Si estos basiliscos parlantes poseen algún barniz de cultura, pre-
tenden encubrir su infamia con el pabellón de la espiritualidad. Vana
esperanza; están condenados a perseguir la gracia y tropezar con la
perfidia. Su burla no es sonrisa, es mueca. El ejercicio puede tornarles
fácil la malignidad zumbona, pero ella no se confunde con la ironía
sagaz y justa. La ironía es la perfección del ingenio, una convergencia
de intención y de sonrisa aguda en la oportunidad y justa en la medida;
es un cronómetro, no anda mucho, sino con precisión. Eso lo ignora
el
mediocre. Lees más fácil ridiculizar una sublime acción
que imitarla.
En las sobremesas subalternas su dicacidad urticante puede confundir-
se con la gracia, mientras le ampara la complicidad maldiciente; pero
fáltale el aticismo sano del que todo perdona en fuerza de compren-
derlo todo y esa inteligencia cristalina que permite descifrar la verdad
en la entraña misma de las cosas que el vaivén mundano somete
a
nuestra experiencia. Esos oficios tienen malignidades perversas por su
misma falta de hidalguía; disfrazan de mesurada condolencia el encono
de su inferioridad humillada. Los calumniadores minúsculos son más
terribles, como las fuerzas moleculares que nadie ve y carcomen los
metales más nobles. Nada teme el maldiciente al sembrar sus añagazas
de esterquilinio; sabe que tiene a su espalda un innumerable jabardillo
de cómplices, regocijados cada vez que un espíritu omiso los confabula
contra una estrella.
El escritor mediocre es peor por su estilo que por su moral. Ras-
guña tímidamente a los que envidia; en sus collonadas se nota
la tem-
perancia del miedo, como si le erizaran los peligros de la
responsabilidad. Abunda entre los malos escritores, aunque no todos
los mediocres consiguen serlo; muchos se limitan a ser terriblemente
aburridos, acosándonos con volúmenes que podrían terminar
en el
primer párrafo. Sus páginas están embalumadas de lugares
comunes,
como los ejercicios de las guías políglotas. Describen dando tropiezos
contra la realidad; son objetivos que operan y no retortas que destilan;
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se desesperan pensando que la calcomanía no figura entre las bellas
artes. Si acometen la literatura, diríase que Vasco da Gama emprende
el descubrimiento de todos los lugares comunes, sin vislumbrar el cabo
de una buena esperanza; si chapalean la ciencia, su andar es de mula
montañesa, deteniéndose a rumiar el pienso pastado medio siglo
antes
por sus predecesores. Esos fieles de la rapsodia y de la paráfrasis prac-
tican esa pudibunda modestia que es su mentira convencional; se admi-
ran entre sí, como solidaridad de logia, execrando cualquier soplo de
ciclón o revoloteo de águila. Palidecen ante el orgullo desdeñoso
de los
hombres cuyos ideales no sufren inflexiones; fingen no comprender esa
virtud de santos y de sabios, supremo desprecio de todas las mentiras
por ellos veneradas. El escritor mediocre, tímido y prudente, resulta
inofensivo. Solamente la envidia puede encelarle; entonces prefiere
hacerse crítico.
El mediocre parlante es peor por su moral que por su estilo; su
lengua centuplícase en copiosidades acicaladas y las palabras ruedan
sin la traba de la ulterioridad. La maledicencia oral tiene eficacias
inmediatas, pavorosas. Está en todas partes, agrede en cualquier mo-
mento. Cuando se reúnen espíritus pazguatos, para turnarse en
decir
pavadas sin interés para quien las oye, el terreno es propicio para que
el más alevoso comience a maldecir de algún ilustre, rebajándolo
hasta
su propio nivel. La eficacia de la difamación arraiga en la complacen-
cia tácita de quienes la escuchan, en la cobardía colectiva de
cuantos
pueden escucharla sin indignarse; moriría si ellos no le hicieran una
atmósfera vital. Ése es su secreto. Semejante a la moneda falsa,
es
circulada sin escrúpulos por muchos que no tendrían el valor de
acu-
ñarla.
Las lenguas más acibaradas son las de aquellos que tienen menos
autoridad moral, como enseña Moliere desde la primera escena de
Tartufo:
"Ceut de qui la conduite offre le plus á vire.
Sont toujours sur autri les prentiers a médire" 1.
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Diríase que empañan la reputación ajena para disminuir
el con-
traste con la propia. Eso no excluye que existan casquivanos cuya
culpa es inconsciente ; maldicen por ociosidad o por, diversión, sin
sospechar donde conduce el camino en que se aventuran. Al contar una
falta ajena ponen cierto amor propio en ser interesantes, aumentándola,
adornándola, pasando insensiblemente de la verdad a la mentira, de la
torpeza a la infamia, de la maledicencia a la calumnia. ¿Para qué
evo-
car las palabras memorables de la comedia de Beaunlarchais?
1- Aquéllos en quienes la conducta se presta más a risa, son
siempre,
los primeros en hablar mal de los demás.
IV. EL SENDERO DE LA GLORIA
El hombre mediocre que se aventura en la liza social tiene apeti-
tos urgentes: el éxito. No sospecha que existe otra cosa, la gloria,
am-
bicionada solamente por los caracteres superiores. Aquél es un triunfo
efímero, al contado; ésta es definitiva, inmarcesible en los siglos.
