Sea cual fuere, sin embargo, la orientación de su inferioridad
biológica o social, encontramos una pincelada común en todos los
hombres que están bajo el nivel de la mediocridad: la ineptitud cons-
tante para adaptarse a las condiciones que, en cada colectividad huma-
na, limitan la lucha por la vida. Carecen de la aptitud que permite al
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hombre mediocre imitar los prejuicios y las hipocresías de la sociedad
en que vegeta.
VI. FUNCIÓN SOCIAL DE LA VIRTUD
La honestidad es una irritación; la virtud es una originalidad. So-
lamente los virtuosos poseen talento moral y es obra suya cualquier
ascenso hacia la perfección; el rebaño se limita a seguir sus
huellas,
incorporando a la honestidad trivial lo que fue antes virtud de pocos. Y
siempre rebajándola.
Hemos distinguido al delincuente del honesto. Insistimos en que
su honestidad no es la virtud; él se esfuerza por confundirlas, sabiendo
que la segunda le es inaccesible. La virtud es otra cosa. Es activa; ex-
cede infinitamente en variedad, en derechez, en coraje, a las prácticas
rutinarias que libran de la infamia o de la cárcel.
Ser honesto implica someterse a las convenciones corrientes; ser
virtuoso significa a menudo ir contra ellas, exponiéndose a pasar como
enemigo de toda moral el que lo es solamente de ciertos prejuicios
inferiores. Si el sereno ateniense hubiera adulado a sus conciudadanos,
la historia helénica no estaría manchada por su condena y el sabio
no
habría bebido la cicuta; pero no sería Sócrates. Su virtud
consistió en
resistir los prejuicios de los demás. Si pudiéramos vivir entre
dignos y
santos, la opinión ajena podría evitarnos tropiezos y caídas;
pero es
cobardía, viviendo entre atartufados, rebajarse al común nivel
por
miedo a atraer sus iras. Hacer como todos puede implicar avenirse a lo
indigno; el proceso moral tiene como condición resistir al común
des-
canso y adelantarse a su tiempo, como cualquier otro progreso.
Si existiera una moral eterna -y no tantas morales cuantos son los
pueblos- podría tomarse en serio la leyenda bíblica del árbol
cargado
de frutos del bien y del mal. Sólo tendríamos dos tipos de hombres:
el
bueno y el malo, el honesto y el deshonesto, el normal y el inferior, el
moral y el inmoral. Pero no es así. Los juicios del valor se transforman:
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el bien de hoy puede haber sido el mal de ayer, el mal de hoy puede ser
el bien de mañana. Y viceversa.
No es el hombre moralmente mediocre -el honesto- quien deter-
mina las transformaciones de la moral.
Son los virtuosos y los santos, inconfundibles con él. Precursores,
apóstoles, mártires, inventan formas superiores del bien, las
enseñan,
las predican, las imponen. Toda moral futura es un producto de esfuer-
zos individuales, obra de caracteres excelentes que conciben y practi-
can perfecciones inaccesibles al hombre común. En eso consiste el
talento moral, que forja la virtud, y el genio moral, que implica la san-
tidad. Sin estos hombres originales no se concebiría la transformación
de las costumbres: conservaríamos los sentimientos y pasiones de los
primitivos seres humanos. Todo ascenso moral es un esfuerzo del ta-
lento virtuoso hacia la perfección futura; nunca inerte condescendencia
para con el pasado, ni simple acomodación al presente.
La evolución de las virtudes depende de todos los factores mora-
les e intelectuales. El cerebro suele anticiparse al corazón; pero nues-
tros sentimientos influyen más intensamente que nuestras ideas en la
formación de los criterios morales. El hecho es más notorio en
las
sociedades que en los individuos. Ha podido afirmarse que, si resucita-
se un griego o un romano, su cerebro permanecería atónito ante
nuestra
cultura intelectual, pero su corazón podría latir al unísono
con muchos
corazones contemporáneos. Sus ideas sobre el universo, el hombre y
las cosas contrastarían con las nuestras, pero sus sentimientos ajusta-
ríanse en gran parte a las palpitaciones del sentir moderno. En un sigo
cambian las ideas fundamentales de la ciencia y la filoso fía: los senti-
mientos centrales de la moral colectiva sólo sufren leves oscilaciones,
porque los atributos biológicos de la especie humana varían lentamen-
te. Nos fuerzan a sonreír los conocimientos infantiles de los clásicos;
pero sus sentimientos nos conmueven, sus virtudes nos entusiasman,
sus héroes nos admiran y nos parecen honrados por los mismos atri-
butos que hoy nos harían honrarlos. Entonces, como ahora, los hom-
bres ejemplares, aunque de ideas opuestas, practicaban análogas
virtudes frente a los hipócritas de su tiempo. El fondo varía
poco; lo
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que se transmuta incesantemente es la forma, el juicio de valor que le
confiere fuerza ética.
Hay, sin embargo, un progreso moral colectivo. Muchos dogma-
tismos, que antes fueron virtudes, son juzgados más tarde como prejui-
cios. En cada momento histórico coexisten virtudes y prejuicios; el
talento moral practica las primeras; la honestidad se aferra a los segun-
dos. Los grandes virtuosos, cada uno a su modo, combaten por lo mis-
mo, en la forma que su cultura y su temperamento les sugieren.
Aunque por distintos caminos. y partiendo de premisas racionales
antagónicas, todos se proponen mejorar al hombre: son igualmente
