Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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dose por grandes esfuerzos: seguros en sus creencias, leales a sus
afectos. fieles a su palabra. Nunca se obstinan en el error, ni traicionan
jamás a la verdad. Ignoran el impudor de la inconstancia y la insolencia
de la ingratitud. Pujan contra los obstáculos y afrontan las dificultades.
Son respetuosos en la victoria y se dignifican en la derrota como si
para ellos la belleza estuviera en la lid y no en su resultado. Siempre,
invariablemente, ponen la mirada alto y lejos; tras lo actual fugitivo
divisan un Ideal más respetable cuanto más distante. Estos optimates
son contados; cada uno vive por un millón. Poseen una firme línea
moral que les sirve de esqueleto o armadura. Son alguien. Su fisonomía
es la propia y no puede ser de nadie más; son inconfundibles, capaces
de imprimir su sello indeleble en mil iniciativas fecundas. Las gentes
domesticadas los temen, como la llaga al cauterio; sin advertirlo, em-
pero, los adoran con su desdén. Son los verdaderos amos de la socie-
dad, los que agreden el pasado y preparan el porvenir, los que
destruyen y plasman. Son los actores del drama social, con energía
inagotable. Poseen el don de resistir a la rutina y pueden librarse de su
tiranía niveladora. Por ellos la Humanidad vive y progresa. Son siem-
pre excesivos; centuplican las cualidades que los demás sólo poseen en
germen. La hipertrofia de una idea o de una pasión los hace inadapta-
bles d su medio, exagerando su pujanza; mas, para la sociedad, realizan
una función armónica y vital. Sin ellos se inmovilizaría el progreso
humano, estancándose como velero sorprendido en alta mar por la
bonanza. De ellos, solamente de ellos, suelen ocuparse la historia y el
arte, interpretándolos como arquetipos de la Humanidad.
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El hombre que piensa con su propia cabeza y la sombra que re-
fleja los pensamientos ajenos, parecen pertenecer a mundos distintos.
Hombres y sombras: difieren como el cristal y la arcilla.
El cristal tiene una forma preestablecida en su propia composi-
ción química; cristaliza en ella o no, según los casos; pero nunca toma-
rá otra forma que la propia. Al verlo sabemos que lo es,
inconfundiblemente. De igual manera que el hombre superior es siem-
pre uno, en sí, aparte de los demás. Si el clima le es propicio conviérte-
se en núcleo de energías sociales, proyectando sobre el medio sus
características propias, a la manera del cristal que en una solución
saturada provoca nuevas cristalizaciones semejantes a sí mismo, crean-
do formas de su propio sistema geométrico. La arcilla, en cambio,
carece de forma propia y toma la que le .imprimen las circunstancias
exteriores, los seres que la presionan o las cosas que la rodean; conser-
va el rastro de todos los surcos y el hoyo de todos los dedos, como la
cera, como la masilla; será cúbica, esférica o piramidal, según la mo-
delen. Así los caracteres mediocres: sensibles a las coerciones del
medio en que viven, incapaces de servir una fe o una pasión.
Las creencias son el soporte del carácter; el hombre que las posee
firmes y elevadas, lo tiene excelente. Las sombras no creen. La perso-
nalidad está en perpetua evolución y el carácter individual es su delica-
do instrumento; hay que templarlo sin descanso en las fuentes de la
cultura y del amor. Lo que heredamos implica cierta fatalidad, que la
educación corrige y orienta. Los hombres están predestinados a con-
servar su línea propia entre las presiones coercitivas de la sociedad; las
sombras no tienen resistencia, se adaptan a las demás hasta desfigurar-
se, domesticándose. El carácter se expresa por actividades que consti-
tuyen la conducta. Cada ser humano tiene el correspondiente a sus
creencias; si es "firmeza y luz", como dijo el poeta, la firmeza está en
los sólidos cimientos, de su cultura y la luz en su elevación moral.
Los elementos intelectuales no bastan para determinar su orienta-
ción; la febledad del carácter depende tanto de la consistencia moral
como de aquéllos, o más. Sin algún ingenio, es imposible ascender por
los senderos de la virtud; sin alguna virtud son inaccesibles los del
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ingenio. En la acción van de consuno. La fuerza de las creencias está
en no ser puramente racionales; pensamos con el corazón y con la
cabeza. Ellas no implican un conocimiento exacto a de la realidad; son
simples juicios a su respecto, susceptibles de ser corregidos o reempla-
zados. Son instrumentos actuales; cada creencia es una opinión contin-
gente y provisional. Todo juicio implica una afirmación. Toda
negación es, en sí mismo, afirmativa; negar es afirmar una negación.
La actitud es idéntica: se cree lo que se afirma o se niega. Lo contrario
de la afirmación no es la negación, es la duda. Para afirmar o negar es
indispensable creer. Ser alguien es creer intensamente; pensar es creer;
amar es creer; odiar es creer; vivir es creer.
Las creencias son los móviles de toda actividad humana. No ne-
cesitan ser verdades: creemos con anterioridad a todo razonamiento y
cada nueva noción es adquirida a través de creencias ya preformadas.
La duda debiera ser más común, escaseando los criterios de certidum-
bre lógica; la primera actitud, sin embargo, es una adhesión a lo que se
presenta a nuestra experiencia. La manera primitiva de pensar las cosas
consiste en creerlas tales como las sentimos; los niños, los salvajes, los
ignorantes y los espíritus débiles son accesibles a todos los errores,


 

 
 

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