es cubierta de ridículo, la domesticación de los mediocres ha
llegado a
sus extremos.
III. LA VANIDAD
El hombre es. La sombra parece. El hombre pone su honor en el
mérito propio y es juez supremo de sí mismo; asciende a la dignidad.
La sombra pone el suyo en la estimación ajena y renuncia a juzgarse;
desciende a la vanidad. Hay una moral del honor y otra de su caricatu-
ra: ser o parecer. Cuando un ideal de perfección impulsa a ser mejores,
ese culto de los propios méritos consolida en los hombres la dignidad;
cuando el afán de parecer arrastra a cualquier abajamiento, el culto
de
la sombra enciende la vanidad.
Del amor propio nacen las dos: hermanas por su origen, como
Abel y Caín. Y más enemigas que ellos, irreconciliables. Son formas
diversas de amor propio. Siguen caminos divergentes. La una florece
sobre el orgullo, celo escrupuloso puesto en el respeto de sí mismo;
la
otra nace de la soberbia, apetito de culminación ante los dermis. El
orgullo es una arrogancia originaria por nobles motivos y quiere aqui-
latar el mérito; la soberbia es una desmedida presunción y busca
alar-
gar la sombra. Catecismos y diccionarios han colaborado a la
inediocrización moral, subvirtiendo los términos que designan
lo exi-
mio y lo vulgar. Donde los padres de la Iglesia decían superbia, como
los antiguos, fustigándola, tradujeron los zascandiles orgullo, confun-
diendo sentimientos distintos. De ahí el equivocar la vanidad con la
dignidad, que es su antítesis, y el intento tasar a igual precio los
hom-
bres y las sombras, con desmedro de los primeros.
En su forma embrionaria revélase el amor propio como deseo de
elogios y temor de censuras: una exagerada sensibilidad a la opinión
ajena. En los caracteres conformados a la rutina y a los prejuicios co-
rrientes, el deseo de brillar en su medio y el juicio que sugieren al
pequeño grupo que los rodea, son estímulos para la acción.
La simple
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circunstancia de vivir arrebañados predispone a perseguir la aquiescen-
cia ajena; la estima propia es favorecida por el contraste o la compara-
ción con los demás. Trátase hasta aquí de un sentimiento
normal.
Pero los caminos divergen. En los dignos el propio juicio antepó-
nese a la aprobación ajena; en los mediocres se postergan los méritos
y
se cultiva la sombra. Los primeros viven para sí; los segundos vegetan
para los otros. Si el hombre no viviera en sociedad, el amor propio
sería dignidad en todos; viviendo en grupos, lo es solamente en los
caracteres firmes.
Ciertas preocupaciones, reinantes en las mediocracias, exaltan a
los domésticos. El brillo de la gloria sobre las frentes elegidas deslum-
bra a los ineptos, como el hartazgo del rico encela al miserable. El
elogio del mérito es un estímulo para su simulación. Obsesionados
por
el éxito, e incapaces de soñar la gloria, muchos impotentes se
envane-
cen de méritos ilusorios y virtudes secretas que los demás no
recono-
cen; créense actores de la comedia humana; entran en la vida
construyéndose un escenario, grande o pequeño, bajo o culminante,
sombrío o luminoso; viven con perpetua preocupación del juicio
ajeno
sobre su sombra. Consumen su existencia sedientos de distinguirse en
su órbita, de preocupar a su mundo, de cultivar la atención ajena
por
cualquier medio y de cualquier manera. La diferencia, si la hay, es
puramente cuantitativa entre la vanidad del escolar que persigue diez
puntos en los exámenes, la del político que sueña verse
aclamado mi-
nistro o presidente, la del novelista que aspira a ediciones de cien mil
ejemplares y la del asesino que desea ver su retrato en los periódicos.
La exaltación del amor propio, peligrosa en los espíritus vulga-
res, es útil al hombre que sirve un Ideal. Éste le cristaliza
en dignidad;
aquéllos le degeneran en vanidad. El éxito envanece al tonto,
nunca al
excelente. Esa anticipación de la gloria hipertrofia la personalidad
en
los hombres superiores: es su condición natural. ¿El atleta no
tiene,
acaso, bíceps excesivos hasta la deformidad La función hace el
órgano.
El "yo" es el órgano propio de la originalidad: absoluta en
el genio. Lo
que es absurdo en el mediocre, en el hombre superior es un adorno:
simple exponente de fuerza. El músculo abultado no es ridículo
en el
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atleta; lo es, en cambio, toda adiposidad excesiva, por monstruosa e
inútil, como la vanidad del insignificante. Ciertos hombres de genio,
Sarmiento, pongamos por caso, habrían sido incompletos sin su mega-
lomanía.
Su orgullo nunca excede a la vanidad de los imbéciles. La apa-
rente diferencia guarda proporción con el mérito. A un metro y
a sim-
ple vista nadie ve la pata de una hormiga, pero todos perciben la garra
de un león: lo propio ocurre con el egotismo ruidoso de los hombres y
