Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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su impo-
tencia para la virtud se equivalen. Son simples be neficiarios de la
mediocridad moral que les rodea. No son asesinos, pero no son héroes;
no roban, pero no dan media capa al desvalido; no son traidores, pero
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no son leales; no asaltan en descubierto, pero no defienden al asaltado;
no violan vírgenes, pero no redimen caídas; no conspiran contra la
sociedad, pero no cooperan al común engrandecimiento.
Frente a la honestidad hipócrita -propia de mentes rutitinarias y
de caracteres domesticados-, existe una heráldica moral cuyos blasones
son la virtud y la santidad. Es la antítesis de la tímida obsecuencia a los
prejuicios que paraliza el corazón de los temperamentos vulgares y
degenera en esa apoteosis de la frialdad sentimental que caracteriza la
irrupción de todas las burguesías. La virtud quiere fe, entusiasmo,
pasión, arrojo: de ellos vive. Los quiere en la intención y en las obras.
No hay virtud cuando los actos desmienten las palabras, ni cabe noble-
za donde la intención se arrastra. Por eso la mediocridad moral es más
nociva en los hombres conspicuos y en las clases privilegiadas. El
sabio que traiciona su verdad, el filósofo que vive fuera de su moral y
el noble que deshonra su cuna, descienden a la más ignominiosa de las
villanías; son menos disculpables que, cl truhán encenagado en el de-
lito. Los privilegios de la cultura y del nacimiento imponen al que los
disfruta una lealtad ejemplar para consigo mismo. La nobleza que no
está en nuestro afán de perfección es inútil que perdure en ridículos
abolengos y pergaminos; noble es el que revela en sus actos un respeto
por su rango y no el que alega su alcurnia para justificar actos innobles.
Por la virtud, nunca por la honestidad, se miden los valores de la aris-
tocracia moral.
III. LOS TRÁNSFUGAS DE LA HONESTIDAD Mientras el hipócrita merodea en la penumbra, el inválido moral
se refugia en la tiniebla. En el crepúsculo medra el vicio, que la medio-
cridad ampara; en la noche irrumpe el delito, reprimido por leyes que
la sociedad forja. Desde la hipocresía consentida hasta el crimen casti-
gado, la transición es insensible; la noche se incuba en el crepúsculo.
De la honestidad convencional se pasa a la infamia gradualmente, por 86
matices leves y concesiones sutiles. En eso está el peligro de la con-
ducta acomodaticia y vacilante.
Los tránsfugas de la moral son rebeldes a la domesticación; des-
precian la prudente cobardía de Tartufo. Ignoran su equilibrismo, no
saben simular, agreden los principios consagrados; y como la sociedad
no puede tolerarlos sin comprometer su propia existencia, ellos tienden
sus guerrillas contra ese mismo orden de cosas cuya custodia obsesiona
a los mediocres.
Comparado con el inválido moral, el hombre honesto parece una
alhaja. Esa distinción es necesaria; hay que hacerla en su favor, seguros
de que él la reputará honrosa. Si es incapaz de ideal, también lo es de
crimen desembozado; sabe disfrazar sus instintos, encubre el vicio,
elude el delito penado por las leyes. En los otros, en cambio, toda per-
versidad brota a flor de piel, como una erupción pustulosa; son incapa-
ces de sostenerse en la hipocresía, como los idiotas lo son de
embalsarse en la rutina. Los honestos se esfuerzan por merecer el pur-
gatorio; los delincuentes se han decidido por el infierno embistiendo
sin escrúpulos ni remordimientos contra la armazón de prejuicios y
leyes que la sociedad les opone.
Cada agregado humano cree que "la" verdadera moral es "su mo-
ral", olvidando que hay tantas como rebaños de hombres. Se es infame,
vicioso, honesto o virtuoso, en el tiempo y en el espacio. Cada "moral"
es una medida oportuna y convencional de los actos que constituyen la
conducta humana; no tiene existencia esotérica, como no la tendría la
"sociedad" abstractamente considerada.
Sus cánones son relativos y se transforman obedeciendo al enma-
rañado determinismo de la evolución social. En cada ambiente y en
cada época existe un criterio medio que sanciona como buenos o ma-
los, honestos o delictuosos, permitidos o inadmisibles, los actos indivi-
duales que son útiles o nocivos a la vida colectiva. En cada momento
histórico ese criterio es la subestructura de la moral, variable siempre.
Los delincuentes son individuos incapaces de adaptar su conducta
a la moralidad media de la sociedad en que viven. Son inferiores; tie-
nen el "alma de la especie", pero no adquieren el "alma social". Diver-
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gen de la mediocridad, pero en sentido opuesto a los hombres exce-
lentes, cuyas variaciones originales determinan una desadaptación
evolutiva en el sentido de la perfección.
Son innúmeros. Todas las formas corrosivas de la degeneración
desfilan en ese calidoscopio, como si al conjuro de un maléfico exor-
cismo se convirtieran en pavorosa realidad los más sórdidos ciclos de
un infierno dantesco: parásitos de la escoria social, fronterizos de la
infamia, comensales del vicio y de la deshonra, tristes que se mueven
acicateados por sentimientos anormales, espíritus que sobrellevan la
fatalidad de herencias enfermizas y sufren la carcoma inexorable de las
miserias ambientes.
Irreductibles e indomesticables, aceptan como un duelo perma-


 

 
 

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