Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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consolida nuestra firmeza: cuanto más peligrosa es la verdad que hoy
decimos, tanto más fácil será mañana pronunciar otras a voz en cuello.
En los mundos minados por la hipocresía todo conspira contra las
virtudes civiles: los hombres se corrompen los unos a los otros, se
imitan en lo intérlope, se estimulan en lo turbio, se justifican recípro-
camente. Una atmósfera tibia entorpece al que cede por primera vez a
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la tentación de lo injusto; las consecuencias de la primera falta pueden
ir hasta lo infinito. Los mediocres no saben evitarla; en vano harían el
propósito de volver al buen sendero y enmendarse. Para las sombras no
hay rehabilitación; prefieren excusar las desviaciones leves, sin adver-
tir que ellas preparan las hondas. Todos los hombres conocen esas
pequeñas flaquezas, que de otro modo fueran perfectos desde su ori-
gen; pero mientras en los caracteres firmes pasan como un roce que no
deja rastro, en los blandos aran un surco por donde se facilita la recidi-
va. Ésa es la vía del envilecimiento. Los virtuosos la ignoran; los ho-
nestos se dejan tentar. Como a Gil Blas, sólo les cuesta la primera
caída; después siguen cayendo como el agua en las cascadas, a saltitos,
de pequeñez en pequeñez, de flaqueza en flaqueza, de curiosidad en
curiosidad. Los remordimientos de la primera culpa ceden a la necesi-
dad de ocultarla con otras ante las cuales ya no se amedrentan. Su
carácter se disocia y ellos se tuercen, andan a ciegas, tropiezan, dan
barquinazos, adoptan expedientes, disfrazan sus intenciones, acceden
por senderos tortuosos, buscan cómplices diestro para avanzar en la
tiniebla. Después de los primeros tanteos se marchan de prisa, hasta
que las raíces mismas de su moral se aniquilan. Así resbalan por la
pendiente, aumentando la cohorte de lacayos y parásitos: centenares de
Gil Blas carcomen las bases de la sociedad que ha pretendido mode-
larlos a su imagen y semejanza.
Los hombres sin ideales son incapaces de resistir las asechanzas
de hartazgos materiales sembrados en su camino Cuando han cedido a
la tentación quedan cebados, como las fieras que conocen el sabor de la
sangre humana.
Por la circunstancia de pensar siempre con la cabeza de la socie-
dad, el doméstico es el puntal más seguro de todos los prejuicios políti-
cos, religiosos, morales y sociales Gil Blas está siempre con las manos
congestionadas por el aplauso a los ungidos y con el arma afilada para
agredir al rebelde que anuncia una herejía. El panurguismo y la intole-
rancia son los colores de su escarapela, cuyo respeto exige de todos.
Es incalculable la infinidad de gentes domésticas que nos rodea.
Cada funcionario tiene un rebaño voraz, sumiso a sus caprichos, como
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los hambrientos al de quien los harta. Si fuesen capaces de vergüenza,
los adulones vivirían más enrojecidos que las amapolas; lejos de eso,
pasean su domesticidad y están orgullosos de ella, exhibiéndola con
donaire, como luce la pantera las aterciopeladas manchas de su piel. La
domesticación realizase de cien maneras, tentando sus apetitos. En los
límites de la influencia oficial los medios de aclimatación se multipli-
can, especialmente en los países apestados de funcionarismo. Los po-
bres de carácter no resisten; ceden a esa hipnotización. La pérdida de
su dignidad iníciase cuando abren el ojo a la prebenda que estremece
su estómago o nubla su vanidad, inclinándose ante las manos que hoy
le otorgan el favor y mañana le manejarán la rienda. Aunque ya no hay
servidumbre legal, muchos sujetos, libres de la domesticidad forzosa,
se avienen a ella voluntariamente, por vocación implícita en su flaque-
za. Están mancillados desde la cuna; aun no habiendo menester de
beneficios, son instintivamente serviles. Los hay en todas las clases
sociales. El precio de su indignidad varía con el rango y se traduce en
formas tan diversas como las personas que la ejercitan.
Alentando a Gil Blas, rebájase el nivel moral de los pueblos y de
las razas; no es tolerancia estimular el abellacamiento. La cotización
del mérito decae. La mansedumbre silenciosa es preferida a la dignidad
altiva. La piel se cubre de más afeites cuando es menos sólida la co-
lumna vertebral; las buenas maneras son más apreciadas que las buenas
acciones. Si el de Santillana se enguanta para robar, merece la admira-
ción de todos; si Stockmann se desnuda para salvar a un náufrago, lo
condenan por escándalo. En los pueblos domesticados llega un mo-
mento en que la virtud parece un ultraje a las costumbres.
Las sombras viven con el anhelo de castrar a los caracteres firmes
y decapitar a los pensadores alados, no perdonándoles el lujo de ser
viriles o tener cerebro. La falta de virilidades es elogiada como un
refinamiento, lo mismo que en los caballos de paseo. La ignorancia
parece una coquetería, como la duda elegante que inquieta a ciertos
fanáticos sin ideales. Los méritos conviértense en contrabando peligro-
so, obligados a disculparse y ocultarse, como si ofendieran por su sola
existencia. Cuando el hombre digno empieza a despertar recelos, el
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envilecimiento colectivo es grave; cuando la dignidad parece absurda y


 

 
 

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