Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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juguetes frívolos de las personas, las cosas y las circunstancias. Cual-
quiera desvía los bajeles sin gobierno. Esas creencias son como los
clavos que se meten de un solo golpe; las convicciones firmes entran
como los tornillos, poco a poco, a fuerza de observación y de estudio.
Cuesta más trabajo adquirirlas; pero mientras los clavos ceden al pri-
mer estrujón vigoroso, los tornillos resisten y mantienen de pie la per-
sonalidad. El ingenio y la cultura corrigen las fáciles ilusiones
primitivas y las rutinas impuestas por la sociedad al individuo: la am-
plitud del saber permite a los hombres formarse ideas propias. Vivir
arrastrado por las ajenas equivale a no vivir. Los mediocres son obra de
los demás y están en todas partes: manera de no ser nadie y no estar en
ninguna.
Sin unidad no se concibe un carácter. Cuando falta, el hombre es
amorfo o inestable; vive zozobrando como frágil barquichuelo en un
océano. Esa unidad debe ser efectiva en el tiempo; depende, en gran
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parte, de la coordinación de las creencias. Ellas son fuerzas dinamóge-
nas y activas, sintetizadoras de la personalidad. La historia natural del
pensamiento humano sólo estudia creencias, no certidumbres. La espe-
cie, las razas, las naciones, los partidos, los f!
grupos, son animados por necesidades materiales que los engen-
dran, más o menos conformes a la realidad, pero siempre determinan-
tes de su acción. Creer es la forma natural de pensar para vivir.
La unidad de las creencias permite a los hombres obrar de acuer-
do con el propio pasado: es un hábito de independencia y la condición
del hombre libre, en el sentido relativo que el determinismo consiente.
Sus actos son ágil es y rectilíneos, pueden preverse en cada circunstan-
cia; siguen sin vacilaciones un camino trazado: todo concurre a que
custodien su dignidad y se formen un ideal. Siempre están prontos para
el esfuerzo y lo realizan sin zozobra. Se sienten libres cuando rectifican
sus yerros y más libres aún al manejar sus pasiones. Quieren ser inde-
pendientes de, todos, sin que ello les impida ser tolerantes: el precio de
su libertad no lo ponen en la sumisión de los demás.
Siempre hacen lo que quieren, pues sólo quieren lo que está en sus
fuerzas realizar. Saben pulir la obra de sus educadores y nunca creen
terminada la propia cultura. Diríase que ellos mismos se han hecho
como son, viéndoles recalcar en todos los actos el propósito de asumir
su responsabilidad.
Las creencias del Hombre son hondas, arraigadas en vasto saber;
le sirven de timón seguro para marchar por una ruta que él conoce y no
oculta a los demás; cuando cambia de rumbo es porque sus creencias
de la Sombra son surcos arados en el agua; cualquier ventisca las des-
vía; su opinión es tornadiza como veleta y sus cambios obedecen a
solicitaciones groseras de conveniencias inmediatas. Los Hombres
evolucionan según varían sus creencias y pueden cambiarlas mientras
siguen aprendiendo; las Sombras acomodan las propias a sus apetitos y
pretenden encubrir la indignidad con el nombre de evolución. Si de-
pendiera de ellas, esta última equivaldría a desequilibrio o desvergüen-
za; muchas veces a traición. 108
Creencias firmes, conducta firme. Ése es el criterio para apreciar
el carácter: las obras. Lo dice el bíblico poema: ludicaberis ex operibus
vestris, seréis juzgados por vuestras obras. ¡Cuántos hay que parecen
hombres y sólo valen por las posiciones alcanzadas en las piaras me-
diocráticas! Vistos de cerca, examinadas sus obras, son menos que
nada, valores negativos. Sombras. II. LA DOMESTICACIÓN DE LOS MEDIOCRES Gil Blas de Santillana es una sombra: su vida entera es un proceso
continuo de domesticación social. Si alguna línea propia permitía dife-
renciarle de su rebaño, todo el estercolero social se vuelca sobre él para
borrarla, complicando su insegura unidad en una cifra inmensa. El
rebaño le ofrece infinitas ventajas. No sorprende que él la acepte a
cambio de ciertos renunciamientos compatibles con su estructura mo-
ral. No le exige cosas inverosímiles; bástale su condescendencia pasi-
va, su alma de siervo.
Mientras los hombres resisten las tentaciones, las sombras resba-
lan por la pendiente; si alguna partícula de originalidad les estorba, la
eliminan para confundirse mejor en los demás. Parecen sólidas y se
ablandan, ásperas y se suavizan, ariscas y se amansan, calurosas y se
entibian, resplandecientes y se opacan, ardientes y se apaciguan, viriles
y se afeminan, erguidas y se achatan. Mil sórdidos lazos las acechan
desde que toman contacto con sus símiles: aprenden a medir sus virtu-
des y a practicarlas con parsimonia. Cada apartamiento les cuesta un
desengaño, cada desvío les vale una desconfianza. Amoldan su corazón
a los prejuicios y su inteligencia a las rutinas: la domesticación les
facilita la lucha por la vida.
La mediocridad teme al digno y adora al lacayo. Gil Blas le en-
canta; simboliza al hombre práctico que de toda situación saca partido
y en toda villanía tiene provecho.
Persigue a Stockmann, el enemigo del pueblo, con todo afán como
pone en admirar a Gil Blas: le recoge en la cueva de bandoleros y le
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