Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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nente la vida en sociedad. Pasan por nuestro lado impertérritos y som-
bríos, llevando sobre sus frentes fugitivas el estigma de su destino
involuntario y en los mudos labios la mueca oblicua del que escruta a
sus semejantes con ojo enemigo. Parecen ignorar que son las víctimas
de un complejo determinismo, superior a todo freno ético; súmanse en
ellos los desequilibrios transfundidos por una herencia malsana, las
deformes configuraciones morales plasmadas en el medio social y las
mil circunstancias ineludibles que atraviésanse al azar en su existencia.
La ciénaga en que chapalean su conducta asfixia los gérmenes posibles
de todo sentido moral, desarticulando los últimos prejuicios que los
vinculan al solidario consocio de los mediocres. Viven adaptados a una
moral aparte, con panoramas de sombrías perspectivas, esquivando los
valores luminosos y escurriéndose entre las penumbras más densas;
fermentan en el agitado aturdimiento de la grandes ciudades modernas,
retoñan en todas las grietas del edificio social y conspiran sordamente
contra su estabilidad, ajenos a las normase de conducta características
del hombre mediocre, eminentemente conservador y disciplinado. La
imaginación nos permite alinear sus torvas siluetas sobre un lejano
horizonte donde la lobreguez crepuscular vuelca sus tonos violentos de
oro y de púrpura, de incendio y de hemorragia: desfile de macabra
legión que marcha atropelladamente hacia la ignominia. 88
En esa pléyade anormal culminan los fronterizos del delito, cuya
virulencia crece por su impunidad ante la ley.
Su débil sentido moral les impide conservar intachable su con-
ducta, sin caer por ello en plena delincuencia: son los imbéciles de la
honestidad, distintos del idiota moral que rueda a la cárcel. No son
delincuentes. pero son incapaces de mantenerse honestos; pobres espí-
ritus de carácter claudicante y voluntad relajada, no saben poner vallas
seguras a los factores ocasionales, a las sugestiones del medio, a la
tentación del lucro fácil, al contagio imitativo. Viven solicitados por
tendencias opuestas, oscilando entre el bien y el mal, como el asno de
Buridán. Son caracteres conformados minuto por minuto en el molde
inestable de las circunstancias. Ora son auxiliares a medias por incapa-
cidad de ejecutar un plan completo de conducta antisocial, ora tienen
suficiente astucia y previsión para llegar al borde mismo del manico-
mio y de la cárcel, sin caer. Estos sujetos de moralidad incompleta,
larvada, accidental o alternante, representan las etapas de la transición
entre la honestidad y el delito. la zona de interferencia entre el bien y el
mal, socialmente considerados. Carecen del equilibrismo oportunista
que salva del naufragio a otros mediocres.
Un estigma irrevocable impídeles conformar sus sentimientos a
los criterios morales de su sociedad. En algunos es producto del tempe-
ramento nativo; pululan en las cárceles y viven como enemigos dentro
de la sociedad que los hospeda. En muchos la degeneración moral es
adquirida, fruto de la educación; en ciertos casos deriva de la lucha por
la vida en un medio social desfavorable a su esfuerzo; son mediocres
desorganizados, caídos en la ciénaga por obra del azar, capaces de
comprender su desventura y avergonzarse de ella, como la fiera que ha
errado el salto. En otros hay una inversión de los valores éticos, una
perturbación del juicio que impide medir el bien y el mal con el carta-
bón aceptado por la sociedad: son invertidos morales;, ineptos para
estimar la honestidad y el vicio. Inestables hay, por fin. cuyo carácter
revela una ausencia de sólidos cimientos que los aseguren contra el
oscilante vaivén de los apremios materiales y la alternativa inquietante
de las tentaciones deshonestas. Esos inválidos no sienten la coerción
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social; su moralidad inferior bordejea en el vicio hasta el momento de
encallar en el delito.
Estos inadaptables son moralmente inferiores al hombre medio-
cre. Sus matices son variados: actúan en la sociedad como los insectos
dañinos en la naturaleza.
El rebaño teme a esos violadores de su hipocresía. Los prudentes
no les perdonan el impudor de su infamia y organizan contra ellos una
compleja armazón defensiva de códigos, jueces y prestigios; a través
de siglos y de siglos su esfuerzo ha sido ineficaz. Constituyen una
horda extranjera y hostil dentro de su propio terruño, audaz en la ase-
chanza, embozada en el procedimiento, infatigable en la tramitación
aleve de sus programas trágicos. Algunos confían su vanidad al filo de
la cuchilla subrepticia, siempre alerta para blandirla con fulgurante
presteza contra el corazón o la espalda; otros deslizan furtivamente su
ágil garra sobre el oro o la lema que estimulan su avidez con seduccio-
nes irresistibles; éstos violentan, como infantiles juguetes, los obstá-
culos con que la prudencia del burgués custodia el tesoro acumulado en
interminables etapas de ahorro y de sacrificio; aquéllos denigran vírge-
nes inocentes para lucrar, ofreciendo los encantos de su cuerpo venusto
a la insaciable lujuria de sensuales y libertinos; muchos succionan la
entraña de la miseria, en inverosímiles aritméticas de usura, como
tenias solitarias que nutren su inextinguible voracidad en los jugos
icorosos del intestino social enfermo; otros captan conciencias inex-
pertas para explotar los riquísimos filones de la ignorancia y el fana-
tismo. Todos son equivalentes en el desempeño de su parasitaria
función antisocial, idénticos en la inadaptación de sus sentimientos
más elementales. Converge en ellos una inveterada promiscuación de
instintos y de perversiones que hace de cada conciencia una pústula,
arrastrándolos a malvivir del vicio y del delito.


 

 
 

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