ofensiva o grosera; y si en el palacio me increpaba alguno de los cuñados,
de las cuñadas
o de las esposas de aquéllos, o la suegra -pues el suegro fue siempre
cariñoso como un
padre-, contenías su enojo aquietándolos con tu afabilidad y tus
suaves palabras. Con el
corazón afligido lloro a la vez por ti y por mí, desgraciada;
que ya no habrá en la vasta
Troya quien me sea benévolo ni amigo, pues todos me detestan.
776 Así dijo llorando, y la inmensa muchedumbre prorrumpió en
gemidos. Y el
anciamo Príamo dijo al pueblo:
778 -Ahora, troyanos, traed leña a la ciudad y no temáis ninguna
emboscada por parte
de los argivos; pues Aquiles, al despedirme en las negras naves, me prometió
no causar-
nos daño hasta que llegue la duodécima aurora.
782 Así dijo. Pronto la gente del pueblo, unciendo a los carros bueyes
y mulas, se
reunió fuera de la ciudad. Por espacio de nueve días acarrearon
abundante leña; y, cuando
por décima vez apuntó la aurora, que trae la luz a los mortales,
sacaron llorando el
cadáver del audaz Héctor, lo pusieron en lo alto de la pira y
le prendieron fuego.
788 Mas, así que se descubrió la hija de la mañana, la
Aurora de rosáceos dedos,
congregóse el pueblo en torno de la pira del ilustre Héctor. Y
cuando todos acudieron y
se hubieron reunido, apagaron con negro vino la parte de la pira a que la violencia
del
fuego había alcanzado; y seguidamente los hermanos y los amigos, gimiendo
y
corriéndoles las lágrimas por las mejillas, recogieron los blancos
huesos y los colocaron
en una urna de oro, envueltos en fino velo de púrpura. Depositaron la
urna en el hoyo,
que cubrieron con muchas y grandes piedras, y erigieron el túmulo. Habían
puesto
centinelas por todos lados, para no ser sorprendidos si los aqueos, de hermosas
grebas,
los acometían. Levantado el túmulo, volviéronse; y, reunidos
después en el palacio del
rey Príamo, alumno de Zeus, celebraron un espléndido banquete
fúnebre.
804 Así hicieron las honras de Héctor, domador de caballos.
FIN DE ILÍADA