mulas, y acto continuo los guió por entre el ejército sin que
nadie to advirtiera.
692 Mas, al llégar al vado del vorraaginoso Janto, río de hermosa
corriente que el
inmortal Zeus había engrendrado, Hermes se fue al vasto Olimpo. La Aurora
de
azafranado velo se esparcía por toda la tierra, cuando ellos, gimiendo
y lamentándose,
guiaban los corceles hacia la ciudad, y les seguían las mulas con el
cadáver. Ningún
hombre ni mujer de hermosa cintura los vio llegar antes que Casandra, semejante
a la
áurea Afrodita; pues, subiendo a Pérgamo, distinguió el
carro y en él a su padre y al
heraldo, pregonero de la ciudad, y vio detrás a Héctor, tendido
en un lecho que las mulas
conducían. En seguida prorrumpió en sollozos y fue clamando por
toda la ciudad:
704 -Venid a ver a Héctor, troyanos y troyanas, si otras veces os alegrasteis
de que
volviese vivo del combate; pues era el regocijo de la ciudad y de todo el pueblo.
707 Así dijo, y ningún hombre ni mujer se quedó allí,
en la ciudad. Todos sintieron
intolerable congoja y fueron a juntarse cerca de las puertas con el que les
traía el cadáver.
La esposa querida y la veneranda madre, echándose las primeras sobre
el carro de
hermosas ruedas y tocando con sus manos la cabeza de Héctor, se arrancaban
los
cabellos; y la turba las rodeaba llorando. Y hubieran permanecido delante de
las puertas
todo el día, hasta la puesta del sol, derramando lágrimas por
Hector, si el anciano no les
hubiese dicho desde el carro:
716 -Haceos a un lado para que yo pase con las mulas; y, una vez to haya conducido
al
palacio, os hartaréis de llanto.
718 Así habló; y ellos, apartándose, dejaron que pasara
el carro. Dentro ya del
magnífico palacio, pusieron el cadáver en torneado lecho a hicieron
sentar a su alrededor
cantores que preludiaban el treno: éstos cantaban dolientes querellas,
y las mujeres
respondían con gemidos. Y en medio de ellas Andrómaca, la de níveos
brazos, que
sostenía con las manos la cabeza de Héctor, matador de hombres,
dio comienzo a las
lamentaciones exclamando:
725 -¡Marido! Saliste de la vida cuando aún eras joven, y me dejas
viuda en el palacio.
El hijo que nosotros ¡infelices! hemos engendrado es todavía infante
y no creo que llegue
a la mocedad; antes será la ciudad arruinada desde su cumbre, porque
has muerto tú que
eras su defensor, el que la salvaba, el que protegía a las venerables
matronas y a los
tiernos infantes. Pronto se las llevarán en las cóncavas naves
y a mí con ellas. Y tú, hijo
mío, o me seguirás y tendrás que ocuparte en oficios viles,
trabajando en provecho de un
amo cruel; o algún aqueo to cogerá de la mano y to arrojará
de lo alto de una torre,
¡muerte horrenda!, irritado porque Héctor le matara el hermano,
el padre o el hijo; pues
muchos aqueos mordieron la vasta tierra a manos de Héctor. No era blando
tu padre en la
funesta batalla, y por esto le lloran todos en la ciudad. ¡Oh Héctor!
Has causado a tus
padres llanto y dolor indecibles, pero a mí me aguardan las penas más
graves. Ni siquiera
pudiste, antes de morir, tenderme los brazos desde el lecho, ni hacerme saludables
advertencias que hubiera recordado siempre, de noche y de día, con lágrimas
en los ojos.
746 Así dijo llorando, y las mujeres gimieron. Y entre ellas, Hécuba
empezó a su vez el
funeral lamento:
748 -¡Héctor, el hijo más amado de mi corazón! No
puede dudarse de que en vida
fueras caro a los dioses, pues no se olvidaron de ti en el fatal trance de la
muerte. Aquiles,
el de los pies ligeros, a los demás hijos míos que logró
coger vendiólos al otro lado del
mar estéril, en Samos, Imbros o Lemnos, de escarpada costa; a ti, después
de arrancarte el
alma con el bronce de larga punta, lo arrastraba muchas veces en torno del sepulcro
de su
compañero Patroclo, a quien mataste, mas no por esto resucitó
a su amigo. Y ahora yaces
en el palacio, tan fresco como si acabaras de morir y semejante al que Apolo,
el del
argénteo arco, mata con sus suaves flechas.
760 Así habló, derramando lágrimas, y excitó en
todos vehemente llanto. Y Helena fue
la tercera en dar principio al funeral lamento:
762 -¡Héctor, el cuñado más querido de mi corazón!
Mi marido, el deiforme Alejandro,
me trajo a Troya, ¡ojalá me hubiera muerto antes!; y en los veinte
años que van
transcurridos desde que vine y abandoné la patria, jamás he oído
de to boca una palabra
