cuando se elevan demasiado sobre el nivel común. Los hombres emi-
nentes necesitan disponer de infinita sensibilidad y tolerancia para
entregarse; cuando lo hacen, nada pone límites a su ternura y devoción.
Entre nobles caracteres la amistad crece despacio y prospera mejor
cuando arraiga en el reconocimiento de los méritos recíprocos;
entre
hombres vulgares crece inmotivadamente, pero permanece raquítica,
fundándose a menudo en la complicidad del vicio o de la intriga. Por
eso la política puede crear cómplices, pero nunca amigos; muchas
veces lleva a cambiar éstos por aquéllos, olvidando que cambiarlos
con
frecuencia equivale a no tenerlos. Mientras en los hipócritas las com-
plicidades se extinguen con el interés que las determina, en los caracte-
res leales la amistad dura tanto como los méritos que la inspiran.
Siendo desleal, el hipócrita es también ingrato. Invierte las
fór-
mulas del reconocimiento: aspira a la divulgación de los favores que
hace, sin ser por ello sensible a los que recibe. Multiplica por mil lo
que da y divide por un millón lo que acepta. Ignora la gratitud -virtud
de elegidos-, inquebrantable cadena remachada para siempre en los
corazones sensibles por los que saben dar a tiempo y cerrando los ojos.
A veces resulta ingrato sin saberlo, por simple error de su contabilidad
sentimental. Para evitar la ingratitud ajena sólo se le ocurre no hacer
el
bien: cumple su decisión sin esfuerzo, limitándose a practicar
sus for-
mas ostensibles, en la proporción que puede convenir a su sombra. Sus
sentimientos son otros: el hipócrita sabe que puede seguir siendo ho-
nesto aunque practique el mal con disimulo y con desenfado la ingra-
titud.
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La psicología de Tartufo sería incompleta si olvidáramos
que co-
loca en lo más hermético de sus tabernáculos todo lo que
anuncia el
florecer de pasiones inherentes a la condición humana. Frente al pudor
instintivo, casto por definición, los hipócritas han organizado
un pudor
convencional, impúdico y corrosivo. La capacidad de amar, cuyas
efervescencias santifican la vida misma, eternizándola, les parece in-
confesable, como si el contacto de dos bocas amantes fuera menos
natural que el beso del sol cuando enciende las corolas de las flores.
Mantienen oculto y misterioso todo lo concerniente al amor, como si el
convertirlo en delito no acicateara la tentación de los castos; pero
esa
pudibundez visible no les prohibe ensayar invisiblemente las abyeccio-
nes más torpes. Se escandalizan de la pasión sin renunciar al
vicio,
limitándose a disfrazarlo o encubrirlo. Encuentran que el mal no está
en las cosas mismas, sino en las apariencias, formándose una moral
para sí y otra para los demás, como esas casadas que presumen
de
honestas aunque tengan tres amantes y repudian a la doncella que ama
a un solo hombre sin tener marido.
No tiene límites esta escabrosa frontera de la hipocresía. Celosos
catones de las costumbres, persiguen las más puras exhibiciones de
belleza artística. Pondrían una hoja de parra en la mano de la
Venus
Medicea, como otrora injuriaron telas y estatuas para velar las más
divinas desnudeces de Grecia y del Renacimiento. Confunden la castí-
sima armonía de la belleza plástica con la intención obscena
que los
asalta al contemplarla. No advierten que la perversidad está siempre
en
ellos, nunca en la obra de arte.
El pudor de los hipócritas es la peluca de su calvicie moral.
II. EL HOMBRE HONESTO:
La mediocridad moral es impotencia para la virtud la cobardía pa-
ra el vicio. Si hay mentes que parecen maniquíes articulados con ruti-
nas, abundan corazones semejantes a mongolfieras infladas de
prejuicios. El hombre honesto puede temer el crimen sin admirar la
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santidad: es incapaz de iniciativa para entrambos. La garra del pasado
ásele el corazón, estrujándole en germen todo anhelo de
perfecciona-
miento futuro. Sus prejuicios son los documentos arqueológicos de la
psicología social: residuos de virtudes crepusculares, supervivencias
de
morales extinguidas.
Las mediocracias de todos los tiempos son enemigas del hombre
virtuoso: prefieren al honesto y lo encumbran como ejemplo. Hay en
ello implícito un error, o mentira, que conviene disipar. Honestidad
no
es virtud, aunque tampoco sea vicio. Se puede ser honesto sin sentir un
afán de perfección; sobra para ello con no ostentar el mal, lo
que no
basta para ser virtuoso. Entre el vicio, que es una acra, y la virtud, que
es una excelencia, fluctúa la honestidad.
La virtud eleva sobre la moral corriente: implica cierta aristocra-
cia del corazón, propia del talento moral; el virtuoso se anticipa a
algu-
na forma de perfección futura y le sacrifica los automatismos
consolidados por el hábito.
El honesto, en cambio, es pasivo, circunstancia que le asigna un
nivel moral superior al vicioso, aunque permanece por debajo de quien
practica activamente alguna virtud y orienta su vida hacia algún ideal.
Limitándose a respetar los prejuicios que le asfixian, mide la moral
