Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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encumbra favorito en las cortes. Es un hombre de corcho: flota. Ha
sido salteador, alcahuete, ratero, prestamista, asesino, estafador, fe-
mentido, ingrato, hipócrita, traidor, político; tan varios encenagamien-
tos no le impiden ascender y otorgar sonrisas desde su comedero. Es
perfecto en su género. Su secreto es simple: es un animal doméstico.
Entra al mundo como siervo y sigue siendo servil hasta la muerte, en
todas las circunstancias y situaciones: nunca tiene un gesto altivo,
jamás acomete de frente un obstáculo.
El buen lenguaje clásico llamaba doméstico a todo hombre que
servía. Y era justo. El hábito de la servidumbre trae consigo senti-
mientos de domesticidad, en los cortesanos lo mismo que en los pue-
blos. Habría que copiar por entero el elocuente Discurso sobre la
servidumbre voluntaria, escrito por La Boetie en su adolescencia y
cubierto de gloria por el admirativo elogio de Montaigne. Desde él
miles de páginas fustigan la subordinación a los dogmatismos sociales.
al acatamiento incondicional de los prejuicios admitidos. el respeto de
las jerarquías adventicias. la disciplina ciega a la imposición colectiva,
el homenaje decidido a todo lo que representa el orden vigente. la
sumisión sistemática a la voluntad de los poderosos: todo lo que; re-
fuerza la domesticación y tiene por consecuencia inevitable el servi-
lismo.
Los caracteres excelentes son indomesticables: tienen su norte
puesto en su Ideal. Su "firmeza" los sostiene; su "luz" los guía. Las
sombras, en cambio, degeneran. Fácilmente se licua la cera; jamás el
cristal pierde su arista. Los mediocres encharcan su sombra cuando el
medio los instiga; los superiores se encumbran en la misma proporción
en que se rebaja su ambiente. En la dicha y en la adversidad, amando y
depreciando, entre risas y entre lágrimas, cada hombre firme tiene un
modo peculiar decomportarse, que es su síntesis: su carácter. Las som-
bras no tienen esa unidad de conducta que permite prever el gesto en
todas las ocasiones.
Para Zenón, el estoico, el carácter es fuente de la vida y manan de
él todas nuestras acciones. Es buen decir, pero impreciso. En sus defi-
niciones los moralistas no concuerdan con los psicólogos: aquéllos
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catonizan como predicadores. c y éstos describen como naturalistas. El
carácter es una síntesis: hay que insistir en ello. Es un exponente de
toda la personalidad y no de algún elemento aislado. En los mismos
filósofos, que desarrollan sus aptitudes de modo parcial, el carácter
parecería depender exclusivamente de condiciones intelectuales; vano
error, pues su conducta es el trasunto de cien otros factores. Pensar es
vivir. Todo ideal humano implica una asociación sistemática de la
moral y de la voluntad, haciendo converger a su objeto los más vehe-
mentes anhelos de perfección. El investigador de una verdad se sobre-
pone a la sociedad en que vive: trabaja para ésta y piensa por todos,
anticipándose, contrariando sus rutinas. Tiene una personalidad social,
adaptada para las funciones que no puede ejercitar en una ermita; pero
sus sentimientos sociales no le imponen complicidad en lo turbio. En
su anastomosis con los demás conserva libres el corazón y el cerebro
mediante algo propio que nunca sedesorienta: el que posee un carácter
no se domestica.
Gil Blas medra entre los hombres desde que la humanidad existe;
han protestado contra él los idealistas de todos los tiempos. Los ro-
mánticos, envueltos en sublime desdén, han enfestado contra los tem-
peramentos serviles: Musset, por boca de Lorenzaccio, estruja con
palabras ilevantables la cobardía de los pueblos avenidos a la servi-
dumbre. Y no le van en zaga los individualistas, cuyo más alto vuelo
lírico alcanzara Nietzsche: sus más hermosas páginas son un código de
moral antimediocre, una exaltación de cualidades inconciliables con la
disciplina social. El espíritu gregario, por él acerbamente fustigado,
tiene ya directores elocuentísimos, que exhiben las solidarias compli-
caciones con que los medrosos resisten las iniciativas de las audaces
,ágrupándose en modos diversos según sus intereses de clase, jerarquía
o funciones.
Donde hubo esclavos y siervos se plasmaron caracteres serviles.
Vencido el hombre, no lo mataban: lo hacían trabajar en provecho
propio. Sujeto al yugo. tembloroso ante el látigo, el esclavo doblábase
bajo coyundas que grababan en su carácter la domesticidad. Algunos -
dice la historia- fueron rebeldes o alcanzaron dignidades: su rebeldía
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fue siempre un gesto de animal hambriento y su éxito fue el precio de
complicidades en vicios de sus amos. Llegados al ejercicio de alguna
autoridad, tornáronse despóticos, desprovistos de ideales que les detu-
vieran ante la infamia, como si quisieran con sus abusos olvidar la
servidumbre sufrida anteriormente. Gil Blas fue el más bajo de los
favoritos.
El tiempo y el ejercicio adaptan a la vida servil- El hábito de re-
signarse para medrar crea resortes cada vez más sólidos, automatismos
que destiñen para siempre todo rasgo individual. El quitamotas- Gil
Blas se mancha de estigmas que lo hacen inconfundible con el hombre
digno. Aunque emancipado, sigue siendo lacayo y da rienda suelta a
bajos instintos.
La costumbre de obedecer engendra una mentalidad doméstica.
El que nace de siervos la trae en la sangre, según Aristóteles.


 

 
 

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