sas. Atafagado por preceptos que entiende mal, su moralidad parece un
pelele hueco; por eso, para conducirse, necesita la muleta de alguna
religión. Prefiere las que afirman la existencia del purgatorio y ofrecen
redimir las culpas por dinero. Esa aritmética de ultratumba le permite
disfrutar más tranquilamente los beneficios de su hipocresía;
su reli-
gión es una actitud y no un sentimiento. Por eso suele exagerarla: es
fanático. En los santos y en los virtuosos, la religión y la moral
pueden
correr parejas; en los hipócritas, la conducta baila en compás
distinto
del que marcan los mandamientos.
Las mejores máximas teóricas pueden convertirse en acciones
abominables; cuanto más se pudre la moral práctica, tanto mayor
es el
esfuerzo por rejuvenecerla con harapos de dogmatismo. Por eso es
declamatoria y suntuosa la retórica de Tartufo, arquetipo del género,
cuya creación pone a Moliére entre los más geniales psicólogos
de
todos los tiempos. No olvidemos la historia de ese oblicuo devoto a
quien el sincero Orgon recoge piadosamente y que sugestiona a toda su
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familia. Cleanto, un joven, se atreve a desconfiar de él; Tartufo consi-
gue que Orgon expulse de su hogar a ese mal hijo y se hace legar sus
bienes. Y no basta: intenta seducir a la consorte de su huésped. Para
desenmascarar tanta infamia, su esposa se resigna a celebrar con Tartu-
fo una entrevista, a la que Orgon asiste oculto. El hipócrita, creyéndose
solo, expone los principios de su casuística perversa; hay acciones
prohibidas por el cielo, pero es fácil arreglar con él estas contabilida-
des; según convenga pueden aflojarse las ligaduras de la conciencia,
rectificando la maldad de los actos con la pureza de las doctrinas. Y
para retratarse de una vez, agrega:
En fin, votre scrupule est facile á détruire:
Vous étes assurée ici d'un plein secret,
Et le anal n'est jamais que dans l'éclat qu'on fait; Le
scandale du monde est ce que fait l'offenre
Et ce n'est pas pécher que pécher en silence 1.
Ésa es la moral de la hipocresía jesuítica, sintetizada
en cinco ver-
sos, que son su pentateuco.
La del hombre virtuoso es otra: está en la intención y en el fin
de
las acciones, en los hechos mejor que en las palabras, en la conducta
ejemplar y no en la oratoria untuosa. Sócrates y Cristo fueron virtuoso.,
contra la religión de su tiempo; los dos murieron a planos de fanatis-
mos que estaban ya divorciados de toda moral. La santidad está siem-
pre fuera de la hipocresía colectiva. La exageración materialista
de las
ceremonias suele coincidir con la aniquilación de todos los idealismos
en las naciones y en las razas; la historia la señala en la decadencia
de
las castas gobernantes y dice que el loyolismo apuntala siempre su
degeneración moral. En esas horas de crisis, la fe agoniza en, el fana-
tismo decrépito y alienta formidablemente en los ideales que renacen
frente a él, irrespetuosos, demoledores, aunque predestinados con fre-
cuencia a caer en nuevos fanatismos y a oponerse a ideales venideros.
El hipócrita está constreñido a guardar las apariencias,
con tanto
afán como pone el virtuoso en cuidar sus ideales. Conoce de memoria
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los pasajes pertinentes del Sartor Resartus; por ellos admira a Carlyle,
tanto como otros por su culto a Los héroes. El respeto de las formas
hace que los hipócritas de cada época y país adquieran
rasgos comu-
nes; hay una "manera" peculiar que trasunta el tartufismo en
1 Finalmente, vuestro escrúpulo es fácil de destruir: Estáis
asegurada
aquí de, un pleno secreto, y el mal no está más que, en
el ruido que se hace; el
escándalo del mundo es lo que hace la ofensa y no, es pecar pecar en
silencio.
todos sus adeptos, como hay "algo" que denuncia el parentesco entre
los afiliados a una tendencia artística o escuela literaria. Ese estigma
común a los hipócritas, que permite reconocerlos no obstante los
mati-
ces individuales impuestos por el rango o la fortuna, es su profunda
animadversión a la verdad.
La hipocresía es más honda que la mentira: ésta puede ser
acci-
dental, aquélla es permanente. El hipócrita transforma su vida
entera en
una mentira metódicamente organizada. Hace lo contrario de lo que
dice, toda vez que ello le reporte un beneficio inmediato; vive traicio-
nando con sus palabras, como esos poetas que disfrazan con largas
crenchas la cortedad de su inspiración. El hábito de la mentira
paraliza
los labios del hipócrita cuando llega la hora de pronunciar una verdad.
Así como la pereza es la clave de la rutina y la avidez es móvil
del servilismo, la mentira es el prodigioso instrumento de la hipocresía.
Nunca ha escuchado la Humanidad palabras más nobles que algunas de
Tartufo; pero jamás un hombre ha producido acciones más disconfor-
mes con ellas. Sea cual fuere su rango social, en la privanza o en la
proscripción, en la opulencia o en la miseria, el hipócrita está
siempre
dispuesto a adular a los poderosos y a engañar a los humildes, mintien-
do a entrambos. El que se acostumbra a pronunciar palabras falsas,
acaba por faltar a la propia sin repugnancia, perdiendo toda noción de
lealtad consigo mismo. Los hipócritas ignoran que la verdad es la con-
