Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

    LIBROS GRATIS

    Libros Gratis
    Libros para Leer Online
    Recetas de Cocina
    Letras de Tangos
    Guia Medica
    Filosofia
    Derecho Privado



enemigos de los vicios de su tiempo.
Los virtuosos no igualan a los santos; la sociedad opone demasia-
dos obstáculos a sus esfuerzos. Pensar la perfección no implica practi-
carla totalmente; basta el firme propósito de marchar hacia ella. Los
que piensan como profetas pueden verse obligados a proceder como
filisteos en muchos de sus actos. La virtud es una tensión real hacia lo
que se concibe como perfección ideal.
El progreso ético es lento, pero seguro. La virtud arrastra y ense-
ña; los honestos se resignan a imitar alguna parte de las excelencias
que practican los virtuosos. Cuando se afirma que somos mejores que
nuestros abuelos, .sólo quiere expresarse que lo somos ante nuestra
moral contemporánea. Fuera más exacto decir que diferimos de ellos.
Sobre las necesidades perennes de la especie, organízanse conceptos de
perfección que varían a través de los tiempos; sobre las necesidades
transitorias de cada sociedad se elabora el arquetipo de virtud más útil
a su progreso. Mientras el ideal absoluto permanece indefinido y ofrece
escasas oscilaciones en el curso de siglos enteros, el concepto concreto
de las virtudes se va plasmando en las variaciones reales de la vida
social; los virtuosos ascienden por mil senderos hacia cumbres que se
alejan, sin cesar, hacia el infinito.
Cada uno de los sentimientos útiles para la vida humana engendra
una virtud, una norma de talento moral. Hay filósofos que meditan
durante largas noches insomnes, sabios que sacrifican su vida en los
laboratorios, patriotas que mueren por la libertad de sus conciudada-
93
nos, altivos que renuncian todo favor que tenga por precio su dignidad,
madres que sufren la miseria custodiando el honor de sus hijos. El
hombre mediocre ignora esas virtudes; se limita a cumplir las leyes por
temor a las penas que amenazan a quien las viola, guardando la honra
por no arrastrar las consecuencias de perderla.
V. LA PEQUEÑA VIRTUD Y EL TALENTO MORAL Así como hay una gama de intelectos, cuyos tonos fundamentales
son la inferioridad, la mediocridad y el talento -aparte del idiotismo y
el genio, que ocupan sus extremos-, hay también una jerarquía moral
representada por términos equivalentes. En el fondo de esas desigual-
dades hay una profunda heterogeneidad de temperamentos. La confor-
mación a los catecismos ajenos resulta fácil para los hombres débiles,
crédulos, timoratos, sin grandes deseos, sin pasiones vehementes, sin
necesidad de independencia, sin irradiación de su personalidad; es
inconcebible, en cambio, en las naturalezas idealistas y fuertes, capaces
de pasiones vivas, bastante intelectuales para no dejarse engañar por la
mentira de los demás. Aquéllos no sufren por la coacción moral del
rebaño, pues la hipocresía es su clima propicio; éstos sufren, luchando
entre sus inclinaciones superiores y el falseado concepto del deber que
impone la sociedad. Se ajustan a él los hombres honestos, pero nunca
se le esclaviza el hombre moralmente superior. "Puede acordársele -
dice Remy de Gourmont- el valor de una moda a la que uno se resigna
por no llamar la atención, pero sin interesar el ser íntimo y sin hacerle
ningún sacrificio profundo".. En esa disconformidad con la hipocresía
colectivamente organizada consiste la virtud, que es individual, a la
contra de sus caricaturas colectivas: en la caridad y en la beneficencia
mundanas la miseria de los corazones tristes alimenta la vanidad de los
cerebros vacíos.
Los temperamentos capaces de virtud difieren por su intensidad.
El primer germen de perfección moral se manifiesta en una decidida
preferencia por el bien: haciéndolo, enseñándolo, admirándolo. La
94
bondad es el primer esfuerzo hacia la virtud; el hombre bueno, esquivo
a las condescendencias permitidas por los hipócritas, lleva en sí una
partícula de santidad. El "buenismo" es la moral de los pequeños vir-
tuosos; su prédica es plausible, siempre que enseñe a evitar la cobardía,
que es su peligro. Algunos excesos de bondad no podrían distinguirse
del envilecimiento; hay falta de justicia en la moral del perdón siste-
mático. Está bien perdonar una vez y sería inicuo no perdonar ninguna;
pero el que perdona dos veces se hace cómplice de los malvados. No
sabemos qué hubiera hecho Cristo si le hubiesen abofeteado la segunda
mejilla que ofreció al que le afrentaba la primera: los escolásticos pre-
fieren no discutir este problema.
Enseñemos a perdonar; pero enseñemos también a no ofender.
Sería más eficiente. Enseñémoslo con el ejemplo, no ofendiendo. Ad-
mitamos que la primera vez se ofende por ignorancia; pero creamos
que la segunda suele ser por villanía. El mal no se corrige con la com-
placencia o la complicidad; es nocivo como los venenos y debe opo-
nérsele antídotos eficaces: la reprobación y el desprecio.
Mientras los hipócritas recetan la austeridad, reservando la indul-
gencia para sí mismos, los pequeños virtuosos prefieren la práctica del
bien a su prédica; evitan los sermones y enaltecen su propia conducta.
Para el prójimo encuentran una disculpa, en la debilidad humana o en
la tentación del medio: "tout comprendre c'est tout pardonner";


 

 
 

Copyright (C) 1996- 2000 Escolar.com, All Rights Reserved. This web site or any pages within may not be reporoduced without express written permission