le impedía oír, al estrenar la Novena sinfonía; Stendhal
ha dicho, con
su ática gracia original, las fruiciones del amador afortunado que ve
sucesivamente a sus pies, temblorosas de fiebre y ansiedad, a cien
mujeres.
El éxito es benéfico si es merecido; exalta la personalidad, la
es-
timula. Tiene otra virtud: destierra la envidia, ponzoña incurable en
los
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espíritus mediocres. Triunfar a tiempo, merecidamente, es el más
favo-
rable rocío para cualquier germen de superioridad moral. El triunfo es
un bálsamo de los sentimientos, una lima eficaz contra las asperezas
del carácter. El éxito es el mejor lubricante del corazón;
el fracaso es
su más urticante corrosivo.
La popularidad o la fama suelen dar transitoriamente la ilusión de
la gloria. Son sus formas espurias y subalternas, extensas pero no pro-
fundas, esplendorosas pero fugaces. Son más que el simple éxito,
acce-
sible al común de los mortales; pero son menos que la gloria.
exclusivamente reservada a los hombres superiores. Son oropel, piedra
falsa, luz de artificio. Manifestaciones directas del entusiasmo gregario
y, por eso mismo, inferiores: aplauso de multitud, con algo de frenesí
inconsciente y comunicativo. La gloria de los pensadores, filósofos y
artistas. que traducen su genialidad mediante la palabra escrita, es
lenta, pero estable; sus admiradores están dispersos, ninguno aplaude
a
solas. En el teatro y en la asamblea la admiración es rápida y
barata,
aunque ilusoria; los oyentes se sugestionan recíprocamente, suman su
entusiasmo y tallan en ovaciones. Por eso cualquier histrión de tres
al
cuarto puede conocer el triunfo más cerca que Aristóteles o Spinoza;
la intensidad, que es el (éxito, este en razón inversa de la duración,
que
es la gloria. Tales aspectos caricaturescos de la celebridad dependen de
una aptitud secundaria del actor o de un estado accidental de la menta-
lidad colectiva. Amenguada la aptitud o transpuesta la circunstancia,
vuelven ala sombra y asisten en vida a sus propios funerales.
Entonces pagan cara su notoriedad; vivir en perpetua nostalgia es
su martirio. Los hijos del éxito pasajero deberían morir al caer
en la
orfandad. Algún poeta melancólico escribió que es hermoso
vivir de
los recuerdos: frase absurda. Ello equivale a agonizar. Es la dicha del
pintor maniatado por la ceguera, del jugador que mira el tapete y no
puede arriesgar una sola ficha.
En la vida se es actor o público, timonel o galeote. Es tan doloro-
so pasar del timón al remo, como salir del escenario para ocupar una
butaca, aunque ésta sea de primera fila. El que ha conocido el aplauso
no sabe resignarse a la oscuridad; ésa es la parte más cruel de
toda
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preeminencia fundada en el capricho ajeno o en aptitudes físicas tran-
sitorias. El público oscila con la moda; el físico se gasta. La
fama de un
orador, de un esgrimista o de un comediante, sólo dura lo que una
juventud; la voz, las estocadas y los gestos se acaban alguna vez, de-
jando lo que en el bello decir dantesco representa el dolor sumo: recor-
dar en la miseria el tiempo feliz.
Para estos triunfadores accidentales, el instante en que se disipa
su error debería ser el último de la vida. Volver a la realidad
es una
suprema tristeza. Preferible es que un Otelo excesivo mate de veras
sobre el tablado a una Desdémona próxima a envejecer, o desnucarse
el acróbata en un salto prodigioso, o rompérsele un aneurisma
al orador
mientras habla a cien mil hombres que aplauden, o ser apuñalado un
Don Juan por la amante más hermosa y sensual. Ya que se mide la vida
por sus horas de dicha convendría despedirse de ella sonriendo, mirán-
dola de frente, con dignidad, con la sensación de que se ha merecido
vivirla hasta el último instante. Toda ilusión que se desvanece
deja tras
de sí una sombra indisipable. La fama y la celebridad no son la gloria:
nada más falaz que la sanción de los contemporáneos y de
las muche-
dumbres.
Compartiendo las ruinas y las debilidades de la mediocridad am-
biente, fácil es convertirse en arquetipos de la masa y ser prohombres
entre sus iguales, pero quien así culmina, muere con ellos. Los genios,
los santos y los héroes desdeñan toda sumisión al presente,
puesta la
proa hacia un remoto ideal: resultan prohombres en la historia.
La integridad moral y la excelencia de carácter son virtudes esté-
riles en los ambientes rebajados, más asequibles a los apetitos del do-
méstico que a las altiveces del digno: en ellos se incuba el éxito
falaz.
La gloria nunca ciñe de laureles la sien del que se ha complicado en
las
ruinas de su tiempo; tardía a menudo, póstuma a veces, aunque
siempre
segura, suele ornar las frentes de cuantos miraron el porvenir y sirvie-
ron a un ideal, practicando aquel lema que fue la noble divisa de
Rousseau: vitam impendere vero.
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