, el servilismo, la mentira,
la hipocresía, la esterilidad, pero no perdona al que sale de las filas
dando un paso adelante. Basta que el talento permita descollar en las
ciencias, en las artes o en el amor, para que los mediocres se estremez-
can de envidia. Así se :forma en torno de cada astro una neuulosa
grande o pequeña, camarilla de maldicientes o legión de difamadores:
los envidiosos necesitan aunar esfuerzos contra su ídolo, de igual ma-
nera que para afear una belleza venusina aparecen por millares las
pústulas de la viruela.
La dicha de los fecundos martiriza a los eunucos vertiendo en su
corazón gotas de hiel que los amargan por toda la existencia; este dolor
es la gloria involuntaria de los otros, la sanción más indestructible
de
su talento en la acción o el pensar. Las palabras y las muecas del envi-
dioso se pierden en la ciénaga donde se arrastra, como silbidos de
reptiles que saludan el vuelo sereno del águila que pasa en la altura.
Sin oírlos.
III. LOS ROEDORES DE LA GLORIA
Todo el que se siente capaz de crearse un destino con su talento y
con su esfuerzo está inclinado a admirar el esfuerzo y el talento en
los
demás; el deseo de la propia gloria no puede sentirse cohibido por el
legítimo encumbramiento ajeno. El que tiene méritos, sabe lo que
le
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cuestan y los respeta; estima en los otros lo que desearía se le estimara
a él mismo. El mediocre ignora esta admiración abierta: muchas
veces
se resigna a aceptar el triunfo que desborda las restricciones de su
envidia. Pero aceptar no es amar. Resignarse no es admirar.
Los espíritus alicortos son malévolos; los grandes ingenios son
admirativos. Éstos saben que los dones naturales no se transmutan en
talento o en genio sin un esfuerzo, que es la medida de su mérito. Sa-
ben que cada paso hacia la gloria ha costado trabajos y vigilias, medi-
taciones hondas, tanteos sin fin, consagración tenaz, a ese pintor, a
ese
poeta, a ese filósofo, a ese sabio; y comprenden que ellos han consu-
mido acaso su organismo, envejeciendo prematuramente: y la biografía
de los grandes hombres les enseña que muchos renunciaron al reposo o
al pan, sacrificando el uno y el otro a ganar tiempo para meditar o a
comprar un libro para iluminar sus meditaciones. Esa conciencia de lo
que el mérito importa, lo hace respetar. El envidioso, que lo ignora,
ve
el resultado a que otros llegan y él no, sin sospechar de cuántas
espinas
está sembrado el camino de la gloria.
Todo escritor mediocre es candidato a criticastro. La incapacidad
de crear le empuja a destruir. Su falta de inspiración le induce a rumiar
el talento ajeno, empañándolo con especiosidades que denuncian
su
irreparable ultimidad.
Los altos ingenios son ecuánimes para criticar a sus iguales, como
si reconocieran en ellos una consanguinidad en línea directa; en el
émulo no ven nunca un rival. Los grandes críticos son óptimos
autores
que escriben sobre temas propuestos por otros, como los versificadores
con pie forzado;. la obra ajena es una ocasión para exhibir las ideas
propias. El verdadero crítico enriquece las obras que estudia y en todo
lo que toca deja un rastro de su personalidad.
Los criticastros son, de instinto, enemigos de la obra: desean
achicarla por la simple razón de que ello; no la han escrito. Ni sabrían
escribirla cuando el criticado les contestara: hazla mejor. Tienen la
manos trabadas por la cinta métrica; su afán de medir a los demás
responde al sueño de rebajarlos hasta su propia medida. Son, por defi-
nición, prestamistas, parásitos, viven de lo ajeno, pues se limitan
a
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barajar con mano aviesa lo mismo que han aprendido en el libro que
desacreditan. Cuando un gran escritor es erudito se lo reprochan como
una falta de originalidad; si no lo es, se apresuran a culparlo de igno-
