El
uno se mendiga; la otra se conquista.
Es despreciable todo cortesano de la mediocracia en que vive;
triunfa humillándose, reptando, a hurtadillas, en la sombra, disfrazado,
apuntalándose en la complicidad de innumerables similares. El hombre
de mérito se adelanta a su tiempo, la pupila puesta en un ideal; se im-
pone dominando, iluminando, fustigando, en plena luz, a cara des-
cubierta, sin humillarse, ajeno a todos los embozamientos del servilis-
mo y de la intriga.
La popularidad tiene peligros. Cuando la multitud clava sus ojos
por vez primera en un hombre y le aplaude, la lucha empieza: desgra-
ciado quien se olvida de sí mismo para pensar solamente en los demás.
Hay que poner más lejos la intención y la esperanza, resistiendo
las
tentaciones del aplauso inmediato; la gloria es más difícil, pero
más
digna.
67
La vanidad empuja al hombre vulgar a perseguir un empleo ex-
pectable en la administración del Estado, indignamente si es necesario;
sabe que su sombra lo necesita. El hombre excelente se reconoce por-
que es capaz de renunciar a toda prebenda que tenga por precio una
partícula de su dignidad. El genio se mueve en su órbita propia,
sin
esperar sanciones ficticias de orden político, académico o mundano;
se
revela por la perennidad de su irradiación, como si fuera su vida un
perpetuo amanecer.
El que flota en la atmósfera como una nube, sostenido por el
viento de la complicidad ajena, puede abocadar por la adulación lo que
otros deberían recibir por sus aptitudes; pero quien obtiene favores
sin
tener méritos, debe temblar: fracasará después, cien veces,
en cada
cambio de viento. Los nobles ingenios sólo confían en sí
mismos,
luchan, salvan los obstáculos, se imponen. Sus caminos son propia-
mente suyos; mientras el mediocre se entrega al error colectivo que le
arrastra, el superior va contra él con energías inagotables, hasta
despe-
jar su ruta.
Merecido o no, el éxito es el alcohol de los que combaten. La
primera vez embriaga; el espíritu se aviene a él insensiblemente;
des-
pués se convierte en imprescindible necesidad. El primero, grande o
pequeño, es perturbador. Se siente una indecisión extraña,
un cosqui-
lleo moral que deleita y molesta al mismo tiempo, como la emoción del
adolescente que se encuentra a solas por vez primera con una mujer
amada: emoción tierna y violenta, estimula e inhibe a la vez, instiga
y
amilana.
Mirar de frente al éxito, equivale a asomarse a un precipicio: se
retrocede a tiempo o se cae en él para siempre. Es un abismo irresisti-
ble, como una boca juvenil que invita al beso; pocos retroceden. Inme-
recido, es un castigo, un filtro que envenena la vanidad y hace infeliz
para siempre; el hombre superior, en cambio, acepta como simple
anticipación de la gloria ese pequeño tributo de la mediocridad,
vasalla
de sus méritos.
Se presenta bajo cien aspectos, tienta de mil maneras. Nace por
un accidente inesperado, llega por senderos invisibles. Basta el simple
68
elogio de un maestro estimado, el aplauso ocasional de una multitud, la
conquista fácil de una hermosa mujer; todos se equivalen, embriagan lo
mismo. Corriendo el tiempo, tórnase imposible eludir el hábito
de esta
embriaguez; lo único difícil es iniciar la costumbre, como para
todos
los vicios. Después no se puede vivir sin el tósigo vivificador
y esa
ansiedad atormenta la existencia del que no tiene alas para ascender sin
la ayuda de cómplices y de pilotos. Para el hombre acomodaticio hay
una certidumbre absoluta: sus éxitos son ilusorios y fugaces, por humi-
llante que le haya sido obtenerlos. Ignorando que el árbol espiritual
tiene frutos, se preocupa por cosechar la hojarasca; vive de lo aleatorio,
acechando las ocasiones propicias.
Los grandes cerebros ascienden por la senda exclusiva del mérito;
o por ninguna. Saben que en las mediocracias se suelen seguir otros
caminos; por eso no se sienten nunca vencidos, ni sufren de un con-
traste más de lo que gozan de un éxito; ambos son obra de los
demás.
La gloria depende de ellos mimos. El éxito les parece un simple reco-
nocimiento de su derecho, un impuesto de admiración que se les paga
en vida. Taine conoció en su juventud el goce del maestro que ve con-
currir a sus lecciones un tropel de alumnos; Mozart ha narrado las
delicias del compositor cuyas melodías vuelven a los labios del tran-
seúnte que silba para darse valor al atravesar de noche una encrucijada
solitaria; Musset confiesa que fue una de sus grandes voluptuosidades
oír sus versos recitados por mujeres bellas; Castelar comentó
la emo-
ción del orador que escucha el aplauso frenético tributado por
miles de
hombres. El fenómeno es común, sin ser nuevo. Julio César,
al histo-
riar sus campañas, trasunta la ebriedad salvaje del que conquista pue-
blos y aniquila hordas; los biógrafos de Beethoven narran su impresión
profunda cuando se volvió a contemplar las ovaciones que su sordera
