Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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Hereda
hábitos serviles y no encuentra ambiente propicio para formarse un
carácter. Las vidas iniciadas en la servidumbre no adquieren dignidad.
Los antiguos tenían mayor desprecio por los hijos de los siervos, repu-
tándolos moralmente peores que los adultos reducidos al yugo por
deudas o en las batallas; suponían que heredaban la domesticidad de
sus padres, intensificándola en la ulterior servidumbre. Eran desprecia-
dos por sus amos.
Esto se repite en cuantos países tuvieron una raza esclava inferior.
Es legítimo. Con humillante desprecio suele mirarse a los mulatos,
descendientes de antiguos esclavos, en todas las naciones de raza blan-
ca que han abolido la esclavitud; su afán por disimular su ascendencia
servil demuestra que reconocen la indignidad hereditaria condensada
en ellos. Ese menosprecio es natural. Así como el antiguo esclavo
tornábase vanidoso e insolente si trepaba a cualquier posición donde
pudiera mandar, los mulatos se ensoberbecen en las inorgánicas me-
diocracias sudamericanas, captando funciones y honores con que har-
tan sus apetitos acumulados en domesticidades seculares.
La clase crea idénticas desigualdades que la raza. Los siervos fue-
ron tan doméstico.; como lo; esclavos; la revolución francesa dio li-
bertad política a sus descendientes, mas no supo darles esa libertad
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moral que es el resorte de la dignidad. El burgués enriquecido merece
el desprecio del aristócrata más que el odio del proletario, que es un
aspirante a la burguesía; no hay peor jefe que el antiguo asistente ni
peor amo que el antiguo lacayo. Las aristocracias son lógicas al desde-
ñar a los advenedizos: los consideran descendientes de criados enri-
quecidos y suponen que han heredado su domesticidad al mismo
tiempo que las talegas.
Esas inclinaciones serviles, arraigadas en el fondo mismo de la
herencia étnica o social, son bien vistas en las mediocracias contempo-
ráneas, que nivelan políticamente al servil y al digno. Ha variado el
nombre pero la cosa subsiste: la domesticidad es corriente en las socie-
dades modernas.
Lleva muchas décadas la abolición legal de la esclavitud o la ser-
vidumbre; los países no se creerían civilizados si las conservaran en su
códigos. Eso no tuerce las costumbres; el esclavo y el siervo siguen
existiendo; por temperamento o por falta de carácter. No son propiedad
de sus amos, pero buscan la tutela ajena, como van a la querencia los
animales extraviados. Su psicología gregaria no se transmutó, decla-
rando los derechos del hombre; la libertad, la igualdad y la fraternidad
son ficciones que los halagan, sin redimirlos. Hay inclinaciones que
sobreviven a todas las leyes igualitarias y hacen amar el yugo o el
látigo. Las leyes no pueden dar hombría a la sombra, carácter al amor-
fo, dignidad al envilecido, iniciativa a los imitadores, virtud al honesto,
intrepidez al manso, afán de libertad al servil. Por eso, en plena demo-
cracia, los caracteres mediocres buscan naturalmente su bajo nivel: se
domestican.
En ciertos sujetos, sin carácter desde el cáliz materno hasta la
tumba, la conducta no puede seguir normas constantes. Son peligrosos
porque su ayer no dice nada sobre su mañana; obran a merced de im-
pulsos accidentales, siempre aleatorios. Si poseen algunos elementos
válidos, ellos están dispersos, incapaces de síntesis; la menor sacudida
pone a flote sus atavismos de salvaje y de primitivo, depositados en los
surcos más profundos de su personalidad. Sus imitaciones son frágiles 113
y poco arraigadas. Por eso son antisociales, incapaces de elevarse a la
honesta condición de animales de rebaño.
A otros desgraciados, sin irreparables lagunas del temperamento,
la sociedad les mezquina su educación. Las grandes ciudades pululan
de niños moralmente desamparados, presas de la miseria, sin hogar, sin
escuela. Viven tanteando el vicio y cosechando la corrupción, sin el
hábito de la honestidad y sin el ejemplo luminoso de la virtud. Embo-
tada su inteligencia y coartadas sus mejores inclinaciones, tienen la
voluntad errante, incapaz de sobreponerse a las convergencias fatales
que pugnan por hundirlos. Y si pasan su infancia sin rodar a la charca,
tropiezan después con nuevos obstáculos.
El trabajo, creando el hábito del esfuerzo, sería la mejor escuela
del carácter; pero la sociedad enseña a odiarlo, imponiéndole precoz-
mente, como una ignominia desagradable o un envilecimiento infame,
bajo la esclavitud de yugos y de horarios, ejecutado por hambre o por
avaricia, hasta que el hombre huye de él como de un castigo: sólo po-
drá amarlo cuando sea una gimnasia espontánea de sus gustos y de sus
aptitudes. Así la sociedad completa su obra; los que no naufragan por
la educación malsana escollan en el trabajo embrutecedor. En la com-
pleja actividad moderna las voluntades claudicantes son toleradas; sus
incongruencias quedan ocultas mientras los actos se refieren a vulgares
automatismos de la vida diaria; pero cuando una circunstancia nueva
los obliga a buscar una solución, la personalidad se agita al azar y
revela sus vicios intrínsecos.
Esos degenerados son indomesticables.
Los otros, como Gil Blas, carecen de contralor sobre su propia
conducta y olvidan que la más leve caída puede ser el paso inicial hacia
una degradación completa. Ignoran que cada esfuerzo de dignidad


 

 
 

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