Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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de su ayer y piensan en cosas nobles para su mañana, los hipócritas se
repliegan sobre si mismos, sin darse, sin gastarse, retrayéndose, atro-
fiándose. Su falta de intimidades les impide toda expansión, obsesio-
nados por el temor de que su conciencia moral asome a la superficie.
Saben que bastaría una leve brisa para descorrer su livianísimo velo de
virtud. No pudiendo confiar en nadie, viven cégando las fuentes de su
propio corazón: no sienten la raza, la patria, la clase, la familia, ni la
amistad, aunque saben mentirlas para explotarlas mejor. Ajenos a todo
y a todos, pierden el sentimiento de la solidaridad social, hasta caer en
sórdidas caricaturas del egoísmo. El hipócrita mide su generosidad por
las ventajas que de ella obtiene; concibe la beneficencia como una
industria lucrativa para su reputación. Antes de dar, investiga si tendrá
notoriedad su donativo; figura en primera línea en todas las suscripcio-
nes públicas, pero no abriría su mano en la sombra. Invierte su dinero
en un bazar de caridad, como si comprara acciones de una empresa;
eso no le impide ejercer la usura en privado o sacar provecho del ham-
bre ajena.
Su indiferencia al mal del prójimo puede arrastrarle a complici-
dades indignas. Para satisfacer alguno de sus apetitos no vacilará ante
grises intrigas, sin preocuparse de que ellas tengan consecuencias im-
previstas. Una palabra del hipócrita basta para enemistar a dos amigos
o para distanciar a dos amante. Sus armas son poderosas por lo invisi-
bles; con una sospecha falsa puede envenenar una felicidad, destruir
una armonía, quebrar ,una concordancia. Su apego a la mentira le hace
acoger benévolamente cualquier infamia, desenvolviéndola hasta lo
infinito, subterráneamente, sin ver el rumbo ni medir cuán hondo, tan
irresponsable como esas alimañas que cavan al azar sus madrigueras,
cortando las raíces de las flores más delicadas.
Indigno de la confianza ajena, el hipócrita vive desconfiando de
todos, hasta caer en el supremo infortunio de la susceptibilidad. Un
terror ansioso le acoquina frente a los hombres sinceros, creyendo
escuchar en cada palabra un reproche merecido; no hay en ello digni-
dad, sino remordimiento. En vano pretendería engañarse a sí mismo,
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confundiendo la susceptibilidad con la delicadeza; aquélla nace del
miedo y ésta es hija del orgullo.
Difieren como la cobardía y la prudencia, como el cinismo y la
sinceridad. La desconfianza del hipócrita es una caricatura de la deli-
cadeza del orgulloso. Este sentimiento puede tornar susceptible al
hombre de méritos excelente toda vez que desdeña dignidades cuyo
precio es el servilismo y cuyo camino es la adulación; el hombre digno
exige entonces respeto para ese valor moral que no manifiesta por los
modos vulgares de la protesta estéril, pero ello le aparta para siempre
de los hipócritas domesticados. Es raro el caso. Frecuentísima es, en
cambio, la susceptibilidad del hipócrita, que teme verse desenmascara-
do por los sinceros.
Sería extraño que conservara esa delicadeza, única sobreviviente
al naufragio de las demás. El hábito de fingir es incompatible con esos
matices del orgullo; la mentira es opaca a cualquier resplandor de dig-
nidad. La conducta de los tartufos no puede conservarse adamantina;
los expedientes equívocos se encadenan hasta ahogar los últimos es-
crúpulos. A fuerza de pedir a los demás sus prejuicios, endeudándose
moralmente con la sociedad, pierden el temor de pedir otros favores y
bienes materiales, olvidando que las deudas torpemente acumuladas
esclavizan al hombre. Cada préstamo no devuelto es un nuevo eslabón
remachado a su cadena; se les hace imposible vivir dignamente en una
ciudad donde hay calles que no pueden cruzar y entre personas cuya
mirada no sabrían sostener. La mentira y la hipocresía convergen a
estos renunciamientos, quitando al hombre su independencia. Las deu-
das contraídas por vanidad o por vicio obligan a fingir y engañar; el
que las acumula renuncia a toda dignidad.
Hay otras consecuencias del tartufismo. El hombre dúctil a la
intriga se priva del cariño ingenuo. Suele tener cómplices, pero no
tiene amigos; la hipocresía no ata por el corazón, sino por el interés.
Los hipócritas, forzosamente utilitarios y oportunistas, están siempre
dispuestos a traicionar sus principios en homenaje a un beneficio in-
mediato; eso les veda la amistad con espíritus superiores. El gentil
hombre tiene siempre un enemigo en ellos, pues la reciprocidad de
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sentimientos sólo es posible entre iguales; no puede entregarse nunca a
su amistad, pues acecharán la ocasión para afrentarlo con alguna infa-
mia, vengando su propia inferioridad. La Bruyére escribió una máxima
imperecedera: "En la amistad desinteresada hay placeres que no pue-
den alcanzar los que nacieron mediocres"; éstos necesitan cómplices,
buscándolos entre los que conocen esos secretos resortes descritos
como una simple solidaridad en el mal. Si el hombre sincero se entre-
ga, ellos aguardan la hora propicia para traicionarlo; por eso la amistad
es difícil para los grandes espíritus y éstos no prodigan su intimidad


 

 
 

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