dición fundamental de la virtud. Olvidan la sentencia multisecular de
Apolonio: "De siervos es mentir, de libres decir verdad". Por eso
el
hipócrita está predispuesto a adquirir sentimientos serviles.
Es el laca-
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yo de los que le rodean, el esclavo de mil amos, de un millón de amos,
de todos los cómplices de su mediocridad.
El que miente es traidor: sus víctimas le escuchan suponiendo que
dice la verdad. El mentiroso conspira contra la quietud ajena, falta al
respeto a todos, siembra la inseguridad y la desconfianza. Con mirar
ojizaino persigue a los sinceros, creyéndolos sus enemigos naturales.
Aborrece la sinceridad. Dice que ella es la fuente de escándalo y anar-
quía, como si pudiera culparse a la escoba de que exista la suciedad.
En el fondo sospecha que el hombre sincero es fuerte e indivi-
dualista. fincando en ello su altivez inquebrantable, pues su oposición
a
la hipocresía es una actitud de resistencia al mal que le acosa por todas
partes. Se defiende contra la domesticación v el descenso común.
Y
dice su verdad como puede, cuando puede, donde puede. Pero la sabe
decir. Muchos santos enseñaron a morir por ella.
El disfraz sirve al débil; sólo se finge lo que se cree no tener.
Ha-
blan más de la nobleza los nietos de truhanes; la virtud suele danzar
en
labios desvergonzados; la altivez sirve de estribillo a los envilecidos; la
caballerosidad es la ganzúa de los estafadores; la temperancia figura
en
el catecismo de los viciosos. Suponen que de tanto oropel se adherirá
alguna partícula a su sombra. Y, en efecto, ésta se va modificando
en la
constante labor; la máscara es benéfica en las mediocracias contempo-
ráneas, magüer los que la usen carezcan de autoridad moral ante
los
hombres virtuosos. Éstos no creen al hipócrita, descubierto una
vez; no
le creen nunca. ni pueden dejar de creerle cuando sospechan que
miente: quien es desleal con la verdad no tiene por qué ser leal con
la
mentira.
El hábito de la ficción desmorona a los caracteres hipócritas,
ver-
tiginosamente, como si cada nueva mentira los empujara hacia el pre-
cipicio; nada detiene a una avalancha en la pendiente. Su vida se
polariza en esa abyecta honestidad por cálculo que es simple sublima-
ción del vicio. El culto de las apariencias lleva a desdeñar la
realidad.
El hipócrita no aspira a ser virtuoso, sino a parecerlo; no admira intrín-
secamente la virtud, quiere ser contado entre los virtuosos por las pre-
bendas y honores que tal condición puede reportarle. Faltándole
la
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osadía de practicar el mal, a que está inclinado, conténtase
con sugerir
que oculta sus virtudes por modestia; pero jamás consigue usar con
desenvoltura el antifaz. Sus manejos asoman por alguna parte, como
las clásicas orejas bajo la corona de Midas. La virtud y el mérito
son
incompatibles con el tartufismo; la observación induce a desconfiar de
las virtudes misteriosas. Ya enseñaba Horacio que "la virtud oculta
difiere poco de la oscura holgazanería" (Od. IV, 9, 29).
No teniendo valor para la verdad es imposible tenerlo para la jus-
ticia. En vano los hipócritas viven jactándose de una gran ecuanimidad
y procurando prestigios catonianos: su prudente cobardía les impide ser
jueces toda vez que puedan comprometerse con un fallo. Prefieren
tartajear sentencias bilaterales y ambiguas, diciendo que hay luz y
sombra en todas las cosas; no lo hacen, empero, por filosofía, sino por
incapacidad de responsabilizarse de sus juicios. Dicen que éstos deben
ser relativos, aunque en lo íntimo de su mollera creen infalibles sus
opiniones. No osan proclamar su propia suficiencia; prefieren avanzar
en la vida sin más brújula que el éxito, ofreciendo el
flanco y borde-
jeando, esquivos a poner la proa hacia el más leve obstáculo.
Los hom-
bres rectos son objeto de su acendrado rencor, pues con su rectitud
humillan a los oblicuos; pero éstos no confiesan su cobardía y
sonríen
servilmente a las miradas que los torturan, aunque sienten el vejamen:
se contraen a estudiar los defectos de los hombres virtuosos para filtrar
pérfidos venenos en el homenaje que a todas horas están obligados
a
tributarles. Difaman sordamente; traicionan siempre, como los escla-
vos, como los híbridos que traen en las venas sangre servil. Hay que
temblar cuando sonríen: vienen tanteando la empuñadura de algún
estilete oculto bajo su capa.
El hipócrita entibia toda amistad con sus dobleces: nadie puede
confiar en su ambigüedad recalcitrante. Día por día afloja
sus anasto-
mosis con las personas que le rodean; su sensibilidad escasa impídele
caldearse en la ternura ajena y. su afectividad va palideciendo como
una planta que no recibe sol, agostado el corazón en un invierno pre-
maturo. Sólo piensa en sí mismo, y ésa es su pobreza suprema.
Sus
sentimientos se marchitan en los invernáculos de la mentira y de la
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vanidad. Mientras los caracteres dignos crecen en un perpetuo olvido
